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El Estado, una cuestión soslayada

Las miradas erróneas sobre Afganistán

¿Cómo hicieron los talibanes, derrotados en algunos meses en el otoño de 2001, para obtener una victoria sobre Estados Unidos en un conflicto a primera vista tan desequilibrado?

La derrota occidental se debe a una visión errónea de Afganistán, producto de un campo de expertos donde se encuentran think tanks, administraciones, universidades, organizaciones no gubernamentales (ONG) internacionales o afganas y empresas privadas. Esta interpretación constituye una antropología imaginaria que definió a la sociedad afgana como localista en sus intereses y desobediente frente a cualquier forma de presencia estatal. Aunque fue refutada por la historiografía reciente (1), la visión de una oposición cultural en Kabul vuelve de manera recurrente en los informes, artículos y obras dedicadas a la intervención, y hasta en los discursos más oficiales.

En la víspera de su nombramiento al frente de las tropas occidentales, en 2009, el general Stanley McChrystal declaraba: “Los reclamos históricos refuerzan los lazos con la identidad tribal o étnica y pueden disminuir el atractivo de un Estado centralizado. Todas las etnias, en particular los pashtunes, tradicionalmente buscaron obtener una cierta independencia frente al gobierno central” (2). La mayoría de los expertos contraponen un Estado “lejano”, “ilegítimo” y, finalmente, “artificial”, a un nivel local “próximo”, “legítimo” y “natural”. La proximidad sería garantía de familiaridad y relaciones personales frente a las aguas heladas de la razón burocrática.

La antropología
Al igual que los militares, las instituciones encargadas del “desarrollo” recurrieron con frecuencia a este lugar común que permitía eludir al Estado. El elogio de lo local justificó la ausencia de coordinación con el poder afgano en nombre de la legitimidad de las asambleas locales (jirga, shura). Presentadas como algo tradicional, fueron en realidad creadas por las organizaciones que implementaron la ayuda internacional: fue el caso de las shuras de aldea para el Programa Nacional de Solidaridad del Banco Mundial. La obsesión por lo local también condujo a una etnicización de las políticas públicas. Se invocaron las tradiciones pashtunes para eludir el derecho positivo, por ejemplo sobre la herencia o el casamiento, y se ofreció un espacio para las reivindicaciones etnonacionales de empresarios uzbekos, hazaras o tajikos, lo que les permitió ocupar puestos y enriquecerse.

Finalmente, Afganistán fue presentado como un país de tribus, en una visión orientalista inspirada en la relectura de los textos etnográficos del periodo colonial. Se colocó una pseudo-antropología al servicio de la guerra: “Las estructuras de seguridad nacional deben ser alimentadas por la antropología, una disciplina inventada para apoyar los combates en las zonas tribales”. Montgomery McFate, que afirmaba esto en 2006 (3), fue consejero científico del comité de jefes del Estado Mayor interarmas. En este marco, puso en marcha el Human Terrain System, que apuntaba a integrar a los antropólogos (en realidad, quienes fueran titulares de una licencia o un master en ciencias sociales) en el seno de las unidades estadounidenses. También contribuyó a la redacción del manual de contrainsurgencia FM. 3.24, que promueve la implicación de los militares estadounidenses en los conflictos sociales para conseguir aliados y recolectar información: “Ir en el sentido de la población local, y no a contracorriente. Primero, ganarse la confianza de algunas aldeas, luego trabajar con quienes comercian, se casan o hacen negocios. Esta táctica permite obtener aliados locales, una población movilizada y redes de confianza” (4).

Un oficial estadounidense, el mayor Jim Gant, cuenta cómo ayudó a un hombre fuerte en un conflicto territorial mientras dirigía el despliegue de fuerzas especiales en la provincia de Kunar en 2003: “La población de las montañas había tomado y explotaba la tierra que pertenecía a los habitantes de las llanuras. El malik [jefe] me dijo que la tierra había sido entregada a su tribu por el ‘rey de Afganistán’ hacía mucho, mucho tiempo, y que me mostraría los documentos. Le dije que no era necesario: su palabra era suficiente. (...) Decidí apoyarlo. ‘Malik, estoy con usted. Mis hombres y yo iremos con usted a hablar con los montañeses. Si no le devuelven la tierra, combatiremos con ustedes’”. El mayor Gant no cuenta cómo terminó la historia; sólo sugiere, con un lacónico “basta con decir que el problema fue resuelto”, que ayudó a su “amigo” a apropiarse de las tierras disputadas (5).

