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Del mito de la meritocracia a la exaltación de los primeros de la clase

El ascensor social siempre estuvo averiado

Los debates sobre la meritocracia, a menudo centrados en el aislamiento social de las élites, tienen un punto ciego: la suerte de aquellos con menos estudios. Al contrario de lo que ocurría en los años sesenta, cuando la relación de fuerzas era más favorable a los trabajadores, ahora es casi imposible mirar al futuro con serenidad si se carece de un título académico. ¿Es esta una de las fuentes de la indignación social?

Pocos eslóganes resisten el paso del tiempo. El relativo a la “avería del ascensor social”, forjado por el dirigente liberal Alain Madelin durante la campaña presidencial francesa de 1995, ha llegado hasta hoy sin problemas. “El ascensor social no funciona hoy tan bien como hace cincuenta años”, declaraba el presidente de la República Francesa Emmanuel Macron, de visita en Nantes para anunciar la reforma de la prestigiosa École nationale d’administration (ENA) (1).

En su formulación inicial, el “ascensor social averiado” no se refería ni a la endogamia de las élites ni al exclusivismo de las grandes escuelas. Lo que denunciaba Madelin con esas palabras eran los obstáculos a la libertad de empresa, vinculados según él a las trabas burocráticas y al “igualitarismo” de la izquierda. De extracción social modesta (padre obrero, madre dactilógrafa), el futuro presidente de Democracia Liberal y exmiembro en la década de 1960 del grupúsculo de extrema derecha Occidente soñaba con una Francia de self made men y de industriales seguidores del modelo de crecimiento adoptado por Estados Unidos. Madelin volvía así sobre el tema de la “sociedad bloqueada”, planteado un cuarto de siglo antes por el sociólogo –también muy liberal– Michel Crozier.

Al principio, la metáfora del ascensor social tuvo menos éxito que la de la “fractura social”, inspirada al candidato Jacques Chirac por el demógrafo Emmanuel Todd en 1994. Será bajo la “izquierda plural” (1997-2002) cuando el “ascensor social averiado” se convierta en un lugar común para aludir, de manera más directa, a la incapacidad del sistema escolar para luchar contra las desigualdades -sociales y, cada vez más, la rígida política de admisión de las grandes escuelas. Para los socialistas, se trataba de reconocer el alcance de problemas como la reproducción social y la endogamia de las élites, que la metáfora resumía evitando palabras mayores de “clases sociales” y “dominación”. De hecho, es Claude Allègre, por entonces ministro de Educación Nacional y Educación Superior, quien en 1998 impulsa la primera medida de apertura al crear becas para bachilleres con una mención de “bien” o “muy bien” deseosos de entrar en la ENA, la Escuela Nacional de Magistratura (ENM), las facultades de medicina u otras escuelas muy selectivas. A partir de la década del 2000, la alusión a la “avería del ascensor social” se extiende gradualmente al conjunto del arco político. Objeto de recurrente atención mediática y tema de campaña, es uno de los ejes de los discursos de Nicolas Sarkozy en 2007 y de Macron diez años después.

Recompensa a talentos
Pero esta idea triunfa sobre la base de un malentendido. Si los recurrentes debates sobre la “meritocracia a la francesa” suelen parecer tan falsos es porque confunden dos fenómenos en realidad distintos. Al centrarse en la cúspide de la pirámide, se deja la base en sombras. Se suele hablar de “ascensor social” para referirse al reducido número de niños de las clases populares que llegan a las grandes escuelas y a puestos de poder, no para referirse a las posibilidades de movilidad profesional del tercio de la población menos titulada.

Esta confusión, sumada a una representación idealizada de los “treinta años gloriosos” (1945-75), ha alimentado el mito de una edad de oro meritocrática. “En el pasado”, las grandes escuelas habrían recompensado todos los talentos y esfuerzos sin distinción de origen o fortuna, tal y como demostrarían las figuras de antiguos becados, de Edouard Herriot a Georges Pompidou. De ese modo, la memoria colectiva elimina el recuerdo de la fuerte segregación que, hasta las décadas de 1950-1960, hacía que la escuela del pueblo (la educación primaria y primaria superior) se mantuviera al margen de la escuela de los ricos (la educación secundaria y la superior, a las que solo accedían contados alumnos de las clases populares).

Una amplia investigación actualmente olvidada sobre el “éxito social”, impulsada por el Instituto Nacional [francés] de Estudios Demográficos (INED) a finales de la década de 1950, desmiente esa visión retrospectiva (2). Dicha investigación, publicada en 1961 bajo la dirección de Alain Girard, sociólogo conocido por sus trabajos pioneros sobre la homogamia social, describe con precisión a las élites francesas pertenecientes a las generaciones nacidas bajo la III República (1870 a 1940) y en el apogeo de su carrera a principios de la IV (1946 y 1958). Uno de sus apartados se refería a las personalidades que ocupaban los puestos más prominentes en sus respectivos ámbitos. El 3% de dichas personalidades, mayoritariamente parisinas, tenía un padre obrero, el 4%, uno empleado, y el 6%, uno agricultor, frente al 23% que tenía un padre funcionario de rango superior (sobre todo docente de la educación (...)

Artículo completo: 2 626 palabras.

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