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¡Oculten esas ventas de Rafale que no queremos ver!

Las armas, la moral y el cliente modelo

Los principios virtuosos, estimulados por presiones amistosas, ya hicieron fracasar jugosas ventas de armas francesas, como en 2014, cuando París rechazó ceder dos porta-helicópteros a Moscú para sancionar a Rusia por sus acciones en el conflicto ucraniano. Pero los escrúpulos tienen una doble vara, como lo demuestra la disposición de Francia para comerciar con el Egipto del mariscal Al Sisi.

Desde hace medio siglo, Francia, cuando no imparte lecciones de buenos modales democráticos a los otros Estados, vende armas a algunos de los regímenes más brutales y más represivos del planeta. Así, en los años 70, comerciaba con la Sudáfrica racista, con la Argentina de los generales, con la España del general Franco y con la Grecia de los coroneles –una lista no exhaustiva–. Cincuenta años más tarde, Arabia Saudita y el Egipto del mariscal Abdelfatah al Sisi son sus preferidos.

Sin embargo, la honestidad obliga a reconocer que, bajo la amistosa presión de amigos considerados, sucumbió recientemente a un súbito acceso de probidad. Y, en nombre de admirables principios repentinamente recuperados, renunció a una transacción lucrativa. Eso lo que ocurrió cuando rechazó in extremis entregar a Moscú dos buques de guerra. Pero esta súbita bocanada de virtud constituyó el preludio de un redoble de cinismo...

En 2011, durante los últimos días del mandato presidencial de Nicolas Sarkozy, la Rusia de Vladimir Putin compró para su marina dos buques franceses de proyección y de comando (BPC), el Sebastopol y el Vladivostok. Monto de la transacción: 1.200 millones de euros. Estos porta-helicópteros de clase Mistral, construidos por los astilleros navales de Saint-Nazaire, debían ser entregados en 2014 y 2015, respectivamente.

El contrato le cayó como anillo al dedo a Francia, ya que su industria de armamento atravesaba algunos reveses. Como lo destacaron entonces dos senadores en una opinión relativa al equipamiento de las fuerzas armadas francesas, el programa Rafale, por el nombre del nuevo avión de combate del grupo Dassault, era fuente de inquietud –ya que resultaba extraordinariamente oneroso–. “Actualizado al precio de 2011”, ya le había costado 43.500 millones de euros al Estado –y, por consiguiente, a los contribuyentes, quienes sin embargo lo ignoran todo acerca de estos gastos (1)–.

Esta considerable inversión debía ser rentabilizada por la exportación de ese aparato, presentado como excepcionalmente eficaz. Pero ningún comprador extranjero lo quiso, porque todos lo encontraron muy caro –de modo que la fuerza aérea francesa se vio forzada a adquirir diecisiete ejemplares mucho más temprano de lo previsto–. Inicialmente, debían ser entregados entre 2015 y 2020. Un costo suplementario, para la colectividad: 1.100 mil millones de euros.

En estas condiciones, la venta del Sebastopol y del Vladivostok representaba una ocasión en oro. Pero, en marzo de 2014, tres años después de su celebración, y cuando la entrega del primero de esos dos buques era inminente, Moscú, que rechazaba la legitimidad del nuevo gobierno ucraniano surgido del levantamiento del otoño y el invierno de 2013, anexó Crimea. Varios países pidieron entonces a París que suspendiese la entrega de los buques de guerra comprados y pagados por Rusia. El Primer Ministro británico juzgó que era “impensable” que fueran entregados, y el gabinete de Barack Obama, presidente de Estados Unidos, hizo saber que Washington se “oponía” a esa transferencia.

Atraído, tal vez, por el poder de convicción de esos dos importantes aliados, el socialista Laurent Fabius, ministro de Relaciones Exteriores de François Hollande, declaró que “si Putin continúa lo que está haciendo” en Ucrania, el gobierno francés podría efectivamente “considerar anular esas ventas”. Problema: si París anulaba la entrega de los dos porta-helicópteros, tenía que reembolsar a Rusia, quien claramente expresó su intención de no hacer ningún regalo.

Es por ello que Jean-Yves Le Drian, ministro de Defensa, quiso ganar tiempo: su homólogo del Quai d’Orsay “hizo bien al esgrimir esa amenaza”, explicó, pero aun así nada estaba decidido. Porque, después de todo, sostuvo muy seriamente, los dos Mistral son buques “que no están armados”, y que, en consecuencia, solo “serían” verdaderamente “barcos militares” en el momento en que “llegaran a Rusia”, donde Moscú los equiparía para la guerra. Entonces, como se deduce, hace falta toda la mala fe de los estadounidenses y de los británicos para considerar que un porta-helicópteros de combate que aún no ha sido equipado con su artillería y sus lanza-misiles pueda, a pesar de ello, ser considerado como un buque de guerra...

“Depende de Rusia”
El Presidente de la República, (...)

Artículo completo: 2 330 palabras.

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Sébastien Fontenelle

Periodista.

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