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Afganistán, el fracaso y el caos

Dos décadas de guerra para nada

Jamás un país mereció tanto su apodo –el “cementerio de los imperios”– como Afganistán. Tras expulsar a los Mogoles y a los Persas, echó de su territorio a los imperios británico en el siglo XIX, soviético, en el siglo XX y estadounidense, en el siglo XXI.

Al término de la guerra más larga de su historia –dos décadas–, y después de haber reclutado en su cruzada a no menos de treinta y ocho países bajo el mando de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Estados Unidos se retira en medio de un fiasco absoluto. Sus últimas tropas en el terreno partieron el 30 de agosto, a pocos días del vigésimo aniversario de los atentados a las torres gemelas, que fueron el pretexto de su invasión de Kabul. Anunciada por el ex presidente Donald Trump para mayo 2021, Joseph Biden hizo efectiva la retirada con apenas algunos meses de retraso.

El expresidente George W. Bush, en los orígenes de lo que debía ser una “operación-relámpago”, cantaba sin embargo victoria tras la caída del régimen talibán, a fines de 2001: Estados Unidos había sido vengado. No quedaba más que construir un Estado (state-building) lo más conforme posible con los proyectos estadounidenses. Una tarea al alcance de la primera potencia mundial, que había logrado derrotar al enemigo comunista y que, impulsada por su “valores democráticos”, podía atribuirse el rol de máxima defensora de las libertades en el planeta. En ese momento, los gobernantes del mundo occidental se alinearon. Diez años más tarde, Barack Obama, que había prometido una retirada, decidió finalmente mandar refuerzos para un asalto que se suponía debía ser el final, y luego aplaudió el asesinato de Osama Ben Laden en su guarida paquistaní: “Nuestro mayor éxito en nuestra lucha contra Al Qaeda”, que “refleja la grandeza” de Estados Unidos, decía en aquel 1º de mayo de 2011 en una alocución solemne.

Casi una década más tarde, nuevamente, en febrero de 2020, el acuerdo de Doha, firmado entre la administración Trump y las organizaciones talibanas, selló la capitulación en el terreno por parte de Estados Unidos (1). Sin negociación alguna con el gobierno de Kabul, hasta entonces apoyado financiera y políticamente por Washington. Sin consultar al pueblo afgano, por supuesto. Sin siquiera coordinación alguna con los miembros de la OTAN, que mantenían en el terreno 7.100 soldados (1.300 de Alemania, 1.100 del Reino Unido, 900 de Italia y algunos cientos de Georgia así como de Polonia, Francia habiéndose retirado en 2014), además de los 2.500 militares estadounidenses. En cuanto a los 17.000 civiles con contratos (contractors) estadounidenses, afganos y otros, ellos también se encontraron ante el hecho consumado. El imperio decide, los vasallos se inclinan. Esto debería hacer reflexionar a todos aquellos que sueñan con colocarse bajo el estandarte de una “OTAN asiática” para defender los mismos “valores democráticos” en contra del nuevo enemigo, China (2).

Es cierto, Estados Unidos no sólo impuso su estrategia: pagó buena parte de la factura –enorme–, gastando alrededor de un billón de dólares (3). Unos 775.000 soldados pasaron por el terreno, de los cuales 100.000 en el auge de Obama (que recibió el Premio Nobel de la Paz en 2009), sin contar con el equipamiento militar ultramoderno, los drones asesinos, decenas de organizaciones no gubernamentales (ONG) masivamente financiadas… Un costo desconcertante para un balance inapelable, a falta de ser definitivo: al menos 160.000 afganos muertos, entre los cuales de 40.000 a 60.000 civiles, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU); 2.400 soldados estadounidenses; 1.500 militares de la alianza (entre los cuales 90 franceses) y 1.800 civiles contratados.

La “cleptocracia”
Este desastre humano y financiero deja un país en peor estado aun de lo que lo estaba anteriormente, salvo para las mujeres cuyo destino mejoró –al menos en las ciudades–. Pero las presiones talibanas para su mantenimiento dentro de un universo doméstico cerrado, las amenazas en contra de escritoras, periodistas, médicas, profesoras, obligadas a exiliarse cuando no son pura y simplemente asesinadas, los atentados mortales en contra de las escuelas de niñas se intensificaron estos últimos meses. En cuanto al resto, la “misión civilizadora” de Occidente logró la proeza de llevar a Afganistán al lugar de primer productor mundial de opio: asegura el 90% del aprovisionamiento –lo que representa el 15% de su Producto (...)

Artículo completo: 2 202 palabras.

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Martine Bulard

Jefa de Redacción Adjunta de Le Monde diplomatique, París.

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