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Francia: la semana laboral de veintiocho horas, una respuesta a la emergencia climática

Trabajar menos para contaminar menos

La reducción del tiempo de trabajo, considerada como una cuestión emancipadora y garante de un mejor reparto del empleo y de las riquezas, permitiría también reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero esta audaz visión del futuro aún levanta recelos; prueba de ello es el abandono, por parte de la Convención Ciudadana francesa por el Clima, de su propuesta de una semana laboral de 28 horas.

“¿Cómo reducir de aquí al año 2030 las emisiones de gases de efecto invernadero en al menos un 40% respecto a 1990, sin menoscabo de la justicia social?”. Para resolver este problema, [en Francia], la Convención Ciudadana por el Clima (CCC) ideó inicialmente reducir a veintiocho horas el tiempo de trabajo semanal. Pero, en junio de 2020, esa idea ya no estaba entre las 149 propuestas presentadas al presidente de la República –iniciativas que después fueron considerablemente rebajadas por el Gobierno y el Parlamento–. En el momento de la votación, el 65% de los miembros de la CCC –designados por sorteo– la rechazaron, por miedo a abrir un gran debate social y porque tenían dudas sobre sus efectos directos en las emisiones de gases de efecto invernadero: “Es más una cuestión de bienestar laboral y de cambio social que de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero”, afirma Mélanie Blanchetot, miembro de la CCC.

Con todo, la cuestión merece una reflexión seria, y a ello apuntan varios estudios. Un análisis muy reciente de las investigaciones llevadas a cabo sobre el tema concluye que sí existe una relación estrecha entre nuestro tiempo de trabajo y nuestra huella ecológica; eso sí, los autores consideran que la escasez de datos y los muchos factores que hay que tener en cuenta hacen imposible una cuantificación precisa (1). En 2007, dos economistas estadounidenses ya establecieron que, si en Estados Unidos se optara por el horario de trabajo medio de los primeros quince países de la Unión Europea, se ahorraría el 18% de su consumo de energía. Por el contrario, si la Unión Europea adoptara el ritmo estadounidense, su consumo aumentaría un 25% (2). En 2018, otro estudio mostraba que, en Estados Unidos, aumentar el tiempo de trabajo en 1% suponía un incremento de entre el 0,65 y el 0,67% de las emisiones de gases de efecto invernadero (3). Confirmaba así varios estudios suecos que consideraban que una reducción del 1% del tiempo de trabajo llevaría a una disminución del 0,80% de las emisiones domésticas (4).

Quienes menos trabajan y menos ganan producen una menor huella de carbono. ¿Significa esto que hay que abogar por un empobrecimiento global? “Si la gente goza de más tiempo, menor será la intensidad medioambiental de su consumo. Producir menos a cambio de más tiempo libre permite crear otra forma de bienestar”, resume François-Xavier Devetter, economista de la Universidad de Lille. El tiempo liberado permite otro tipo de enriquecimiento mediante numerosas actividades que uno mismo puede realizar en lugar de comprar un servicio: cocinar, hacer obras en casa, coser, cuidar el jardín, reparar el coche o la bicicleta, etc.

La reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, imprescindible para evitar el caos climático (5), siempre tropieza con la estrecha relación que existe entre dichas emisiones y la producción de bienes y de servicios, y su correspondiente consumo de energía. La sustitución de los combustibles fósiles por otros tipos de energía, así como la mejora de la -eficiencia energética, no reducirán suficientemente el impacto medioambiental de las economías industriales, y desacoplar el crecimiento económico de las emisiones de gases de efecto invernadero suena aún poco menos que a mito. Ahora bien, sí es posible desvincular el aumento del bienestar y el crecimiento de la producción, tal y como se mide hoy.

El trabajo, fuente de toda la riqueza real, es un factor esencial para las transformaciones que están en juego. Refleja la organización de nuestra sociedad y el valor que otorgamos a cuanto producimos –o no producimos– material y socialmente. Muchos economistas, a imagen de Jean Gadrey, proponen reflexionar sobre una sociedad del postcrecimiento, donde los indicadores ya no irían supeditados al volumen de producción, sino a las necesidades sociales que se han podido satisfacer (6). “Tomar como norma otros indicadores que encajen la producción dentro de unos límites, especialmente medioambientales, permite sustituir la dictadura del crecimiento por la satisfacción de las necesidades sociales, respetando el patrimonio natural y la cohesión social”, escribe también la socióloga Dominique Méda (7). La cuestión que se plantea es qué producciones deben reducirse, y hasta desaparecer, y cuáles deben mantenerse. De ahí la importancia vital de implicar a la ciudadanía en la toma de decisiones.

