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El legado de la era Trump

Paranoias estadounidenses

El nuevo presidente de Estados Unidos, Joseph Biden, afirmó de entrada su voluntad de reconciliar un país dividido, al tiempo que escenifica la ruptura con la herencia de su predecesor. Alcanzar ambos objetivos a la vez será delicado, más aun cuando republicanos y demócratos se odian y que la amargura paranoica de unos refuerza las tentaciones disciplinarias de los otros. El regreso a la normalidad parece ya una ilusión.

Así, concluyó la era de Donald Trump, en una apoteosis de narcisismo, incompetencia y violencia. El presidente multimillonario se guardó lo peor para el final. Tras haber perdido la elección el 3 de noviembre de 2020, se negó a reconocer su derrota y atiborró los tribunales con decenas de recursos –todos rechazados, incluso por los jueces que él mismo había nombrado–, consideró que había ganado y que le habían robado su victoria con un método nunca especificado. Esa teoría absurda se transformó en palabra santa para los legisladores republicanos, en especial para los más jóvenes y ambiciosos que se apresuraron en difundirla. El punto cúlmine llegó el 6 de enero, cuando Trump convocó a sus partidarios a dirigirse al Capitolio, en Washington, donde los parlamentarios estaban a punto de certificar el resultado del escrutinio.

El planeta entero sabe cómo terminó: la muchedumbre atacó la sede del poder legislativo en un estallido de violencia bufonesca que exhibió a agitadores con cuernos de bisontes y atuendos carnavalescos invadiendo el corazón más sagrado de la democracia estadounidense. Algunos se tomaron selfies en los corredores de mármol, otros agitaron banderas confederadas, no faltaron quienes clamaron por asesinatos. Sin dudas, esperaban que al aterrorizar a los legisladores ayudarían a Trump a mantenerse en el poder; más allá de ese objetivo inmediato, sus intenciones eran borrosas.

Siempre choca ver a gente fantasiosa cometer monstruosidades escudada en la fe en sus creencias. En este caso, los asaltantes del Capitolio cruzaron una línea sagrada para la mayoría de los estadounidenses. Y, así, consiguieron algo que nadie había logrado durante los cuatro años de mandato de Trump: generar vergüenza en las propias filas del Partido Republicano.

De un día para el otro, las figuras conservadoras más mediáticas pasaron del apoyo franco y cordial a la muchedumbre embravecida por el Presidente al intento desesperado por despegarse del ataque al Capitolio, llegando incluso a inculpar sin ningún viso de verosimilitud a los “antifa” (antifascistas). Twitter le cortó el chorro a su usuario más famoso. La Cámara de Representantes lo imputó (“impeachment”) por segunda vez, algo inédito en la historia de las presidencias de Estados Unidos. Sin embargo, el contragolpe más rudo sobrevino cuando los grandes bancos del país anunciaron que dejarían de financiar al Partido Republicano, cuyo objetivo principal fue siempre proteger a esos mismos bancos mediante leyes favorables.

Desde entonces tal vez algo nuevo ha comenzado en Estados Unidos. Desde hace una década, varios especialistas destacados predicen un derrumbe inminente del conservadurismo, de la era Reagan y del “Grand Old Party”, inexorablemente barridos por la evolución demográfica, el triunfo del progresismo multicultural y el advenimiento de una nueva generación de estadounidenses. El naufragio del trumpismo en un mar de locuras y violencia ¿será la realización de aquellas profecías?

Silicon Valley vota demócrata
Para responder esta pregunta debemos considerar a la era Trump en su totalidad, y es necesario considerar a esa categoría de electores que, durante los últimos veinte o treinta años, abandonaron progresivamente el campo republicano para cerrar filas con el electorado demócrata. A esa gente la conozco bien: son personas con buen gusto y buena educación, para las cuales la vida es una sucesión de encantos y placeres. Pienso en los habitantes de los suburbios blancos más ricos. En los cien condados que tienen las mejores escuelas del país, Joseph Biden obtuvo el 84% de los votos. En los cien condados con el ingreso medio más elevado llegó al 57% (1). Hace treinta años, los republicanos ganaban con comodidad en esas dos categorías.

Comparar el peso económico de cada territorio con el voto de sus electores permite captar la medida del fenómeno. A pesar de haber perdido la elección, Hillary Clinton se vanaglorió un día de haber ganado en las zonas más “dinámicas” del país, las que reúnen “los dos tercios del Producto Interno Bruto interno estadounidense” (2). Pues bien, Biden superó esos resultados: los condados en los que triunfó el candidato demócrata representan el 71% de la actividad económica de Estados Unidos, contra solamente el 29% en el caso de los condados pro-Trump (3).

