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Una cuestión de resistencia

En las raíces del racismo

La raza no atañe a la biología humana (a diferencia de la respiración o la reproducción sexual); tampoco es una idea (como el valor de π) que pueda tener vida propia. Se trata más bien de una ideología, que nace en un momento histórico determinado, debido a causas explicables. Por lo tanto, evoluciona por las mismas razones.

La Virginia del siglo XVII ofrece un buen punto de partida para esta historia, así como para la historia de la sociedad de los plantadores en la Norteamérica británica. El estado, que en sus inicios amenazaba con derrumbarse, descubrió su vocación a partir de la década de 1620: el cultivo del tabaco. Los futuros Estados Unidos experimentarían entonces su primera expansión, apoyándose principalmente en los hombros de los “siervos bajo contrato inglés” (1), más que en los de los esclavos africanos. Estos ingleses “nacidos libres” podían ser comprados y vendidos como ganado, secuestrados, robados y apostados en juegos de cartas. Los codiciosos magnates les retaceaban la comida y les privaban de sus cuotas de libertad (freedom dues), o incluso de la propia libertad, al término de sus años de servicio. Los siervos eran golpeados, mutilados y a menudo asesinados con impunidad. A un hombre le rompieron los brazos y le perforaron la lengua con un punzón por expresar opiniones contra el gobernador y el Consejo de Gobierno, mientras que a otro le arrancaron la oreja y tuvo que cumplir un segundo contrato de siete años.

Las luchas cotidianas
Virginia se asemejaba a una empresa lucrativa, y no hubiera sido posible extraer ganancias del cultivo del tabaco a través de métodos democráticos. Sólo aquellos que pudieron obligar a un gran número de personas a trabajar a su servicio consiguieron enriquecerse durante el boom del tabaco. Ni su piel blanca ni su condición de súbditos de la monarquía británica protegían a los siervos de la brutalidad y la explotación. La única degradación de la que escaparon fue la esclavitud perpetua para ellos y sus descendientes, que era el destino de los africanos.

Los estudiosos sostienen a veces que las personas bajo régimen de servidumbre no sufrieron el mismo destino que los africanos porque los europeos se atuvieron a ciertos límites para oprimir a las personas de su propio color. Pero, en realidad, sólo se creen esas fábulas porque ellos mismos están inmersos en la atmósfera crepuscular de la raza. Sólo a la luz del día perciben mejor las cosas. Perciben que los griegos y los romanos esclavizaron a personas de su mismo color. Que los europeos tenían a otros europeos en esclavitud o servidumbre, y que en la Inglaterra de los Tudor la ley preveía la esclavitud de los vagabundos. También perciben que los ingleses no escatimaban en brutalidad cuando se trataba de aplastar al llamado salvaje irlandés a pesar de su perfecta blancura. Oliver Cromwell vendió a los sobrevivientes de la masacre de Drogheda (2) como esclavos en Barbados, y en las Indias Occidentales sus agentes subastaron niños irlandeses. Desde Peterloo hasta Santiago de Chile, desde Kwangju en Corea del Sur hasta la Plaza de Tiananmen y los barrios de San Salvador, la humanidad redescubre constantemente que un color de piel o una nacionalidad compartida no es una barrera automática contra la opresión. Al fin de cuentas, lo único que la frena son los diferentes grados de resistencia.

La resistencia es también el resultado histórico de una lucha que puede haber tenido lugar mucho antes de que su resultado se consagrara en la costumbre o se formalizara (...)

Artículo completo: 1 851 palabras.

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Barbara J. Fields y Karen E. Fields

Historiadora de la Universidad de Columbia y socióloga, respectivamente. Autoras de Racecraft. Ou l’esprit de l’inégalité aux États-Unis (Agone, Marsella, 2021), del que ha sido extraído este texto.

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