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Una ideología víctima de sus contradicciones

En Israel, el ocaso del sionismo de izquierda

Al término de las cuatro elecciones legislativas celebradas en Israel desde abril de 2019, se impuso la misma constatación: la influencia del Partido Laborista se desplomó, en beneficio de las alianzas entre nacionalistas y religiosos. Así, la utopía del sionismo de izquierda, es decir, la fundación de un Estado para los judíos sobre una base socialista, parece haber fracasado. Sin embargo, esta izquierda ha desempeñado un papel central en la historia de Israel: central en su creación en 1948, mayoritaria en la Knesset (Parlamento) durante las tres primeras décadas de su existencia y en el poder entre 1992 y 1996, y luego desde 1999 a 2000. Pero en las últimas elecciones, la izquierda se mostró incapaz de volver al primer plano, registrando incluso los peores resultados en su historia: siete escaños sobre ciento veinte en marzo de 2020, y trece este año.

Nace una amenaza
Para explicar este declive, es conveniente recordar los orígenes y las contradicciones del sionismo de izquierda. En 1897, en Basilea, los intelectuales judíos fundaron el movimiento sionista. Su figura principal era el periodista austro-húngaro Theodor Herzl. Inicialmente partidario de la asimilación, vió cómo ese ideal se desplomaba cuando, en 1894 en París, cubrió el caso Dreyfus para su periódico; y luego, en 1897, cuando se enteró de que el candidato social-cristiano y abiertamente antisemita Karl Lueger era elegido alcalde de Viena. A partir de ese momento ya no percibiría la asimilación como una solución, sino como una amenaza. Los judíos quedarían acorralados entre, por un lado, las corrientes que apelaban a su destrucción física, cuya expresión más directa fueron los numerosos pogromos en el Imperio Ruso, y, por otro lado, la voluntad en sus filas de integrarse en las sociedades europeas tomando distancia de la religión, e incluso de toda pertenencia comunitaria. Ahora bien, esta última estrategia no impidió que el antisemitismo se extienda y amenace su seguridad. El objetivo se convirtió, entonces, en la creación de una entidad política donde serían mayoritarios y vivirían de manera segura. En otros términos: la edificación de un Estado judío.

Sin embargo, el proyecto sionista no era monolítico, y aparecieron distintas tendencias. La burguesía se reunió en torno a Herzl quien, partidario de un Estado judío liberal, pretendía obtener apoyos diplomáticos y sostenes en el seno del capitalismo occidental. Otros militantes defendían un sionismo aliado con el socialismo, basando el éxito del proyecto en la transformación de los judíos marginalizados en trabajadores, obreros y campesinos productivos. A partir de la década de 1920, este sionismo de izquierda, llamado “laborista”, consiguió imponerse a la cabeza del movimiento.

A finales del siglo XIX, los fundadores del movimiento reivindicaban el reconocimiento no sólo del derecho a la soberanía para los judíos, sino también del derecho a establecerse en una tierra donde en aquel entonces eran pocos: menos del 5% de la población de Palestina. Concebido en momentos en que las potencias occidentales constituían imperios en Asia y en África, en particular, el proyecto sionista integró la ideología colonial (1).

Sionismo y lucha de clases
Ser de izquierda conlleva un enfoque universalista, y consiste en defender principios tales como la justicia social para todos o el acceso de los pueblos a la igualdad y la libertad. El sionismo parecía estar en contradicción con estos ideales, ya que pretendía defender únicamente a los judíos. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la izquierda radical europea se mostraba, de hecho, muy crítica del mismo. Consideraba que los principios marxistas o socialistas eran los únicos objetivos a perseguir: era por la vía de la revolución social que los judíos se emanciparían, y no a través de la creación de un Estado a miles de kilómetros de sus lugares de lucha. Las perspectivas nacionalistas, y más aun las etnorreligiosas, eran percibidas como una ruptura con la lucha de clases, que se supone une a los individuos en función de su condición social y no de su comunidad. Por otra parte, las organizaciones marxistas o socialistas europeas refutaban la existencia de una “nación judía”.

Pero aquellos que sufrían el antisemitismo y sus humillaciones diarias, y a quienes les era negada toda forma de reconocimiento social, no podían aguardar pacientemente el triunfo de una hipotética revolución. Es así como el sionismo cobró fuerza entre los militantes de izquierda cuyo ideal progresista o revolucionario resultaba, no obstante, impregnado de una cultura colonial. En Palestina, ante una población árabe mayoritariamente campesina y apegada a modelos políticos tradicionales, las organizaciones sionistas de izquierda se percibían a sí mismas como una vanguardia revolucionaria, sobre la que descansaba la victoria del marxismo o del socialismo en Medio Oriente. Al igual que la burguesía sionista, partían del principio que, tratándose de un proyecto justo, moderno y progresista, los árabes solo podrían beneficiarse del mismo. Esta perspectiva se (...)

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