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Partidarios y detractores retoman el debate en momentos de crisis

Las ilusiones del decrecimiento

Una parte de los ecologistas considera que la crisis ambiental ha alcanzado el punto en que ya sólo existe una solución: el decrecimiento. Según ellos, el desorden climático no procede de un modo de producción guiado por el mercado, y por ende irracional, sino que es consecuencia directa del crecimiento, que incrementa la demanda energética y obstaculiza el objetivo de descarbonizar la economía. Reducir la producción de bienes produciría el efecto inverso; por lo tanto, sería conveniente mutilar la actividad. Este razonamiento plantea varias dificultades.

Olvidamos a veces que los humanos no siempre son impotentes frente a los desórdenes que producen. En los años 1980, el peligro ecológico se corporizó en el “agujero de la capa de ozono”, ese gas que nos protege de los rayos del sol, pero cuya presencia estaba reduciéndose en la atmósfera. Anunciador de cánceres de piel, de epidemias de inmunodeficiencia, de una degradación de las reservas de agua, de una alteración de los ciclos bioquímicos y de una disminución de la producción agrícola, el fenómeno amenazaba tanto a la humanidad como el cambio climático. También en este caso las culpables eran las emisiones antropogénicas. Principalmente, los clorofluorocarburos (CFC), pronto reducidos en el discurso mediático a su utilización en los refrigeradores y aerosoles.

Intervención a los mercados
Desde el Protocolo de Montreal, que se firmó en 1987 y entró en vigor el 1º de enero de 1989, esas emisiones se redujeron en un 98% (1). En los años 2000, el fenómeno de destrucción del ozono se revirtió, y se espera que la capa atmosférica de gas recupere su estado inicial de aquí a 2075 (2).

Sin duda, quienes crecieron en los años 80 recuerdan haber perseguido a su madre, en uno u otro momento, para que dejara de comprar laca en aerosol para el cabello. No todas las madres cedieron a ese mandato. Los dirigentes políticos tampoco. Antes que apostar a la iniciativa individual, e insensible a los lamentos de los grupos de presión contratados por los industriales, el Protocolo de Montreal intervino directamente sobre los mercados, imponiendo una reglamentación.

Si hubiéramos intentado contener, por ejemplo, el aumento del número de refrigeradores en el mundo, o incluso, reducir su número total a escala planetaria, en lugar de implementar normas que imponen una mutación tecnológica, hubiéramos ido derecho a la catástrofe. Proclamar “Tantos refrigeradores, y ni uno más”, habría resuelto el problema del aumento de las emisiones, pero no el de las emisiones mismas, así como no se trata hoy de reducir los gases de efecto invernadero, sino de eliminarlos.

¿Y qué legitimidad habría podido esgrimir el Norte para explicar a los países del Sur que no podían disponer de los medios para conservar sus alimentos refrigerados? ¿Acaso el discurso progresista no consistía por el contrario en afirmar que hacía falta más refrigeración en el mundo? Felizmente, hoy constatamos un aumento de su uso, sin impacto en la capa de ozono, puesto que lo logramos mediante tecnologías que ya no destruyen ese gas.

Esa singular capacidad de los humanos de transformar su modo de vida es determinante, y explica por qué Thomas Malthus y sus epígonos modernos se equivocan. No somos semejantes a bacterias en una placa de Petri: contrariamente a otras especies, no consumimos recursos en un nivel constante. Gracias al progreso tecnológico y a decisiones políticas, podemos evolucionar si lo deseamos. Y cuando nos topamos con límites naturales, somos capaces de innovar para superarlos. Por otra parte, la historia de nuestra especie podría reducirse a esa disposición. Las únicas fronteras insuperables de lo que podemos realizar son las leyes de la física y la lógica: es posible imaginar que nos teletransportemos algún día, ya que la idea no viola ninguna ley física; no es factible que inventemos una máquina de movimiento perpetuo, por la misma razón.

Es entendible que quienes promueven el decrecimiento no aprecien mucho la comparación con Malthus. Aunque una minoría deteste a la (...)

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Leigh Phillips

Autor de Austerity Ecology and the Collapse-porn Addicts: A Defence of Growth, Progress, Industry and Stuff, Zero Books, 2015.

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