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El retorno del eje Indo-Pacífico

Delirios atlantistas en Asia

¿Qué va a hacer Francia en este enredo? Según el contralmirante Jean-Mathieu Rey, que dirige las fuerzas armadas francesas de Asia-Pacífico (1), el país acumula en Asia-Oceanía 7.000 militares, 15 buques de guerra, 38 aviones presentes permanentemente. A esta armada se le sumaron, entre fines de marzo y principios de junio, el portaviones de propulsión nuclear Charles-de-Gaulle, el submarino de ataque de propulsión nuclear Émeraude, varios aviones (de los cuales cuatro Rafale y un avión cisterna A330), el grupo de batalla anfibio Jeanne d’Arc, el portahelicópteros anfibio Tonnerre, la fragata furtiva Surcouf... Todo este contingente participa en una serie de maniobras militares con Estados Unidos, Australia, Japón e India.

Ciertamente, no es la primera vez que Francia exhibe su arsenal bélico en el área; ya en 2019 una de sus fragatas había cruzado el Estrecho de Taiwán, provocando un incidente con Pekín. Pero París nunca lo hizo a esta escala. Y, sobre todo, el presidente Emmanuel Macron inscribe esta política de despliegue militar “en el eje Indo-Pacífico” (2), con la mira puesta en China. A veces lo niega. Sin embargo, durante un viaje a Australia, en 2018, definió el rumbo: “China está construyendo su hegemonía paso a paso. No se trata de agitar los miedos, sino de ver la realidad. […] Si no nos organizamos, será pronto una hegemonía que reducirá nuestras libertades, nuestras oportunidades, y que padeceremos” (3). La hegemonía estadounidense en la región –real, en este caso– no parece plantearle problema alguno.

Amor verdadero
La geografía y la historia cedieron su lugar a las alianzas militares y diplomáticas. Subrepticiamente –y sin ningún debate nacional–, Francia pasó entonces del estatuto de “potencia indo-pacífica”, como le gusta definirse, haciendo valer sus territorios y departamentos de ultramar (Nueva Caledonia, Polinesia Francesa, Saint-Pierre-et-Miquelon...), al de potencia del “eje Indo-Pacífico” dirigido por Estados Unidos. Un cambio semántico cargado de significación: desde junio de 2019, en un informe oficial (4), el Departamento de Defensa estadounidense se felicitaba por este giro, que elevaba a París al mismo rango que sus aliados militares (Japón, Australia, Singapur...).

Antes de convertirse en una consigna estadounidense, el concepto de “Indo-Pacífico” navegó mucho. El capitán Gurpreet S. Khurana, director del think tank indio National Maritime Foundation, reivindica su paternidad desde 2006. Lo definía entonces como “el espacio marítimo que integran el Pacífico y el Océano Índico” (5). La idea fue recuperada y llevada al plano político por el entonces primer ministro japonés, Abe Shinzo, y por sus sucesores, preocupados por ver a China superar a su país en la escena económica mundial y encontrar el amor verdadero con Estados Unidos, convertido en su primer cliente. Le temían por sobre todas las cosas a una pareja “ChinAmérica” que los dejaría de lado. Orgullosos de ser la cabeza de puente de Washington en Asia, saludaron con entusiasmo los ejercicios conjuntos llevados a cabo por las marinas estadounidense, india, japonesa, australiana y singapurense en el Golfo de Bengala en 2007. ¡Una primera! No obstante, este “acto de la libertad” –como lo calificó Tokio– terminó por desaparecer del paisaje.

Hubo que esperar una década para que este “eje Indo-Pacífico” salga del olvido, gracias a Donald Trump. Con su sentido de la comunicación, este desbautizó en 2018 a la autoridad que controla los cuerpos del ejército estadounidense en la región, el Comando del Pacífico de Estado Unidos (US Pacific Command, PACOM), y lo convirtió en el Comando del Indo-Pacífico (INDOPACOM). En el mismo impulso, resucitó el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD, en inglés), que reúne a Australia, Estados Unidos, India y Japón en una alianza informal de evidente contenido militar. La Ley de Defensa 2019 adoptada por el Congreso estadounidense marca el tono: “La gran prioridad de Estados unidos” es “hacerle frente a la influencia de China” (6).

