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Exportaciones occidentales que arruinan los esfuerzos de los ecologistas locales

Ola de desechos en el Sudeste Asiático

En las primeras horas del día, montones de hojas muertas y de envases de plástico son quemados frente a las casas de Kalianyar, un pueblo del Este de Java donde vive Slamet Riyadi. Este último trabaja en turismo luego de haber estudiado inglés de manera autodidacta. Sabe que la combustión no hace desaparecerlo todo. “Como no ven más nada, los habitantes del pueblo creen que no hay más nada. ¡Pero el plástico queda!” Le gustaría crear una asociación para clasificar los desechos, vender lo que puede ser reciclado, hacer compost con las materias orgánicas, y, por lo demás... verá.

Es realmente el único en preocuparse por el humo lleno de dioxina. Los plásticos no son objeto de ninguna colecta en los campos de Indonesia. Sin embargo, abundan en la vida cotidiana. En el mercado del pueblo vecino, Tamanan, dos stands venden envases descartables, bolsas y cajas de poliestireno, de las que las y los otros comerciantes hacen gran uso. Los paquetes individuales son legión: no solamente son prácticos, sino que, sobre todo, permiten a las familias pobres efectuar sus gastos día a día. Cuando estos desechos no se queman, se acumulan en el borde de las rutas y en los cursos de agua.

El río Brantas, el más largo del Este de Java, transporta residuos de todo tipo. Ecoton, una asociación local puesta en marcha por un grupo de biólogos, hizo de él su terreno de investigación y de lucha. Estamos en la prefectura de Gresik, no muy lejos de Surabaya, la capital de la isla y la segunda ciudad más grande del país. Dirigido por Prigi Arisandi, ganador en 2011 del premio Goldman por el Medioambiente (1), el equipo de biólogos de Ecoton controla la calidad de las aguas y la salud de los peces, que sufren preocupantes mutaciones genéticas que afectan su reproducción. La asociación alerta al público sobre las diversas contaminaciones y busca soluciones con los poderes públicos y los empresarios de esta región rural, pero industrializada.

Clasificación de desechos
En 2016, movilizó a la población en torno a los problemas planteados por la defecación en el río e incentivó a las empresas locales que evacúan allí sus desechos contaminantes a modificar sus procedimientos de producción. Una fábrica que recicla papel importado del mundo entero, por ejemplo, mejoró sus métodos, como lo constataron los representantes de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), la organización estadounidense que apoya a Ecoton. Pero, dos años más tarde, estos esfuerzos fueron totalmente socavados por un flujo de desechos plásticos en toda la región, debido a la desorganización del tráfico mundial.

Cerca de los locales de la asociación, en el pueblo de Sumengko, un basural a cielo abierto se convirtió en un lugar de hallazgos más o menos preciosos para una decena de recolectores informales que revuelven la basura. Esperan sacar de allí dinero, billetes pequeños de países ricos, que terminan representando montos más importantes que las modestas remuneraciones locales. Una vez efectuada la última clasificación de desechos, todo lo que no es vendible termina como combustible en la fábrica de tofu vecina.

En el Este de Java como en otros lugares de Indonesia, pero también en Malasia, en Tailandia, en Filipinas y en Vietnam, se repite la misma historia: la de empresarios poco escrupulosos que pretenden reciclar desechos plásticos. En muchos casos, estos solamente se clasifican, se queman al aire libre o se tiran en la naturaleza, cuando no se almacenan hasta la saturación del sitio, el tiempo que estos propietarios canallas huyan. Su combustión sin precaución particular o su degradación en el medioambiente libera dioxina, furano, mercurio o policlorobifenilos (PCB). Estos productos tóxicos, en su mayoría muy volátiles y solubles en las grasas, pueden contaminar el medioambiente y acumularse en el cuerpo humano, causando cáncer y alteraciones del sistema hormonal o nervioso.

Basura de todas partes
En Malasia, habitantes de un pueblo de la costa Oeste, alertados por los malos olores y los problemas dermatológicos y respiratorios, descubrieron la existencia de talleres de tratamiento de desechos. La asociación Kuala Langat Environmental Protection Action Group, cofundada por Tan Ching Hin, el ex jefe de un pueblo situado a algunos kilómetros de Klang, el puerto más grande del país, sobre el estrecho de Malaca, identificó treinta y ocho en 2018. ¡Uno solo operaba legalmente! Según el informe de la Alianza Mundial para Alternativas a la Incineración, una organización no gubernamental (ONG) conocida por su acrónimo inglés GAIA, que trabaja con las asociaciones locales, más de 900.000 toneladas de desechos plásticos se importaron en Malasia en 2018, y más de 400.000 en Tailandia y en Vietnam (2). Luego de esta publicación, los medios de comunicación europeos y estadounidenses corrieron a ver las basuras del Sudeste asiático: “Los periodistas extranjeros se emocionan cuando encuentran un desecho que viene de sus lugares de residencia en un basural”, nos cuenta Mageswari Sangaralingam, codirectora malasia de la publicación, un poco impactada por el ángulo elegido. Los potes de yogurt canadienses con arándanos, los envoltorios de queso francés abandonados en el medio de los cocoteros son el centro de atención en las revistas de noticias, en lugar de reportajes sobre los daños que implican para las poblaciones.

De hecho, el Sudeste Asiático está invadido de desechos desde que China detuvo sus actividades de reciclaje, en 2018. Hasta entonces, Occidente le enviaba los suyos, aprovechando los contenedores que regresaban vacíos a este gran exportador de productos manufacturados. En un mercado mundial de aproximadamente 10.000 millones de dólares, China acumulaba a principios de 2010 más de tres cuartos de estas importaciones. En 2016, el documental del director Wang Jiu-Liang Plastic China había impactado a las opiniones china e internacional con su retrato de la miseria en torno a las actividades artesanales de reciclaje e incineración (3). Las crecientes exigencias de la población china en materia de salud ambiental, así como el fuerte aumento de su propia producción de desechos, empujaron a las autoridades a actuar. En julio de 2017, le informaron a la Organización Mundial del Comercio (OMC) que cerrarían sus puertas el 1° de enero siguiente. Esta operación, bautizada “Espada nacional”, tenía como objetivo “la protección de China, de su medioambiente y de la salud de sus ciudadanos” (4). Los industriales del reciclaje trasladaron entonces una parte de su actividad a los países del Sudeste asiático, entre los cuales Malasia está a la cabeza.

Esta no posee ninguna solución técnica para tratar de manera satisfactoria todos estos desechos –al igual que Indonesia o Tailandia, a pesar de su uso abundante de envases de plástico–. Por el contrario, su legislación ambiental sigue siendo poco estricta. Además, las poblaciones más pobres no pueden negarse a trabajar en los basurales que surgen desde 2018. Llevadas a cabo por un sector industrial en crecimiento desde 2010, estas actividades ya existían, pero tomaron una dimensión totalmente diferente. “Alertamos al gobierno desde mediados de 2017, cuando nos enteramos de que China iba a cesar sus importaciones. Habíamos previsto que los desechos se desviarían hacia el (...)

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Aude Vidal

Antropóloga, autora, entre otros libros, del ensayo Égologie. Écologie, individualisme et course au bonheur, Le Monde à l’envers, Grenoble, 2017.

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