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No hay democracia sin verdad, no hay verdad sin discusión

Cuando desaparece el espacio de debate

La evolución de las mentalidades y el progreso de las ideas redefinen en cada época los contornos de lo que la sociedad elige para sí misma como aquello que es el Bien. Existe entonces una parte necesaria de indeterminación en el interés general. Por ejemplo, la lenta conquista de los derechos sociales a partir del siglo XVIII y, sobre todo, del siglo XIX, ilustra el carácter a la vez contingente y evolutivo del interés general. Con la democratización, éste debe acercarse a los deseos del pueblo y, con este fin, ser sometido a una deliberación pública sancionada por el sufragio universal. En principio, una democracia viva de ciudadanos activos, atentos a los asuntos públicos, hace surgir la extensión de las posibilidades, devela las opciones presentes y ofrece una visión más amplia y por ende más justa, más verdadera, de la realidad. La verdad cumple aquí una función central, ya que, sin ella, la determinación del interés general no es más que una fachada para los intereses particulares. Es, en cierto sentido, falso.

La verdad está ligada a la obligación de “transparencia” de los poderes públicos, pero no se limita a ella. Ahora bien, desde los años 1990, la frontera entre las dos es cada vez más difusa. Un poder autoritario puede defender intereses de casta dentro de la mayor transparencia. El cinismo que rompe con un lenguaje oficial ceremonioso, como el que exhibía el ex presidente estadounidense Donald Trump, puede ser propio de una transparencia hábilmente gestionada. No se trata aquí de verdad, ya que esta actitud es intrínsecamente unilateral y excluye cualquier repartición real del espacio social e intelectual. Un gobierno transparente puede por lo tanto ser un gobierno falso. Los programas de ajuste estructural, impuestos a los países del Sur por las instituciones financieras internacionales preconizaban a la vez medidas económicas y reglas de “buena gobernanza”, en primer lugar una gestión transparente de los poderes públicos (gestión rigurosa de las cuentas públicas bajo la vigilancia de órganos de control). Los países que siguieron al pie de la letra estas prescripciones vieron abrirse un abismo entre las instituciones y las poblaciones y sufrieron golpes de Estado y violencias poselectorales (Costa de Marfil, Kenia, Malí, por citar únicamente países africanos). El orden social, muy desigual, estaba tal vez apoyado en una gestión transparente, pero no estaba en sintonía con las realidades de la vida cotidiana de los habitantes. Es necesario entonces que las libertades de expresión y de deliberación pública estén garantizadas para crear un espacio para la determinación de la verdad por parte de ciudadanos informados.

Entre las funciones de la política, una de las más delicadas y más esenciales es la de (...)

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Anne-Cécile Robert

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