Burbuja humanitaria
En realidad, el interés proclamado por la “cultura afgana” disimula la ausencia de consideración de las (verdaderas) investigaciones antropológicas realizadas desde los años 1980, que muestran una destribalización y los límites de una lectura étnica de la sociedad (6). La alergia al Estado por parte del “reino de la insolencia” (7) fue un tema especialmente considerado porque justificaba los fracasos, cada vez más difíciles de disimular, de la “comunidad internacional”. Si se consideran las sumas gastadas, la empresa del state-building (construcción del Estado) fue una de las más ambiciosas desde la ocupación estadounidense de Japón y de Alemania luego de la Segunda Guerra Mundial. En los años 2000, la totalidad del presupuesto del gobierno afgano provenía de préstamos; hoy, la proporción es del 75 por ciento. A estas sumas se agregan las decenas de miles de millones de dólares invertidos en el financiamiento de la policía, la justicia y el Ejército, como así también la construcción de escuelas, hospitales, infraestructuras de rutas y edificios públicos.

Esta ayuda está caracterizada por un aislamiento sistemático entre los programas y por una mala gestión generalizada. La subcontratación en cascada de los proyectos se traduce en connivencias sistemáticas en la atribución de los mercados y en una captación de los financiamientos en beneficio, primero, de las empresas occidentales. Tomando el ejemplo de la justicia, Ronald Neumann, ex embajador estadounidense en Afganistán (2003-2005), admite: “Nuestra propia zambullida en la asistencia jurídica era caótica. La Usaid [Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional] gestionó ciertos programas por medio de empresas privadas. El Departamento de Estado tenía sus propios llamados a licitaciones, pero también pagaba a varios procuradores experimentados, alejados del Departamento de Justicia, que parecían actuar con frecuencia de manera independiente. Por su parte, los militares estadounidenses financiaban sus propios programas, pero ni ellos ni nosotros sabíamos lo que hacía la otra parte. La coordinación entre nuestros engranajes era débil y las relaciones tensas” (8). Además, el personal extranjero, que muy raramente hablaba las lenguas locales, vivía en enclaves distantes de la población afgana. En Kabul, las prácticas de la burbuja humanitaria –o sea, los miles de extranjeros que vivían en la capital– hicieron mucho por desacreditar la presencia occidental. La credibilidad de los “French doctors”, lograda duramente en los años 1980, fue así dilapidada por una nueva generación de expatriados que trabajan en la intersección entre el business y lo humanitario.

Asimismo, las instituciones extranjeras encargadas de la reconstrucción del Estado socavaron sistemáticamente las instituciones afganas que se supone que tenían que sostener. Con la Constitución de 2003, los dirigentes estadounidenses impusieron un régimen presidencial que convirtió al Parlamento y los partidos políticos en marginales. Las cancillerías occidentales a veces redactaban leyes luego promulgadas por el presidente gracias a un artículo de la Constitución que autoriza a hacerlo durante las vacaciones del Parlamento.

Doble sistema
En el área de seguridad, Estados Unidos eligió instalar un doble sistema. Además de los órganos oficiales afganos (ejército, información, policía), se apoyaron en diversos grupos armados: milicias bajo la autoridad directa de la Central Intelligence Agency (CIA), ex mujaidines que habían combatido contra los soviéticos (...)

Artículo completo: 3 865 palabras.

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Adam Baczko y Gilles Dorronsoro

Investigador del Centre National de la Recherche Scientifique - Centre de Recherches Internationales (CNRS-CERI), autor de La Guerre par le droit. Les tribunaux talibans en Afghanistan, CNRS Éditions, Paris, 2021.
Investigador del Centre Européen de Sociologie et de Science Politique (CESSP), Université Paris-1, autor de Le Gouvernement transnational de l’Afghanistan. Une si prévisible défaite, Karthala, Paris, 2021.

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