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“Una tormenta de la que nadie conoce el fin”

Regreso a Los versos satánicos

El mundo cambió radicalmente, ¿pero cuándo? No fue el 11 de septiembre de 2001, como puede pensarse: en ese momento, sin duda, ya todo estaba jugado. En El naufragio de las civilizaciones (1), Amin Maaluf remonta a 1979 lo que llama “el gran viraje”, y hay que reconocer que esta hipótesis no carece de argumentos: elección de Margaret Thatcher en el Reino Unido, revolución iraní, acceso al poder de Deng Xiaoping –que llevará a China a la economía de mercado–, ocupación de Afganistán por las tropas soviéticas, sangrienta toma de rehenes en la Gran Mezquita de La Meca por fundamentalistas saudíes y egipcios. Esta seguidilla de acontecimientos perfila y anuncia el mundo remodelado tal como hoy se lo conoce: auge de la globalización neoliberal; agotamiento de la opción comunista; surgimiento del islam político. Innegablemente, el mundo se bifurca en 1979.

Sin embargo, faltarían diez años más para que alcance su punto de no retorno. En 1989, todos comprendieron de inmediato el momento histórico que significó la caída del Muro de Berlín. Pero 1989 es también el año de otro acontecimiento de una importancia incalculable, de cuya dimensión entonces nadie se dio cuenta realmente. La fatwa pronunciada por el imán Ruhollah Jomeini contra Salman Rushdie, por su novela Los versos satánicos, reinstauró el delito de blasfemia a escala mundial, y la sentencia fue la pena de muerte. Me acuerdo, entonces, de la estupefacción y la condena generales. Pero lo que habíamos considerado en ese momento una monstruosidad anacrónica era de hecho un dique que acababa de estallar. Sólo las mentes más lúcidas comprendieron las implicaciones del escándalo que se desarrollaba ante nuestros ojos, dando muestras de una presciencia tanto más destacable cuanto que el resto del mundo, rápidamente olvidadizo, se mostraba finalmente menos indignado que incómodo (2). “Una tormenta de la que nadie conoce el fin”, escribía Milan Kundera... en 1993 (3).

El nombre de la Rosa
Rushdie, Charlie, Samuel Paty. Cuánta razón tenía Kundera. Una novela, dibujos, una clase en un colegio secundario. El choque, el combate, la derrota. Todo el mundo conoce las caricaturas, y lo que se les reprocha: vulgaridad, provocación inútil, leña al fuego, falta de respeto, inmadurez irresponsable, racismo y, por supuesto, islamofobia (4). Hasta los argumentos más extraños: habría que entender el “daño moral” infligido a los musulmanes que mantienen una “relación afectiva con Mahoma” (5). Pero, como siempre, los golpes más duros fueron aquellos que provenían de donde menos se esperaba: así, Umberto Eco declaró que era “descortés” caricaturizar a Mahoma. Sorprendente toma de posición por parte del autor de El nombre de la rosa, teniendo en cuenta que la gran novela del escritor italiano es en su totalidad una condena al fanatismo religioso y, precisamente, a la censura: en el siglo XIV, unos monjes se asesinan entre sí en un monasterio para impedir la difusión de un libro de Aristóteles que exalta la risa, considerada diabólica. La adaptación de Jean-Jacques Annaud (aprobada por Eco) mostraba incluso al personaje interpretado por Sean Connery, Guillermo de Baskerville, extasiado frente a ilustraciones que representaban a un burro enseñando los evangelios a los obispos, al papa como un zorro y al abad como un mono: en suma... caricaturas. El argumento de Eco, para justificar esta aparente contradicción, era el siguiente: “Un principio moral busca evitar ofender la sensibilidad religiosa del prójimo. [...] Si yo fuera Charlie, no me burlaría de la sensibilidad musulmana o cristiana (ni tampoco de la de los budistas)” (6).

Habría mucho para decir de esta retórica endeble que reduce las posibilidades de criticar las religiones a muy poco, pero en fin, aceptemos por un instante el principio del cuestionamiento interno: sólo los católicos tendrían derecho a burlarse de los católicos, los protestantes de los protestantes, etc. Pues bien, es preciso comprobar que, en el caso de Rushdie, proveniente de una familia india musulmana, esta regla tácita no habría bastado para evitarle los problemas. (Eco, curiosamente, parecía haber olvidado que el factor interno, en caso de “blasfemia”, era más bien una circunstancia agravante). Al resultar este argumento inoperante, ¿qué sucede con los demás reproches? ¿Fue Rushdie “descortés”, “vulgar”, “irrespetuoso”, “irresponsable”? ¿Cómo saberlo? Todo el mundo vio las caricaturas, pero ¿quién leyó las setecientas páginas de Los versos satánicos? Según Kundera (que exagera un poco), nadie. En Los testamentos traicionados, el escritor franco-checo explica cómo el escándalo mató a la novela, reduciéndola a un elemento de prueba cuyos defensores no se molestaron en conocer. Ahora bien, ¿de qué se trata?

Es la historia de Gibreel, célebre actor de Bollywood, cuyo avión explota en pleno vuelo, y que cae por el aire en compañía de Saladin, un indio que vive en Londres, con quien discute, canta canciones y se pelea. Milagrosamente, los dos (...)

Artículo completo: 2 512 palabras.

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Laurent Binet

Escritor. Su última novela es Civilizations, Grasset, París, 2019.

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