En kioscos: Junio 2021
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu
Artículo precedente: « El origen del genocidio en Ruanda »
Siguiente artículo: « El funambulismo de una humorista china »
>

De Napoleón a la junta birmana

Técnicas y ambigüedades del golpe de Estado

Es más fácil realizar un golpe mediático que un golpe de Estado. Así lo demostró la tribuna de opinión publicada el 21 de abril por la revista Valeurs actuelles: un llamado firmado por unos veinte generales retirados resulta suficiente. Particularmente, en plena conmemoración de la muerte de Napoleón (autor del más célebre de los golpes de Estado) y el día del 60 aniversario del último golpe que vivió Francia. La ambigüedad del texto, que sintetiza una buena parte de las obsesiones paranoicas de la extrema derecha (acerca de la “guerra racial”, el islamismo, las “hordas de los suburbios” y los manifestantes violentos), garantizaba la polémica. Y, al exigir al gobierno que impida la “guerra civil”, los firmantes amenazaban, solapadamente, con un golpe militar, mediante una formula enrevesada que daba lugar a todas las interpretaciones: “la intervención de nuestros camaradas activos en una misión peligrosa para proteger nuestros valores civilizatorios y salvaguardar a nuestros compatriotas en el territorio nacional” (1).

En un contexto en que la extrema derecha se encuentra en posición de fuerza y en el que un ex Jefe de Estado Mayor que dimitió (el general Pierre de Villiers) declara querer “enderezar Francia”, el asunto no resulta anecdótico. La toma de posición que emana de ciertas franjas marginales del ejército recuerda que la intervención de oficiales en la política tiene una larga historia, y que la intervención militar no se reduce a una tradición exótica.

Medidas de excepción
La idea de que se imponen medidas de excepción cuando la gravedad de la situación lo exige no es nueva. Así se justificaba el golpe de Estado en el siglo XVII: en interés del Estado y para defender el bien público, el soberano puede y debe emplear a veces todos los medios necesarios, incluidos los más violentos. Para seguir siendo eficaces, estas transgresiones deben ser excepcionales, precisa el bibliotecario erudito Gabriel Naudé, autor de un tratado consagrado a esta cuestión en 1639: “[La] excepcionalidad otorga un lustre y un color a muchas cosas, que lo pierden desde el momento en que se usan con demasiada frecuencia […]. Si el príncipe se mantiene, agrego, dentro de la moderación de estas prácticas, no podrá ser culpado fácilmente, ni ser reputado tirano, pérfido o bárbaro, sobre todo porque esos calificativos sólo pueden otorgarse propiamente a aquellos que han contraído la costumbre de practicarlos” (2).

Con la Revolución Francesa, el golpe de Estado cambia de significación, quedando asociado a una toma del poder ilegal por parte de un individuo o un pequeño grupo de personas. A este respecto, los acontecimientos del 18 y 19 brumario del año VIII (9-10 de noviembre de 1799) proveen un nuevo modelo en la materia. En una cierta confusión, el general Napoleón Bonaparte logra –preservando inicialmente las apariencias legales antes de recurrir a la fuerza– no solamente tomar el poder, sino también poner fin a la fase republicana de la Revolución. La gloria que conoce el emperador Napoleón I a partir de entonces no deja, durante el siglo XIX, de alimentar la leyenda bonapartista del “buen” golpe de Estado. Esto beneficia a su sobrino, el presidente Luis Napoleón Bonaparte. El 2 de diciembre de 1851, este último viola la Constitución de la Segunda República manteniéndose en el poder por las armas. “Francia ha comprendido que no había salido de la legalidad sino para entrar nuevamente en el derecho”, se regocijaba luego del plebiscito que le era favorable, y que precedió a la restauración del Imperio.

Autor en 1931 de una obra incendiaria titulada Técnica del golpe de Estado, el escritor italiano Curzio Malaparte considera que la sombra del 18 brumario continúa sobrevolando las acciones subversivas de su época (3). Particularmente en Alemania, donde dos tentativas de golpe de Estado fracasan: la del nacionalista Wolfgang Kapp, confrontado a una huelga general masiva en marzo de 1920, y aquella que envía a Adolf Hitler a prisión en 1923. Pero la revolución de Octubre de 1917, estima Malaparte, impone un nuevo modelo insurreccional. En efecto, los bolcheviques son los primeros (antes que los fascistas italianos) en entender la necesidad de apoderarse de las infraestructuras esenciales para las sociedades industrializadas: centrales eléctricas, estaciones, centrales telegráficas y telefónicas... La toma del poder, considerada hasta entonces como una maniobra esencialmente política, se convierte también en una técnica.

La reglas del golpe de Estado
Esta dimensión material de la insurrección, cada vez más evidente a medida que el mundo se industrializa, está en el corazón del manual del golpe de Estado publicado por el historiador neoconservador Edward Luttwak en 1968 (4). En el contexto de la descolonización, las operaciones de este tipo se multiplican: entre 1946 y 1964, el autor cuenta 88 (62 de las cuales son exitosas). De manera un poco provocadora, el (...)

Artículo completo: 2 438 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de junio 2021
en venta en quioscos y en versión digital
E-mail: edicion.chile@lemondediplomatique.cl

Adquiera los periódicos y libros digitales en:
www.editorialauncreemos.cl

Dominique Pinsolle

Profesor de Historia Contemporánea. Director, con Nicolas Patin, de la obra colectiva Déstabiliser l’État en s’attaquant aux flux. Des révoltes antifiscales au sabotage, XVII-XIX siècles, Arbre bleu Éditions, Nancy, 2020.

Compartir este artículo