Derechos humanos
Este objetivo resuena agradablemente a oídos de los dirigentes neoliberales y ultranacionalistas que actualmente están a la cabeza de los tres países asiáticos de la alianza: el paréntesis laborista se cerró en Australia; Abe, el militante de choque del QUAD, volvió al poder en Japón. Y el nacionalista hindú Narendra Modi tomó las riendas de India, recibiendo incluso con fasto inaudito al presidente estadounidense algunos meses antes de que los electores lo reenviaran a su casa. Las gesticulaciones de Trump y de sus equipos limitaron el alcance efectivo de este giro. Pero el rumbo se mantiene.

A principios de 2021, Joseph Biden siguió inmediatamente los pasos de su predecesor, sin tanta agitación, pero sumando la defensa de los derechos humanos y la acción coherente. Hizo suya la designación de China como “rival estratégico” y del QUAD como arma política y militar central de su estrategia. A menos de dos meses de su entrada en funciones, antes de cualquier encuentro bilateral con dirigentes de la región, el nuevo presidente estadounidense organizó una reunión por videoconferencia con los otros tres jefes de Estado y de gobierno de la alianza, el 12 de marzo de 2021. Un encuentro inédito para este nivel de responsabilidad, saludado por un comunicado común. Si bien el texto es muy general, los cuatro hombres se comprometen a desarrollar “una región libre, abierta, inclusiva, sana, arraigada en valores democráticos y libre de cualquier restricción”, dicho de otro modo, un “Indo-Pacífico libre y abierto”, según la expresión consagrada (7).

Contra la “dictadura china”
Enseguida, los secretarios de Estado y de Defensa estadounidenses, Antony Blinken y Lloyd Austin, emprendieron un recorrido para asegurar el servicio posventa e incluir a Corea del Sur en un formato “QUAD +” que podría también reunir a otros países asiáticos, junto con países europeos como Francia, Reino Unido o Alemania. Se trata, explica Chung Kuyoun, investigadora de la Universidad Nacional de Kangwon (Corea del Sur), de “‘multilateralizar’ un sistema de alianza en estrella dirigido por Estados Unidos” (8). Otros expertos hacen directamente referencia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), nacida de la Guerra Fría en 1949 y todavía en vigor, apuntando a la posible extensión de su campo geográfico, o al nacimiento de una hermana menor –una “OTAN asiática” contra la “dictadura china”.

La hipótesis no es descabellada. El servicio de investigación del Congreso estadounidense, que, en un informe publicado el día anterior a la reunión de los ministros de Asuntos Exteriores, el 23 y 24 de marzo de 2021 en Bruselas, estableció la lista de “las prioridades-clave” de la OTAN, incluyó allí la necesidad de “responder a los potenciales desafíos de seguridad planteados por China y sus crecientes inversiones en Europa” (9). La economía asoma tanto como los misiles balísticos, el todo envuelto con la bandera de la libertad, levantada permanentemente por los partidarios de la organización.

Sin embargo, en esta materia, el primer ministro indio no es un caballero blanco: Cachemira, a la que le quitó la autonomía, vive bajo férula militar: los opositores son detenidos y torturados, cuando no son asesinados; su ley sobre la ciudadanía discrimina a los musulmanes; la represión a los manifestantes no cesa... Pero es sabido: los derechos humanos no tienen la misma importancia si se es aliado o adversario de Estados Unidos.

Bloqueo marítimo
En realidad, como nos recuerda Dennis Rumley, profesor de la Universidad de Curtin (Australia) y coautor de una obra sobre “el ascenso y el retorno del Indo-Pacífico” (10), el Indo-Pacífico guarda poca relación con los valores morales, y mucha con la “transición mundial en curso”. Para él, vivimos el “pasaje a un nuevo mundo bipolar: Estados Unidos, China”. En Estados Unidos y en su esfera de influencia, “muchos lo temen, en el sentido literal del término. En China, muchos aspiran a ello y reclaman que sea tenido en cuenta en las decisiones mundiales. La interacción de estas perspectivas diametralmente opuestas induce determinados comportamientos de ambos lados”, incluso el hecho de que “la actitud china puede percibirse como agresiva”.

Al romper con décadas de moderación, la muy ofensiva “diplomacia del lobo guerrero” (“wolf warrior diplomacy”), que hizo su aparición en determinados círculos de embajadores chinos, no modifica en absoluto esta imagen. Más fundamentalmente, China dio vuelta la página de la acción discreta de los años 1980-2000. No sólo aumenta su presupuesto militar cada año y moderniza rápidamente su marina, sino que sostiene fuerte y alto sus (...)

Artículo completo: 4 266 palabras.

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Martine Bulard

Jefa de Redacción Adjunta de Le Monde diplomatique, París.

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