El postcrecimiento
La reducción del tiempo de trabajo es uno de los mayores logros de la humanidad en la historia contemporánea. La conquista política y social del tiempo libre, emblemática de las luchas obreras, ha resultado viable y realista. En Francia, el número de horas laborales por trabajador se ha reducido casi a la mitad desde el comienzo de la era industrial, pasando de un promedio de 3.041 horas en 1831 a 1.505 de media para el conjunto de las personas con empleo en 2019 (8). Otros países, como Alemania, Países Bajos y Noruega, alcanzan cifras aún menores.

Trabajo infantil
La ley de 1841, primera normativa a nivel nacional en Francia, prohibió el trabajo de los niños menores de 8 años y limitó el de los menores de 13. El trabajo de los niños, cada vez más regulado, fue ilegalizado cuando, en 1959, la escuela pasó a ser obligatoria hasta los 16 años. La jornada laboral era de 12 horas en 1848; posteriormente, se redujo a 11 horas en 1900; y pasó a ser de 8 horas en 1919. En 1900, la semana laboral legal era de setenta horas, y después fue disminuyendo de forma irregular hasta llegar a las cuarenta horas con el Frente Popular, luego a las treinta y nueve horas tras la elección de François Mitterrand en 1981, y finalmente a las treinta y cinco horas en el año 2000. Tras el primer día de descanso conseguido en 1906, se han ido ganando días de vacaciones pagadas, hasta llegar a las cinco semanas a partir de 1982.

Hoy en día, sindicatos progresistas, partidos de izquierdas y ecologistas defienden en sus programas una nueva reducción del tiempo de trabajo. En mayo de 2020, unas veinte organizaciones de trabajadores y asociaciones ecologistas lideradas por la Asociación para la Tasación de las Transacciones Financieras y la Acción Ciudadana (Attac), la Confederación General del Trabajo (CGT) y Greenpeace publicaron un “plan para salir de la crisis” que contemplaba “la reducción y el reparto del tiempo de trabajo”, tomando como horario de referencia “treinta y dos horas semanales, sin pérdida de salario ni flexibilización”. “El reparto del trabajo y la mejora de la calidad de vida […] generaría cientos de miles de empleos, si no millones”, aseguran estas mismas organizaciones en un detallado informe publicado a principios de mayo de 2021 (9), que concluye: “Resulta injustificable abstenerse de ello cuando tenemos casi siete millones de personas inscritas en el paro”. Se trata de luchar contra el desempleo, pero también contra la precariedad laboral. Porque, de facto y sin decirlo, parte de la patronal también organiza a su manera una reducción del tiempo de trabajo exigiendo siempre mayor flexibilidad, en particular para imponer el trabajo a tiempo parcial o para despedir a las personas de más edad.

Trabajo mal repartido
La cuestión del reparto del trabajo vuelve con fuerza para superar la recesión generada por la crisis sanitaria y transformar la recaída prevista en los próximos meses en una recuperación de puestos de empleo. El caso es que, aunque el tiempo de trabajo legal es de treinta y cinco horas, una mayoría de franceses sigue echando muchas más horas. En 2018, la población activa a tiempo completo trabajaba un promedio de 40,5 horas semanales. Una duración que pasaba a 39,1 horas considerando solamente el grupo de los asalariados (10). Por no hablar de los ejecutivos: casi la mitad de ellos se rige por el forfait-jour (“forfait diario” o pago fijo) y trabaja un promedio de 46,6 horas semanales (11). Esto no indica un fracaso de las treinta y cinco horas, sino de su incorrecta implementación.

Desde hace décadas, la oposición ideológica al reparto del trabajo viene (...)

Artículo completo: 4 244 palabras.

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Claire Lecœuvre

Periodista.

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