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Tras el golpe de Estado, una movilización firme pero frágil

La juventud birmana desafía la Junta

El golpe de Estado en Birmania es el último en una larga y pesada historia de inestabilidad política en el país. Con una población que hace escuchar su rechazo principalmente a través de las redes sociales, surge la pregunta por qué tipo de unidad civil formará en el futuro cercano, o si es que habrá alguna.

“Tras los temblores de miedo que nos aquejan por las noches, nuestras esperanzas renacen cada mañana”. Ese 14 de febrero de 2021, Lamin Oo, productor birmano, superpuso en su cuenta de Twitter la fotografía de una manifestación contra la dictadura y un video de hombres armados con palos que aprovechaban la oscuridad para sembrar el caos en un barrio de Rangún, la capital económica del país. El objetivo de esos delincuentes: asustar y hacer retroceder a quienes participaban en la movilización contra el golpe de Estado del 1 de febrero. Unos días antes, la junta había liberado a más de veinte mil prisioneros de derecho común –una maniobra que les recordó a algunos birmanos el levantamiento de 1988–. También en aquella época criminales liberados en las calles habían sembrado el pánico, lo cual había servido para justificar la intervención brutal de las fuerzas armadas que provocó un baño de sangre.

En miles de cuentas de Twitter aparecieron las mismas frases: “La junta ataca”, “Salven a Birmania”. Un pedido de ayuda ante los militares que, a las tres de la mañana, ese 1 de febrero, habían dinamitado las esperanzas suscitadas por la transición democrática durante los últimos diez años. La detención de dirigentes electos del país, entre los cuales estaba Aung San Suu Kyi, jefa de Estado de hecho, y miembros de su partido, la Liga Nacional por la Democracia (LND), puso un punto al reparto del poder entre civiles y militares (1), en contra de los deseos de los birmanos, que habían reelegido triunfalmente a la LND en las elecciones del último mes de noviembre. De los 1.117 escaños sometidos a votación (2), dicho partido obtuvo 920, es decir 61 más que cinco años atrás y el 82% del total. El Partido de la unión por la solidaridad y el desarrollo, fundado por el exgeneral Thein Sein, obtuvo 71 escaños, es decir 117 menos, y apenas el 6,4% de los representantes electos. Para el ejército, este fracaso solo pudo ser posible gracias al fraude, lo cual justificaría su toma del poder.

Anatomía de un golpe
Camisa verde, galones, charreteras, mirada fija, el comandante del ejército Min Aung Hlaing, nombrado a la cabeza del Concejo de Administración del Estado, la nueva instancia que dirige al país, apareció en el canal de televisión del ejército, con la bandera de Birmania como único decorado. Una imagen anacrónica. Ocho días después del golpe de Estado, dirigió por primera vez la palabra directamente a la población e intentó convencerlos. Aseguró que tomó el poder de acuerdo a la Constitución y que habría nuevas elecciones al término de un año de estado de urgencia. Prometió que esta junta sería “diferente” de los anteriores regímenes militares, que aspiraba a una “democracia disciplinada”. Uno de sus predecesores, el general Than Shwe (quien estuvo a la cabeza del país entre abril de 1992 y marzo de 2011), hablaba, en su momento, de una democracia “floreciente y disciplinada” …

En la calle y en las redes, la movilización aumenta. “Un pueblo de 54 millones de personas contra 500.000 hombres”, así lo resume Aung Kyaw Moe, director del Centro por la integridad social, en referencia a los efectivos de la Tatmadaw, el ejército birmano. “Unidos contra la dictadura”, reza la consigna de los manifestantes, funcionarios, banqueros, miembros del personal de salud, profesores, abogados, estudiantes que, cada día un poco más numerosos, se unieron a un movimiento de desobediencia civil de una amplitud inédita. El 14 de febrero, la red de ferrocarriles se detuvo, el aeropuerto funcionó con perturbaciones a raíz de la falta de empleados capaces de asegurar todas las actividades. Centros de salud y hospitales cerraron sus puertas, se quedaron sin empleados que decidieron salir a protestar contra la toma ilegal del poder. En plena pandemia de Covid-19, pero no había otra posibilidad. La urgencia estaba ahora en otra parte. Los birmanos no querían verse despojados del comienzo de libertad que habían degustado.

Quienes tienen entre 10 y 30 años crecieron en un país abierto, conectado al resto del mundo a través de Internet. “Nuestros ojos y nuestras mentes se despertaron, sobre todo gracias a las redes sociales”, subraya la joven militante Thinzar Shunleï Yi, quien, después del golpe de Estado, vive escondida. Ellos siguieron con atención las elecciones de EEUU, las manifestaciones en Hong-Kong, y apreciaron la diferencia entre lo que ellos vivían y las historias de represión que les habían contado sus padres.

Recuerdos que evocaban el miedo a lo arbitrario, detenciones nocturnas, vigilancia generalizada, brutalidad del ejército. También les hablan del golpe de 1962, cuando la Tatmadaw derrocó al gobierno electo en nombre de la unidad nacional. Y de 1990, cuando no reconoció el resultado del escrutinio en el que se impuso el principal partido de oposición, la LND. “Es difícil expresar lo que sentí al despertarme el 1 de febrero. Una tristeza insondable y mucha bronca. Como si fuera (...)

Artículo completo: 2 664 palabras.

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Christine Chaumeau

Periodista.

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