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La disputa entre EEUU y China por influir en el continente

Combate del águila y el dragón en América Latina

El 9 de diciembre de 2020, la agencia de financiación estadounidense Corporación Financiera de Desarrollo Internacional (DFC, en inglés) desembarcó en Ecuador llevando en sus valijas un “nuevo modelo” de acuerdo marco destinado a los países latinoamericanos. Éste consiste en el otorgamiento de un préstamo de 3.500 millones de dólares para “ayudar” a Quito a devolver “la deuda predatoria” contraída con Pekín unos 12 años antes. A cambio, Ecuador se comprometió a integrar la “Red Limpia”, un programa inaugurado en 2019 por el entonces presidente estadounidense Donald Trump que apunta a excluir a las empresas chinas de los contratos de instalación de 5G en el mundo.

Trato hecho. El 14 de enero de 2021, el presidente conservador de Ecuador Lenín Moreno reafirmó su lealtad hacia la Casa Blanca, a riesgo de retrasar el desarrollo de la inteligencia artificial, la robotización y la industria de los objetos conectados en su país. Por su parte, Estados Unidos no disimula la naturaleza de su motivación: “La DFC fue creada para que ningún país autoritario tenga una influencia indebida en otro país”, explica Adam Bohler, director de la DFC (1). Insensible durante mucho tiempo a la llegada de Pekín a su “patio trasero”, Washington se muestra actualmente preocupado: el potencial despliegue del 5G en la región por parte de Huawei parece haber cambiado las cosas. Paradójicamente, “la invasión china” en América Latina que denuncia Estados Unidos es consecuencia directa de sus propias opciones geopolíticas en la región. De modo que la situación actual no se explica tanto por la astucia del dragón como por los picotazos del águila.

La “ola roja”
Desde la integración de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC), en 2002, su presencia avanzó considerablemente en América Latina. Esto ocurrió en primer lugar porque Estados Unidos miraba para otro lado. Luego de haber prometido en su campaña presidencial de 2000 hacer olvidar “la indiferencia de Washington” (2) hacia la región, George W. Bush consagró sus mandatos a la “lucha contra el terrorismo” en Medio Oriente y en Afganistán luego de los atentados contra el World Trade Center en 2001. En abril de 2009, tres meses después de mudarse a la Casa Blanca, Barack Obama proclamó “un nuevo capítulo de la relación” (3) entre Estados Unidos y sus vecinos del Sur. Pero se preocupó más por otro espacio: en 2011, decidió “reequilibrar” la política exterior de su país a través de un “pivote” hacia Asia y el Pacífico, relegando a América Latina a un lugar muy lejano dentro del orden de sus prioridades geopolíticas.

El segundo factor que explica el éxito chino al sur del río Bravo se remonta a los años 1980, cuando la crisis de la deuda devastó a la región. Librada a los “buenos cuidados” del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, padeció una severa cura de ajuste estructural: mientras en la región se desplomaba el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) por habitante –pasando del 80% entre 1960 y 1979 a 11% entre 1980 a 1999–, prácticamente se duplicó el número de personas por debajo del umbral de pobreza, que pasó de cerca de 120 millones en 1980 a más de 210 millones en 2004. Esta gran caída en la miseria explica, al menos en parte, la llegada al poder de dirigentes de izquierda en el curso de la primera década de los años 2000. Harta de la injerencia de Estados Unidos, esta “ola roja” buscó emanciparse de la tutela de Washington.

En 2007, apenas electo para dirigir al Estado ecuatoriano, Rafael Correa calificó como “persona no grata” al representante del Banco Mundial. Cerró la base militar estadounidense de Manta y suspendió las negociaciones de libre comercio en curso con Estados Unidos. Ese año, el presidente Hugo Chávez retiró a Venezuela del FMI y del Banco Mundial, acusándolos de ser “instrumentos del imperialismo” para “saquear” a los países pobres (4). En Bolivia, el presidente Evo Morales exigió la salida del embajador estadounidense y de los representantes de la Drug Enforcement Administration (DEA) luego de sufrir un intento de golpe de Estado en 2008. Cinco años más tarde expulsó a la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) acusándola de “perseguir fines políticos más que sociales” (5). Mientras tanto, su gobierno nacionalizó algunos recursos naturales y aumentó los impuestos sobre las ganancias de las transnacionales que operaban en su territorio. “Estas medidas generaron la fuga de varias empresas occidentales que no querían trabajar más en las nuevas condiciones impuestas por los gobiernos de izquierda”, nos explica Rebecca Ray, investigadora en Economía de la Universidad de Boston y especialista en las relaciones sino-latinoamericanas.

