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Proximidad cultural, tensiones geopolíticas

En Georgia, la obsesión con Rusia

Acabamos de dejar Gori y su inmenso museo erigido a la gloria de Josef Stalin, el hijo del país, y tenemos que detenernos frente a una choza custodiada por dos policías georgianos. “¡Ni se te ocurra decir algo!”, susurra Natia Jalabadze, la antropóloga de la Universidad de Tiflis que me hace de guía. Les voy a decir que eres de mi familia”. Ella muestra su documento de identidad; el funcionario lo examina y nos hace seña de pasar. “Los soldados rusos están a tres kilómetros de aquí, al final de esta ruta –me explica una vez que la tensión se aplaca–. Más allá está el comienzo del territorio georgiano que los rusos ocupan por la fuerza desde 2008. Estamos entrando en una zona peligrosa, y la policía georgiana solamente permite entrar a las personas que residen en los pueblos fronterizos. Parte de mi familia vive ahí y yo llevo un patronímico de esta región. Es por eso que nos dejó pasar”.

Este territorio se conoce internacionalmente como Osetia del Sur, pero muchos georgianos lo consideran parte de la región georgiana de Shida Kartli (Kartlia interior). Lo llaman así para marcar su rechazo a reconocer cualquier legitimidad al deseo de independencia de sus habitantes osetios. En efecto, Osetia del Sur comparte frontera con Osetia del Norte, una región miembro de la Federación Rusa, también poblada por osetios. En 1989, en el momento de las primeras grietas del imperio soviético, y cuando los georgianos se manifestaban en Tiflis para obtener su independencia, dos minorías étnicas del Cáucaso, los osetios y los abjasios, hicieron lo propio, suscitando la furia de los independentistas georgianos. Se produjeron dos guerras, en Osetia del Sur (1991-1992) y en Abjasia (1992-1993), que causaron cientos de muertos e implicaron desplazamientos masivos de población. Pero Tiflis, inmersa en su propia guerra civil (1991-1993), no tenía las fuerzas necesarias para vencer a los combatientes secesionistas, que además estaban respaldados por Moscú. De este caos surgieron dos proto-Estados. No reconocidos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), actualmente sobreviven solamente gracias a la ayuda económica y militar de Rusia (1).

Imperialismo visceral
En agosto de 2008, Georgia intentó recuperar Osetia del Sur. Moscú envió una decena de regimientos. En cinco días, el ejército georgiano había sido derrotado y los soldados rusos se acercaban a Tiflis. Bajo la égida de la Unión Europea, representada por Nicolas Sarkozy, se acordó un alto el fuego que ratificó el derecho del ejército ruso a controlar la zona de demarcación entre Georgia y Osetia del Sur –y, de paso, la de Abjasia–. Aunque causaron pocos muertos, estas dos guerras provocaron un terrible trauma entre los georgianos. Sienten la pérdida de esos dos espacios como una insoportable “ocupación rusa” del “territorio histórico de Georgia”. Un territorio equivalente al de Irlanda, poblado por apenas 4 millones de habitantes, y actualmente disminuido en un 20%.

El dolor de esta amputación es tan grande que no hay discusión posible. El día anterior, en Gori, el director de teatro David Chkhartishvili, un hombre joven, bastante rebelde y gran defensor de las libertades, casi nos atacó cuando le preguntamos acerca de una posible legitimidad de los osetios y abjasios para desear su independencia: “¿Ven este teléfono celular? Se los presto, lo pueden usar, incluso les puedo cargar créditos, ¡pero sigue siendo mío, es mi propiedad! ¡Shida Kartli, así como Abjasia, pertenecen a Georgia! Podemos ser amables con los abjasios y osetios, mostrarnos hospitalarios, pero que nos roben, ¡jamás!”. En cuanto a entablar una conversación sobre la legítima preocupación de Rusia ante la idea de que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) pueda pronto instalar bases militares en su flanco sur, ¡sería muy temerario quien se atreva! Para la mayoría de los georgianos, no hay nada de estratégico en eso, sino solamente un “imperialismo visceral por parte de los rusos, que desde hace dos siglos hacen todo lo posible para impedir que consigamos nuestra independencia”, como plantea el historiador Lasha Bakradze, director del Museo de Literatura de Tiflis. Quien recuerda que esta “ocupación rusa” comenzó “ya en 1800”, durante la época zarista. “La última vez que intenté evocar el punto de vista ruso con mi más vieja amiga –confiesa Giorgi Khutsishvili, habitante de Tiflis laureado en la Universidad de Moscú en la época de Leonid Brejnev–, empezó a gritarme y tratarme de defensor de Putin. Desde entonces, no pronuncio siquiera la palabra ‘Rusia’ en frente suyo”.

