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La exitosa ofensiva final del Talibán

“¡No se debe a un milagro que todos esos distritos hayan caído tan rápido!”

En los primeros días de agosto, Kabul ya vive un caos indescriptible. En Shar-e-Naw, uno de los parques de la ciudad, se amontonan los desplazados de las provincias del Norte, expulsados por el avance de los talibanes. “Si no pueden ayudar, entonces, ¿qué hacen acá?”, grita enfurecida una joven, cuyos ojos resplandecen de ira tras la burka clara que lleva, como todas las demás mujeres. Un shock visual en la capital. Hasta la llegada de los refugiados, eran raras las habitantes que llevaban algo más que un ligero pañuelo.

Hombres, mujeres, viejos, niños: cada cual forcejea en un amontonamiento fuera de control para obtener una hogaza de pan, una alfombra o una lona para poder resguardar a su familia en los espacios verdes de este opulento barrio. Dos hombres se mantienen al margen de los altercados, la mirada vacía. Bahadur (1) es originario de Kunduz, que cayó el pasado 11 de agosto. “La situación está cada vez peor –afirma–. No hay nadie para garantizar la disciplina, ninguna organización”. Con los ojos llorosos, su compañero agrega: “Los talibanes quemaban todo. Los mercados, los negocios, las casas. Mi hijo fue asesinado. Tenía 10 años”.

A quinientos kilómetros de ahí, Kandahar, ciudad estratégica del Sur. En un centro gestionado por Handicap International (HI), Rahmatullah cuenta. Quince días antes, alcanzado por un cohete, perdió sus dos piernas: “Estábamos huyendo de nuestra casa para escapar de los combates”. El joven de 25 años se encontró en medio de los tiros entre los talibanes y el ejército. “Estoy agradecido por tener un poco de educación. Voy a poder trabajar. Con prótesis, voy a poder desplazarme. Otros perdieron la vida”.

Malos soldados
Los civiles se refugian en donde encuentran lugar. En medio de los escombros, personas que habitualmente subsistían con pequeños oficios jornaleros esperan los servicios de emergencia, inmersos en un denso olor a excrementos. Un asistente social de HI les muestra una ilustración a unos niños en la cual dos niños se aventuran dentro de unas ruinas: “Tocar cosas desconocidas, ¿está bien o está mal?”, “¡Está mal!”, exclaman los niños, ya conscientes de que cualquier cosa puede costarles la vida, o un miembro. Como aquél joven de 13 años que intenta dominar su nueva pierna de plástico. Sin embargo, su hermano no parece tenerles rencor a los talibanes: “Su blanco era alguien más, un caudillo que, ¡desgraciadamente perdió sólo algunos dedos!”. Una reflexión que refleja el estado de ánimo de una parte de los afganos.

Los insurgentes son “buenos terroristas, pero malos soldados. Esos soldados en motocicleta […], no son un ejército temible –afirmaba, determinante, en un estudio de BFM TV, el “filósofo y escritor” Bernard-Henri Lévy (“BHL”), el pasado 16 de agosto, tras la caída de Kabul–.Estuve ahí hace algún tiempo, vi las ciudades afganas –proseguía–. Las mujeres no llevaban velo, los periodistas producían una información libre y a menudo exacta, se respiraba un perfume de libertad que comenzó a flotar hace veinte años. Los talibanes no estaban arañando el poder. Se escondían”. ¿Cómo es posible, al cabo de tantos años, equivocarse tanto acerca de la habilidad estratégica de esta insurrección? El movimiento tendría hasta 100.000 combatientes (2). Lejos de ser anodino, el uso de las motocicletas les permitió poder operar sin quedarse atascados en el tráfico, provocando además, la prohibición de ese medio de transporte en la mayor parte de las ciudades. Una semana antes de la toma de Kandahar, la ciudad exhibía todo lo contrario de lo que cuenta “BHL”. Si bien algunas personas, numerosas, hacían picnics en las calles a pesar del avance de los insurgentes, las mujeres permanecían completamente invisibles, a excepción de algunas burkas furtivas aquí y allá.

A pesar de su libertad de acción, real, los principales medios de comunicación afganos se dejaron engañar por las falaces cifras del gobierno, que hablaba de “muertos por centenares” dentro de las filas de la insurrección, mientras que ésta avanzaba inexorablemente. Mentiras que reprodujeron sin realmente cuestionarlas.

El poder afgano escondió sistemáticamente a sus muertos y a sus heridos. Una noche, mientras que varios periodistas esperaban en el aeropuerto de Kabul para filmar las aeronaves de la fuerza aérea, se los invitó a pasar a un hangar. Afuera, un contratista de seguridad occidental vio aquello que los oficiales querían disimular: aviones comerciales que escupían soldados heridos o muertos por centenares. No se dio ninguna cifra, pero una fuente cercana al régimen le reveló a la revista estadounidense Foreign Policy que habría habido 5.000 pérdidas por mes (3). Contrariamente a lo que repitieron los (...)

Artículo completo: 2 357 palabras.

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Romain Mielcarek

Periodista y doctor en Ciencias de la Información y la Comunicación. Autor de Marchands d’armes. Enquête sur un business français (Tallandier, París, 2017).

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