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Trump, los medios y el fin de la vida pública

Vender discordia en lugar de informar

Antes de ser desregularizadas, las finanzas estadounidenses funcionaban según el principio “3-6-3”: depósitos al 3%, créditos al 6%, golf a las tres de la tarde… Esta tranquilidad la barrió un capitalismo de casino tanto más lucrativo por el hecho de que la coyuntura de la época le era favorable. Y después explotaron las burbujas especulativas. La situación actual de los medios estadounidenses recuerda un poco a ese precedente. El filón “Donald Trump” constituyó para los medios el equivalente de décadas de demencia financiera. ¿La derrota del ex Presidente podría marcar el final de esa martingala?

Durante mucho tiempo, en Estados Unidos, el “golf a las 3 del periodismo” fue no solo la publicidad que lo lubricaba sino la “objetividad” de la cual presumía. Fáctico, preciso, sin inclinaciones declaradas ni exageraciones, le servía de modelo a todo el planeta. Traducir artículos del New York Times, incluso publicarlos sin traducir, tenía tanto encanto que en Francia Le Monde, Le Figaro y Libération se apropiaron de esta idea cada cual a su turno. El compromiso político de la prensa estadounidense no estaba sin duda ausente, pero se lo disimulaba en los pliegues del “unos dicen esto, otros dicen aquello”; motivos para llevar al lector razonable a ubicar la verdad entre unos y otros. Tanto “unos” como “otros” pensaban sin embargo más o menos lo mismo acerca de la mayor parte de las cuestiones del momento: políticas económicas neoliberales, golpes de Estado en América Latina, guerras en el Cercano Oriente.

La extraordinaria convergencia de los medios en el momento de la invasión a Irak en 2003, es decir, su disposición a ser funcionales a las mentiras criminales de la administración Bush −se trate del Washington Post, “de izquierda”, o de Fox News, de derecha− provocó una primera introspección. “Investigamos, después, cuando llega el momento de escribir, dejamos de hacer funcionar nuestro cerebro y repetimos los elementos de lenguaje (spin) de ambas partes −destacó el periodista Ken Silverstein−. Tenemos miedo de expresar una opinión que haría que nos acusen de tener una postura” (1). Resultado: cuando se acusaba a un candidato por una travesura o por una infamia, el periodista bien educado se cuidaba enseguida las espaldas publicando información capaz de incomodar al adversario. Y después, a jugar al golf…

El “periodismo de resistencia”
A partir de 2015, el ascenso político de Trump marca el fin de esta objetividad de pacotilla, enseguida asimilada a una “falsa equivalencia”, incluso a un “calmante”. Es entonces que nace un “periodismo de resistencia” cuya presentación se publica el 8 de agosto de 2016 en un artículo del mediador del New York Times que aparece en la “tapa” del diario. Es una sensación. Porque estipula las nuevas tablas de la ley: “Si piensa que Donald J. Trump es un demagogo que juega con las peores tendencias racistas y nacionalistas de la nación, que consiente a los peores dictadores antiamericanos, y que sería peligroso confiarle los códigos nucleares […], debe olvidarse de las reglas que rigieron el periodismo estadounidense durante la segunda mitad del siglo XX. Y va a tener que unirse a las filas de la oposición. […] A Trump y a sus partidarios esto les parecerá injusto, pero el periodismo tiene el deber de decirles la verdad a sus lectores si pretende estar a la altura de los juicios de la historia” (2). El día después de la imprevista derrota de Hillary Clinton, el New York Times honra una tan noble ambición al titular: “Los demócratas, los estudiantes y los aliados extranjeros enfrentan la realidad de una presidencia Trump”. En suma, ya no se trata de observar, de reportar los hechos, es decir el resultado, sino de participar, de señalarles a los lectores −demócratas, estudiantes, aliados extranjeros− que comparten su angustia y que los acompañarán en el trance.

Marcado ese rumbo, el resto se desprende de allí. ¿El multimillonario neoyorquino es mitómano, cínico o egocéntrico? Y bien, casi cada frase de cada artículo va a recordar esta realidad, sea cual sea el tema en cuestión. Alcanza con usar de manera inmoderada términos como “jactarse”, “exagerar”, “despotricar”, “perorata” o “diatriba”. Y cuando la victoria de Trump en 2016 no se le atribuye solo a las artimañas del Kremlin, se la imputa a la patología de su electorado: “Los que quieren comprender a cualquier precio a los partidarios de Trump −explica un periodista del Boston Globe al final de no se sabe qué terapia de masas− se niegan a ver que todos los partidarios de Trump, pertenezcan a la clase obrera o a la alta burguesía, votaron en función de su principal interés: preservar una identidad americana que sea al mismo tiempo blanca, cristiana y heterosexual” (3).

Más vale no imaginar la estupefacción del autor cuando descubre en noviembre pasado que uno de los únicos grupos demográficos que menos votó a Trump hace tan solo cuatro años fue el de los hombres blancos. Y que en cambio el candidato republicano avanzó del lado de los negros y los hispanos. Una forma de terrorismo de la ortodoxia prohibía que esta hipótesis fuera relevada y que se exploraran sus eventuales motivos, porque habría refutado todos los relatos mediáticos dominantes. Y además, siempre había algo más urgente que hacer: una investigación sobre el Ku Klux Klan, QAnon, o un reportaje sobre Tony Hovater, militante neonazi de Ohio (25 de noviembre de 2017). Sin embargo, incluso en ese caso, peligro: por haber relatado algunos detalles anodinos de la vida diaria de este individuo al tiempo que exponía su racismo y su odio hacia los homosexuales, el New York Times tuvo que disculparse al otro día. Acababa de “normalizar” a un nazi ahí donde los lectores más “despiertos” (woke) del artículo, es decir, a menudo los más sectarios y los más limitados, querían saber tan solo una cosa de él: que era nazi.

El show asegurado
Pocas veces en la historia una “resistencia” fue tan apacible y lucrativa. Apacible: casi todas las noticias se remiten a un solo sujeto: Turmp. Como un médico charlatán de Molière que responde “el pulmón, el pulmón le digo” a la mínima pregunta de su paciente, los grandes medios estadounidenses interpretan cualquier noticia a través de ese prisma, incluso cuando se trata de evocar la degradación de la economía italiana, y reaccionan a cada ráfaga de tweets presidenciales divirtiéndose o indignándose según su posicionamiento editorial. Dado que el héroe o el blanco de estos intercambios no es ni muy modesto ni demasiado discreto, el programa −el espectáculo− está asegurado. Algunos días, notó el periodista Michael Massing, “el Washington Post publicó más de doce artículos sobre Trump y la política en Washington contra solo uno o dos sobre el resto del país”. En cuanto al resto del mundo, salvo cuando Trump participaba o lo hacían participar, era mejor no hablar.

Esta fijación enfermiza no tuvo más que inconvenientes. “Cubrir a Trump −agregaba Massing− volvió famosos a algunos de los corresponsales en la Casa Blanca, lo que les permitió facturar cada (...)

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Serge Halimi* y Pierre Rimbert*

*Director de Le Monde Diplomatique
** De la redacción de Le Monde Diplomatique.

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