En este contexto, pocas naciones disponían de los recursos tecnológicos y financieros capaces de satisfacer las necesidades de una América Latina deseosa de independencia. Los ojos se dirigieron entonces a Pekín. En su primer Libro Blanco dedicado a América Latina, publicado en 2008 (6), la potencia asiática se presenta como un socio con un “nivel de desarrollo similar” al de los países latinoamericanos. Promete una cooperación basada en la “igualdad, el beneficio mutuo y el desarrollo compartido”.

Créditos por recursos naturales
Tras la crisis de 2008, las instituciones financieras chinas (el Banco de Desarrollo de China y el Banco de Exportación e Importación de China) ofrecieron créditos a los países de la región que tenían dificultades de acceso a los mercados internacionales, como Venezuela, Argentina o Ecuador. Más flexible que Washington, Pekín ofrecía la posibilidad de recibir materias primas como pago. Esta fórmula le permitió a China asegurar sus provisiones de recursos naturales para responder al apetito creciente de sus clases medias. Una estrategia “ganador-ganador” que dio sus frutos. Actualmente, China es el principal socio comercial de Brasil, Chile, Perú y Uruguay, así como el principal acreedor de la región. Desde 2005, desembolsó cerca de 137.000 millones de dólares en préstamos para financiar proyectos de infraestructura (puertos, rutas, represas o vías férreas) (7): hoy, el monto de los créditos chinos otorgados a la región supera a los del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) juntos (8).

Repentino y masivo, el desembarco de China suscita algunas inquietudes: al escapar de Estados Unidos, ¿América Latina cayó bajo el yugo de un nuevo imperio, el “del Medio”? “Más allá del discurso de cooperación Sur-Sur, siguen existiendo asimetrías –analiza Sophie Wintgens, responsable de investigaciones en el Centro de Estudios de la Vida Política en la Universidad Libre de Bruselas–. En el plano comercial, China permitió una disminución de la dependencia de los Estados latinoamericanos frente a Estados Unidos. Pero, en cambio, reproduce el modelo de intercambio Norte-Sur: vende productos manufacturados y compra materias primas”.

En el plano económico, persiste el fenómeno de la “dependencia” denunciado a lo largo del siglo XX por los economistas progresistas latinoamericanos. Y aun podría intensificarse con la integración de 18 países de la región a las “Nuevas Rutas de la Seda” chinas, un vasto programa de infraestructuras lanzado en 2013 por Xi Jinping para colocar a China en el corazón de las redes comerciales y geopolíticas mundiales. En una región que sufre un déficit resonante de inversiones en infraestructuras –después del África subsahariana, es la que menos gasta en el sector a nivel mundial: 2,5% por año según el BID (9) –, estas angustias pasan sin embargo a un segundo plano. La construcción de una vía férrea transcontinental que vincula las costas atlántica y pacífica, uno de los proyectos faro de Pekín, forma parte de los sueños de los sectores patronales locales, particularmente brasileños. “China no hace más que colmar las lagunas dejadas por décadas de políticas neoliberales que redujeron el lugar del Estado confiando nuestro desarrollo casi exclusivamente a las fuerzas del mercado –plantea Osvaldo Rosales, ex director de la División de Comercio Internacional e Integración de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)–. Esas políticas, mucho más que China, son las responsables de esta estructura del comercio”.

El “verdadero amigo”
Estas “Nuevas Rutas de la Seda” suscitan un entusiasmo tal que Pekín logró imponer su política “de una sola China”. Entre 2017 y 2018, El Salvador, Panamá y la República Dominicana decidieron reconocer diplomáticamente a China para poder formar parte del proyecto –haciendo caer a nueve el número de aliados de Taiwán en la región–. El acercamiento del gigante asiático a los países caribeños, (...)

Artículo completo: 4 322 palabras.

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Anne-Dominique Correa

Periodista.

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