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Así nacieron los mapuches

Los que no creyeron en el retorno de Dios

Primero se agitó el mar, el mar oscuro y frío, y una ola enorme se estrelló con ímpetu en las rocas, lanzando la espuma contra el cielo. Un ruido sordo y prolongado surgía de su interior como si fuese un monstruo estirándose. El viento se estremeció con vibraciones cósmicas y su silbido se transformó en ráfaga ensordecedora que fue a golpear la falda de las montañas volviéndose espesor, consistencia. A su paso envolvió las piedras, atrapó las rocas sacándolas de sus cimientos y precipitándolas desde lo alto, a la altura de la nieve, con estruendo hacia los valles. Entonces fue la lluvia fría y torrencial que empezó a inundarlo todo, y las olas alcanzaron las planicies mientras un estallido planetario surgió de los volcanes, hizo de la nieve fuego, modeló el rostro de la tierra y fue a depositarse al fondo de las aguas. Mientras crecía el mar por designio de Kai Kai, la culebra que habita en su interior, también se elevaban las montañas. Los mapuches se refugiaron en los cerros porque Treng Treng reside ahí y los aconsejó. Los que se quedaron abajo se convirtieron en peces. Los que subieron se protegieron la cabeza con cántaros de arcilla por la lluvia y el sol. Con sacrificios lograron calmar el agua y después bajaron de los cerros. Así nacieron los mapuches.

El hábitat primero fue el ámbito del trueno, del alerce, del raulí, el maitén y la araucaria, la selva austral de Sudamérica. Desde el río Maule -en el Chile actual- aumentaba la población hasta más allá del Toltén cuyo cauce arrastra en período de lluvias a la tierra, los árboles, las casas, los enseres, los animales y hasta los caballos con jinetes y todo. Existieron ya en los quinientos a seiscientos años a.c. y eran cazadores de guanacos, de huemules. Marinos avezados que recogían del mar los moluscos, las algas: cochayuyo, luche. De la tierra los frutos del algarrobo, el piñón de la araucaria. Eran diestros cazadores que se aventuraban en un terreno amplio, amos de la flecha y el silencio. Vivían en familias extensas, en poligamia bajo la autoridad del lonco, cacique que imponía la equidad y dirigía las relaciones con los demás grupos. La elección del toqui, jefe en tiempos de guerra, se hacía por acuerdo y era para aquellos que poseían la magnitud del relámpago.

Pronto atravesaron la Cordillera de los Andes y se instalaron del otro lado, en la actual Argentina, imponiendo su lengua, el mapudungu. Tomaban el nombre de puelches, gente del Este, conocidos por el lugar donde habitaban: ranqueles, salineros, pampas, manzaneros. Allí la naturaleza presenta un rostro diferente. Atravesando los bosques cordilleranos es generosa en lagos, ríos, bosques y valles para luego extenderse en las enormes llanuras desérticas de la pampa. En ese medio la choza mapuche, la ruca, se volvió toldo, habitación hecha de varas y pieles de guanaco -más tarde de caballo- cosidas con cuerdas que permitían los desplazamientos.

Un día se escucharon los choroyes bajando del cerro en gran bullicio. Se reunió la gente y consultó a la machi, chamán del grupo. Ella subió por los peldaños del canelo tallado en forma de rehue para estas ocasiones, invocó a Nguenechén el de la alta sabiduría y anunció presagios funestos. Cuando llegaron los españoles los dominios mapuches se extendían ampliamente por sobre la cordillera entre las dos Aguas Grandes, del Pacífico al Atlántico. Eran quinientos mil sólo del actual lado chileno.

En otros grupos étnicos de América la llegada del invasor respondió a la expectativa que surgía de una creencia mítico-religiosa. El pueblo azteca vio en Cortés y sus huestes el retorno de Quetzalcóatl, y Moctezuma le recibió como el “príncipe de hombres” que viene a recuperar su trono. Fue el caso también de Viracocha para el imperio incaico en el Cuzco que pensó que tal vez serían sus enviados y el documento de Ticu Cusi Yupanqui señala que “parecían viracochas”. En su sistema de creencias no existía el mito del retorno (1): Nguenechén era la fuerza superior; Pillán residía en los montes, los volcanes, las nubes, las alturas, allí en donde el espíritu de los guerreros sube para convertirse en trueno. Si bien los sorprendió, el conquistador no desestructuró su visión de mundo. Este fue identificado de inmediato como el enemigo que era. Los mapuches no creyeron en el retorno de Dios: lo enfrentaron en una guerra que duró doscientos sesenta años y en donde no pudieron ser vencidos. Luego de la Independencia su lucha fue también de defensa, pero ahora en contra de chilenos y argentinos.

En 1546 partió de Santiago del Nuevo Extremo el primer grupo de soldados españoles hacia el sur. Se iniciaba así una guerra increíble de la pólvora en contra de la astucia, del yelmo frente al sigilo, de la estrategia militar tradicional en contra de una lucha con caracteres de guerra popular en donde se iba redefiniendo la táctica y estrategia de acuerdo a las nuevas circunstancias. Los ataques mapuches no eran frontales sino en pequeños grupos y por sorpresa. Pronto incorporaron el caballo y sus picas de coligue admitieron el filo de las armas blancas. Lautaro aprendió la guerra al servicio del español para volver y enseñar a los suyos cómo atacarlo.

Pedro de Valdivia logró avanzar al sur, atravesar el Bío-Bío, construir algunos fuertes y fundar ciudades: Concepción, Valdivia, Villarica. De allí soldados españoles cruzaron por los pasos cordilleranos y llegaron al lugar de Trepanada, (...)

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Ana Pizarro

Dra. en Letras de la U. de París.

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