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Feministas del Este y del Sur, una contribución olvidada

Las “abuelas rojas” del movimiento internacional de mujeres

A pesar de que vive una actualidad editorial prolífica, la historia del feminismo tiene sus puntos ciegos. Por ejemplo, no suele mencionarse la contribución de los países del antiguo bloque del Este. Sin embargo, las alianzas que tejieron sus organizaciones de mujeres con las de las ex colonias del Sur desempeñaron un papel fundamental en los progresos de la igualdad entre sexos en el mundo.

Si usted es una mujer que vive y trabaja en Occidente hoy en día, sin duda ignora el nombre de las búlgaras Elena Lagadinova y Ana Durcheva, o de las zambianas Lily Monze y Chibesha Kankasa, a quienes sin embargo le debe una parte de sus derechos. Si usted jamás ha oído hablar de ellas, es porque los vencedores de la Guerra Fría han borrado de su relato las numerosas contribuciones de las mujeres del bloque del Este y de los países del Sur al movimiento feminista internacional. El triunfalismo de Occidente tras la desaparición de la Unión Soviética ha eliminado de la memoria todo legado positivo asociado con la experiencia socialista. Esta ha quedado reducida al autoritarismo, a las filas de espera frente a las panaderías, al gulag, a las restricciones de viajes al exterior y a la policía secreta.

Los occidentales tienden a ignorar que la rápida modernización de Rusia y de ciertos países de Europa del Este coincidió con el advenimiento del socialismo de Estado. En 1910, por ejemplo, la esperanza de vida en la Rusia zarista rondaba los 33 años, contra los 49 años en Francia. En 1970, había aumentado más del doble, alcanzando los 68 años en la URSS, es decir, solamente tres años menos que en Francia. La Unión Soviética inscribió el principio de igualdad jurídica entre los sexos en su Constitución en 1918 y legalizó el aborto en 1920 –una primicia mundial–. Desplegó esfuerzos ambiciosos para financiar métodos colectivos de cuidado de los niños, mucho antes de que el Oeste se preocupara por ello, e invirtió de manera masiva en la instrucción y la formación de las mujeres. A pesar de las múltiples disfuncionalidades de la planificación centralizada, el bloque del Este alcanzó, luego de la Segunda Guerra Mundial, importantes progresos científicos y tecnológicos, en los que las mujeres contribuyeron sobremanera.

Desde ya, lejos estuvo todo de ser perfecto. El aborto fue nuevamente prohibido en 1936 y lo siguió estando hasta 1955. La cultura patriarcal obligó a las mujeres a asumir, además de su trabajo remunerado, las tareas domésticas que los hombres se negaban a realizar. A causa de las penurias, la compra de los productos básicos exigía esfuerzos equiparables a un ascenso del Himalaya; los pañales descartables o los productos de higiene femenina a menudo eran imposibles de conseguir. Y los escalones más altos del poder político y económico permanecieron en gran medida ocupados por hombres. Sin embargo, los progresos fueron notables. Luego de 1945, las mujeres que vivían en la Unión Soviética y en Europa del Este integraban ampliamente la población activa, mientras que en Occidente solían quedar aún confinadas a la cocina y a la iglesia.

Durante la Guerra Fría, su estatus en la sociedad suscitó una rivalidad entre los dos bloques que sirvió de incentivo para los países occidentales. En 1942, los estadounidenses descubrían, fascinados, las hazañas de la joven francotiradora de elite soviética Liudmila Pavlichenko (309 nazis abatidos en su haber) que realizó una gira por Estados Unidos en compañía de la primera dama Eleanor Roosevelt. Washington recién comenzó a inquietarse por la amenaza que representaba la emancipación de las mujeres soviéticas con el lanzamiento del satélite Sputnik, en 1957. La URSS, que movilizaba el doble de materia gris que Estados Unidos, la de los hombres y la de las mujeres, ¿no amenazaba, acaso, con superarlos en la conquista del espacio? El gobierno estadounidense adoptó, el siguiente año, una ley para la defensa nacional que asignaba fondos a la formación científica de las mujeres.

El 14 de diciembre de 1961, el presidente John F. Kennedy firmó el decreto 10980, que dio origen a la primera “comisión presidencial sobre la condición de la mujer”. El preámbulo citaba la seguridad nacional entre sus motivaciones, no solamente porque el Estado necesitaba un ejército de reserva de trabajadoras en tiempos de guerra, sino también porque los líderes estadounidenses temían que los ideales socialistas seduzcan a las amas de casa estadounidenses frustradas y las lanzaran en brazos de los “rojos”.