Secuestros en la frontera
Lejos de la mirada de los policías georgianos, ingresamos al pueblo de Kordi, justo antes de la línea de demarcación, donde nos espera la prima de Jalabadze. Antes de ir a su casa, decidimos seguir hasta el final del pueblo y acercarnos a esta “so-called border”, esta “supuesta frontera”, como la nombran los georgianos. Tomamos un camino de tierra. “Tenemos que tener mucho cuidado –se preocupa mi guía–. Todos los días, los soldados rusos secuestran aldeanos que cruzan la línea inadvertidamente, solamente para hacer pastar su vaca o cosechar sus manzanas. Los desafortunados son llevados a la prisión de Tsjinvali [la capital de Osetia del Sur], a diez kilómetros de aquí. Suelen ser golpeados y tienen que pagar un rescate para ser liberados”.

Este “rescate”, o más bien una multa exigida oficialmente por el gobierno de Osetia por cruzar ilegalmente la frontera, fue durante mucho tiempo de unos cien laris georgianos, es decir 30 dólares estadounidenses, cuando muchos de estos campesinos sobreviven con solo 200 o 300 laris al mes. “En octubre de 2018, este monto subió bruscamente a 200 laris, luego a 800 laris”, precisa Jalabadze, que realizó su propia encuesta como parte de un estudio encargado por su universidad. De acuerdo con un exhaustivo informe publicado en 2019 por Amnistía Internacional, entre 2011 y 2018 se produjeron cada año entre 100 y 140 de estos “secuestros” en la frontera osetia, y entre 200 y 400 en la abjasia (2).

Treinta metros más adelante, en medio de los campos, una larga valla metálica verde divide el espacio. La colocaron recientemente, sin consultar a la población local ni al gobierno de Georgia. En su informe, Amnistía Internacional describe las consecuencias de la instalación de estos 400 kilómetros de vallas, iniciada en 2013 y que aún no se ha completado: pueblos cortados a la mitad, imposibilidad para los campesinos de acceder a sus campos, reducción de las posibilidades de venta de sus productos, etc. “¿Se dan cuenta? ¡La gente no puede siquiera ir a visitar las tumbas de sus padres!”, exclama Irma Tebidze, joven artista de Batumi. Ella nunca ha estado allí, pero sigue en Facebook los “horrores” perpetrados “por los rusos” contra la población campesina. Los georgianos están unánimemente convencidos de que los rusos aprovechan la instalación de estas vallas para mordisquear cada vez unas decenas de metros más de territorio. En Tiflis, Gori, Kutaisi o Batumi, todo el mundo denuncia esta “ocupación rampante”, mientras que los rusos afirman atenerse al trazado de un mapa soviético de 1984. La única consecuencia positiva de la instalación de estas vallas parece haber sido el descenso del número de cruces inadvertidos de la línea de demarcación y, por tanto, del número de “secuestros”.

Turismo ruso
Llegamos a lo de Tata Jalabadze, la prima de Natia. La casa parece destruida, con un destartalado balcón de madera, pero el jardín está decorado con un exuberante huerto donde todo parece crecer sin esfuerzo: tomates, pepinos, berenjenas, cebollas, papas, perejil, cilantro, eneldo, ajedrea, mejorana, etc. A la sombra de un cerezo, la mesa ya está servida, preparada desde la mañana por Tata y su madre. “Nací en 1952 en Tsjinvali, en una familia georgiana –explica esta última–. En 1993, fui forzada a abandonar mi ciudad, pues de lo contrario los osetios me habrían matado. Fue una época muy difícil para nosotros, entonces me instalé aquí, en la antigua casa de campaña de la familia”. Tata, nacida en Tsjinvali, trabajó durante mucho tiempo en Tiflis, luego vino a reunirse con su madre en Kordi, en torno a esta parcela de tierra que permite a las dos mujeres más o menos arreglárselas. Para ellas, “son los rusos los que han creado el odio de los osetios contra los georgianos”: “Antes, vivíamos en perfecta armonía”.

La comida comienza, y Tata toma una botella de agua mineral de plástico rellena de vino tinto. “Lo hago yo misma –explica con orgullo–. Es casero, pueden estar seguros de que no contiene ningún producto químico”. Le preguntamos cuál era su trabajo en Tiflis antes de reunirse con su madre en el pueblo. “Tenía una pequeña agencia de turismo destinada a la (...)

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Pierre Daum

Periodista.

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