Crecí en uno de los lugares prósperos de los que hablan estos estudios: Johnson County, en los suburbios de Kansas City, uno de esos barrios periféricos opulentos de la “white flight” (“fuga de Blancos”), donde los hogares blancos que huyeron de los centros de las ciudades viven entre ellos. A pesar de que mi familia no era especialmente rica, nuestro ambiente social, constituido de abogados, médicos y arquitectos cuyos hijos asistían a las mejores escuelas públicas, era de lejos el más rico de Kansas. Los habitantes trabajaban en complejos de oficinas relucientes, hacían las compras en centros comerciales inmensos y suntuosos, jugaban al golf en greens paradisíacos, cenaban en restaurantes de clase mundial y vivían en imitaciones de petits hotels cuyos terrenos se extendían en kilómetros de praderas. De joven yo salía en automóvil con amigos, poníamos punk rock a todo volumen y bajábamos por el boulevard de seis carriles en Johnson Country para burlarnos a los gritos de las pretensiones burguesas.

Nos burlábamos de esa gente porque eran la clase dirigente. Johnson County no solamente era blanco y rico, sino también, de lejos, uno de los lugares más visceralmente republicanos de Estados Unidos. En esa época, los conservadores controlaban por así decir todos los puestos importantes y ganaban todas las elecciones. Nos parecía que siempre había sido así. El condado no había votado a favor de un candidato demócrata a la presidencia desde 1916, cuando Woodrow Wilson habitaba la Casa Blanca. Sus electores habían despreciado a Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy, pero adoraban a Barry Goldwater, el feroz anticomunista que había llevado a los republicanos a una tremenda derrota en 1964.

Sin embargo, en noviembre de 2020, Johnson County fue uno de los cinco condados de Kansas que votó mayoritariamente al candidato demócrata Biden. Cuando lo recorrí en automóvil, antes del escrutinio, me sorprendí al observar innumerables carteles con la sigla “BLM” –por “Black Lives Matter”, “Las vidas de los Negros cuentan”– plantados directamente en los prolijos jardines de los vecinos. En un terreno ubicado frente al antiguo domicilio del hermano del presidente Dwight D. Eisenhower se levantaba un monumento de arte hortícola, que representaba una estatua de la Libertad cubierta con un hilo siniestro del que colgaba una pancarta: “¡Por favor sálveme! ¡Salve a la democracia!”. Sin embargo, la composición social de este electorado no cambió en lo más mínimo. Sigue siendo masivamente blanco, totalmente corporativo y extremadamente rico. Los hijos siguen asistiendo a muy buenas escuelas, los precios de las propiedades vuelan como nunca y las mansiones exuberantes que parecen repostería relucientes siguen estando allí.

Johnson County sigue mirando con desprecio y condescendencia a las masas republicanas menos favorecidas que habitan en la región, a tal punto que ahora lo hace desde la izquierda, al menos en el sentido que este término tiene en Estados Unidos. Uno puede seguir mofándose de las residencias excesivas de la clase dominante si lo desea, pero ahora no resultaría extraño encontrar allí muy a menudo un cartel que diga: “Los derechos de la mujer son derechos humanos”, “Escuchen lo que dice la ciencia” o “El amor, es el amor” (un slogan destinado a educar a los homofóbicos).

Localmente, uno de los duelos políticos más ajustados del último mes de noviembre oponía a un demócrata de Johnson County contra un republicano del oeste de Kansas, en el marco de la disputa por una de las bancadas estatales en el Senado. El candidato pro Biden gastó en su campaña una suma cuatro veces superior a la de su rival pro Trump: 28 millones de dólares contra 7 millones. Una distancia de esta magnitud hubiera sido inconcebible hasta hace muy poco. El apoyo generoso e incondicional del mundo del dinero al Partido Republicano fue desde siempre un principio rector de la vida política de este país. Todos los esfuerzos para comprender nuestro sistema necesariamente comenzaban por el siguiente recordatorio: es por esa razón, se decía, que los republicanos toman las medidas que toman; por eso proclaman una fe ciega en la ley del mercado; por eso sus dirigentes se jubilan tempranamente y se transforman en lobistas; y, por supuesto, por eso los republicanos pulverizan a los demócratas en términos de financiamiento electoral.

Pues bien, no fue el caso esta vez. Trump desde luego siguió al pie de la letra las reglas del Partido Republicano, al acordar beneficios exuberantes a los ricos y al mundo de los negocios durante sus cuatro años en la Casa Blanca, como por ejemplo cuando bajó una vez más los impuestos u organizó la impunidad de quienes contaminan. Pero no fue suficiente. Biden gastó 1.600 millones de dólares en su campaña (...)

Artículo completo: 4 793 palabras.

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Thomas Frank

Periodista. Su último libro es The People, No: A Brief History of Anti-Populism, Metropolitan Books, Nueva York, 2020.

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