Primera cosmonauta
El 17 de junio de 1963, la portada de The New York Herald Tribune titulaba: “Una soviética rubia se convierte en la primera mujer enviada al espacio”. Lo mismo en la de The Springfield Union: “Los soviéticos ponen en órbita a la primera cosmonauta”. Los periódicos publicaban imágenes de Valentina Tereshkova, de 26 años, sonriente en su escafandra de cosmonauta con la inscripción en cirílico “CCCP” (“URSS” en alfabeto latino). “Así, los rusos demuestran que la mujer puede competir con el hombre en los ejercicios más difíciles a los que nos convida la evolución de la técnica”, escribió Nicolas Vichney en Le Monde del 18 de junio de 1963. Mientras los líderes occidentales seguían temiendo las consecuencias de la liberación de las mujeres para la vida familiar tradicional, los soviéticos ponían en órbita a una de ellas... Como reacción a la cantidad de medallas de oro acumuladas por las deportistas soviéticas en los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972, los estadounidenses habilitaron ese mismo año un presupuesto federal para el atletismo femenino. Cada avance en el bloque del Esta obligaba a los países capitalistas a tomar nuevas medidas.

Hasta los inicios de la década de 1970, la Unión Soviética y sus aliados dominaban los debates sobre la condición femenina en el recinto de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Ocupaban, de igual modo, una posición central en el congreso organizado por la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM), fundada en París en 1945 por militantes de izquierda y que reúnía participantes de cuarenta países. Los gobiernos occidentales describían a la FDIM como una “organización cripto-comunista”. Su rama estadounidense, el Congreso de las Mujeres Estadounidenses, fue disuelta en 1950 tras una investigación conducida por el Comité parlamentario de Actividades Antiestadounidenses. En enero de 1951, la sede de la FDIM debió abandonar París luego de que su presidenta, Eugénie Cotton, también a la cabeza de la rama francesa (la Unión de las Mujeres Francesas), hiciera campaña contra la guerra colonial en Indochina.

Contra el colonialismo
En su nueva sede, establecida en Berlín-Este, la FDIM se convirtió en un poderoso representante de los intereses de las ex colonias en el mundo. A fines de la década de 1960, la Federación y sus organizaciones asociadas alentaron a las naciones que nacían en África y en Asia a crear organizaciones de mujeres sobre el modelo de aquellas que ya existían en Europa del Este, proveyéndoles apoyo financiero y logístico.

En el contexto de la descolonización, la vía socialista, que asociaba la nacionalización de los recursos naturales, la planificación económica y el desarrollo de los servicios sociales, constituía una solución de recambio atractiva frente al neocolonialismo que proponía la reinserción en el seno del modelo capitalista. Múltiples líderes de países independientes del Sur forjaron entonces alianzas con los líderes del bloque del Este; en perjuicio de los estadounidenses, que temían la expansión de la influencia soviética. Al mismo tiempo, las organizaciones de Europa del Este colaboraban con aquellas que emergían en Asia, en África y en América Latina. Juntas, rechazaban la idea de que las mujeres podían encontrar soluciones a sus problemas en el seno de estructuras político-económicas que perpetuaban otras formas de opresiones y desigualdades.

Por iniciativa de la FDIM, ante la propuesta de una delegada rumana, la ONU declaró el año 1975 como el Año Internacional de la Mujer, con el objetivo de atraer la atención de los gobiernos del mundo entero sobre la condición femenina. La iniciativa se prolongó a través de una Década de las Naciones Unidas para la Mujer, signada por tres conferencias clave en México (1975), Copenhague (1980) y Nairobi (1985). Trabajando en común acuerdo con las Naciones Unidas, una coalición de mujeres del Este y del Sur impuso un programa progresista cuyos ecos aún perduran.

El velo de olvido que ha recubierto la contribución de los países socialistas a la liberación de las mujeres se debe a una acepción limitada de la causa feminista en Occidente. A lo largo de todo el siglo XX, y aún hoy, a los militantes de inspiración marxista se les reprocha su indiferencia frente a las cuestiones de raza y de género, así como su tendencia a hacer prevalecer la lucha de clases por sobre todas las otras grandes divisiones de la sociedad. Sin embargo, los ex países socialistas de Europa del Este, que reivindicaban el marxismo, obraron más en favor de la emancipación de las mujeres y de la descolonización de lo que se admite, sobre todo si se los compara con los (...)

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Kristen R. Ghodsee

Profesora de Estudios Rusos y de Europa del Este, miembro del Graduate Group of Anthropology de la Universidad de Pensilvania. Autora de Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo. Y otros argumentos a favor de la independencia económica, Capitán Swing, Madrid, 2019.

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