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Después de Afganistán, EEUU cambia sus tácticas guerreras

Menos tropas, más drones

Al enfrentarse a todos los partidarios de ampliar la presencia de tropas estadounidenses en Afganistán, Joseph Biden ha unido un vasto frente en su contra, que incluye desde los belicistas tradicionales que velan por afirmar la supremacía de Estados Unidos, hasta los “intervencionistas liberales” que dicen preocuparse por la situación de las mujeres afganas. Sin embargo, Biden no tiene nada de pacífico, como confirma su trayectoria política. Solo puso fin a un despliegue que no había impedido que los talibanes ganaran terreno ni había evitado el desarrollo de una rama regional del Estado Islámico (Estado Islámico Jorasán, EI-K), mucho más amenazante para Estados Unidos que para los talibanes.

La caída del gobierno afgano y el trágico caos que acompañó la fase final de la retirada de las tropas estadounidenses –y aliadas– de Kabul fueron, sin embargo, una apropiada conclusión del ciclo de veinte años de “guerra contra el terrorismo” inaugurada por el gobierno de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. En cuanto a la proyección del poderío estadounidense, este ciclo desembocó en una dura derrota, la segunda de este tipo desde la Segunda Guerra Mundial, después de la Guerra de Vietnam. En la “guerra contra el terrorismo”, el fracaso iraquí fue más grave que la derrota afgana, incluso si la retirada estadounidense de Bagdad se llevó a cabo de forma ordenada. Los intereses estratégicos en Irak prevalecían sobre los de Afganistán, ya que la región del Golfo había sido una zona prioritaria para el imperio estadounidense desde 1945.

Por otro lado, la invasión de Irak había sido objeto de una apremiante petición dirigida al presidente William Clinton en 1998 por parte del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, un think-tank neoconservador en donde se mezclaban demócratas y republicanos y del que procedería la mayoría de las futuras figuras del gobierno de George W. Bush.

La retirada de Irak
Dos de ellos, el ministro de Defensa Donald Rumsfeld y su adjunto, Paul Wolfowitz, habían llegado a pedir la invasión de Irak justo después del 11 de septiembre. Pero los militares insistieron entonces en que la respuesta debía comenzar en Afganistán, donde tenía su sede Al Qaeda. No obstante, los efectivos estadounidenses desplegados al principio en cada país indican dónde estaban las prioridades: menos de 10.000 hombres en Afganistán en 2002 (y menos de 25.000 hasta 2007), frente a más de 140.000 en Irak desde 2003 (1). Sin embargo, las tropas estadounidenses tuvieron que evacuar Irak en 2011 en virtud de un humillante “acuerdo de estatus de la fuerza” que el gobierno de Bush se resignó a cerrar en 2008 con el gobierno iraquí de Nouri al-Maliki, amigo de Irán.

Estados Unidos dejó, así, un Estado que se había vuelto servil a un vecino mucho más formidable para sus intereses que los talibanes. Y si la retirada de las tropas estadounidenses no provocó el colapso inmediato de las fuerzas armadas gubernamentales que el Pentágono había creado, fue porque nada las amenazaba en 2011. En cambio, cuando el Estado Islámico en Irak y el Levante (posteriormente conocido como Estado Islámico, ISIS o Dáech) invadió el territorio iraquí desde Siria tres años después, las tropas de Bagdad sufrieron una derrota semejante a la de las tropas de Kabul el pasado agosto.

Doctrina de la guerra a distancia
El gobierno de Bush hijo esperaba haber encontrado en la “guerra contra el terrorismo” el pretexto ideológico ideal para reanudar las expediciones imperiales de Estados Unidos; traumatizada, la población estadounidense apoyó en gran medida las nuevas expediciones. Diez años antes, otro presidente de la misma familia, George H. W. Bush, creyó que se había librado del “síndrome vietnamita” –la oposición de la población estadounidense a las guerras imperiales tras la derrota indochina– al llevar a cabo la Guerra del Golfo contra Irak, esta vez con éxito y en tiempo récord. La segunda vez, la ilusión no duró.

El estancamiento en Irak reavivó este “síndrome vietnamita”. La “credibilidad” de Washington, es decir su capacidad disuasoria, se vio muy reducida, lo que entusiasmó a Irán y Rusia en Medio Oriente. El equipo de Bush hijo había fracasado, al no haber seguido las reglas de la doctrina militar desarrollada bajo Ronald Reagan (1981-1989) y Bush padre (1989-1993) a la luz de las lecciones de Vietnam y los avances tecnológicos de la era digital.

La nueva doctrina, que tenía entre sus creadores a Richard Cheney y Colin Powell, ministro de Defensa y presidente del Estado Mayor del Ejército respectivamente, bajo el mandato de Bush padre, tenía como objetivo evitar atascarse en una guerra prolongada que implicara decenas de miles de soldados estadounidenses y, por tanto, un (...)

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Gilbert Achcar

Profesor en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres. Autor del libro Les Arabes et la Shoah. La guerre israélo-arabe des récits, Sindbad - Actes Sud, 2009.

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