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Riga en estado de alerta permanente sobre la cuestión rusa

Letonia, una democracia tan imperfecta

Desde el centro de Riga, el bus nº 3 desciende siguiendo el curso del Río Daugava en dirección al Mar Báltico. Algunos pasajeros observan a través de las ventanas la silueta inmóvil de las grúas portuarias. A lo lejos, una pirámide de troncos espera a un carguero. En este mes de julio de 2021, el puerto de la capital letona funciona en cámara lenta. Desde hace algunos años Moscú recurre a sus propios puertos para exportar sus materias primas. En 2021, ni una sola tonelada de carbón ruso transitó por Riga, cuando hace tres años en el puerto letón se transbordaban 14 millones de toneladas (1). A esta pérdida de beneficios se suma el descenso del tráfico proveniente de Bielorrusia. Después de que las capitales bálticas apoyaran a la oposición bielorrusa, Minsk también desvió una parte de sus productos, que transitaban habitualmente por las cosas letonas y lituanas, hacia los puertos rusos.

Sombreros de paja, canastas de mimbre, toallas al cuello... Al final del recorrido se distinguen las ocupaciones más veraniegas de los pasajeros de otro autobús listo para partir. Unas paradas más adelante se dispersan por un bosque de pinos hacia una playa de arena blanca animada por un simple puesto de bebidas y otro de alquiler de reposeras. Una madre y sus dos hijas extienden sus mantas a orillas del agua mientras charlan en letón. Más allá, una pareja de treintañeros discute en ruso. Presentarse como periodista francesa interesada en la cuestión lingüística en Letonia no es una buena manera de establecer vínculos. “Aquí, cada uno habla la lengua que quiere –dice desafiante la joven–. No hay ningún problema. El ruso es mi lengua materna, pero hablo muy bien el letón. Lo aprendí en la escuela y sobre todo en la calle”. En un ruso impecable, su compañero, acostado boca abajo, levanta la cabeza y dice: “En mi casa se hablaba letón”, antes de enterrar la cara entre los brazos.

La lengua de Pushkin
En las calles de Riga, las conversaciones en ruso y en letón parecen mezclarse armoniosamente. No es raro oír a un taxista llamar a un colega en letón antes de abrir la puerta a un cliente hablándole en ruso. Sin embargo, desde la independencia de esta antigua república soviética en 1991, los dirigentes políticos no han dejado de darle vueltas al “problema ruso” con la mira puesta en la gran minoría que suele hablar la lengua de Pushkin (36% de la población). La ansiedad que provoca esta presencia, que Rusia estaría dispuesta a explotar, lleva al gobierno a tomarse algunas libertades respecto de los principios democráticos. Este tipo de acuerdos rara vez se discuten, ya que los observadores europeos consideran que Letonia es un refugio contra el “populismo” y el euroescepticismo que hacen estragos en otros lugares de Europa del Este, empezando por Polonia.

Una primera anomalía está constituida por la exclusión de la principal fuerza política de todas las coaliciones de gobierno desde 1991. Con casi el 20% de los votos, el partido Saskaņa salió primero en las elecciones parlamentarias de 2018 pero no fue invitado a las negociaciones para formar de gobierno. Su marginación se acentuó en 2019, cuando su fundador, Nils Ushakov, fue destituido de su cargo de alcalde de Riga por sospechas de corrupción (algo que el interesado refutó en los tribunales). Con el 75% de su electorado rusoparlante, se sospecha que Saskaņa es una marioneta del Kremlin. Sin embargo, el partido apoya la pertenencia a la Unión Europea e incluso a la OTAN, la alianza militar occidental odiada por Moscú, ya que la pertenencia a estos dos grupos “forma un todo”, como dice Janis Urbanovics, presidente de Saskaņa, cuando nos recibe en las oficinas del grupo parlamentario en Riga. Saskaņa se contenta con abogar por una relajación de las tensiones con Rusia, cuarto socio comercial del país. El grupo incluso rompió relaciones oficiales con Rusia Unida, el partido presidencial ruso. “Era imposible mantener esta asociación en el contexto del duro enfrentamiento entre Rusia y Occidente”, reconoce Urbanovics, al tiempo que recuerda la utilidad de esta asociación en el pasado para atraer a los inversores rusos a la capital letona. La desconfianza hacia Rusia, por otra parte, es el cemento de la heterogénea coalición que está al frente del país y que incluye cinco formaciones (desde los nacionalistas de la Alianza Nacional hasta los liberales de Desarrollo/Por!). “Todos los intentos de superar la división étnica resultaron un fracaso”, dice Olga Procevska, una investigadora independiente que ayudó a lanzar un pequeño partido progresista en el pasado.

Choques por la memoria
Tensada por la cuestión rusa, la política letona se desgarra por cuestiones de memoria. La Segunda Guerra Mundial es el tema más candente. Aunque la nueva nación se presenta como víctima de los “dos totalitarismos” nazi y soviético (como Polonia y los demás Estados bálticos), ha tratado sobre todo de borrar las referencias soviéticas tras la independencia. Cuando ésta fue alcanzada en 1991, Riga estableció el 8 de mayo como día para conmemorar el final de la Segunda Guerra Mundial, alineándose así con el calendario de Europa Occidental. Los festejos del 9 de mayo, fecha elegida en la Unión Soviética como la de la rendición del Tercer Reich (debido a la diferencia horaria), siguieron reuniendo a varios miles de personas cada año (hasta la pandemia de Covid-19), con el discreto apoyo de Saskaņa. Este año, el partido distribuyó nuevamente canastas llenas a los últimos veteranos del Ejército Rojo, al que las autoridades consideran una fuerza de ocupación en 1940-1941 y luego desde 1944 hasta 1991. Los nacionalistas más radicales exigen la demolición del Monumento a los Libertadores [del Ejército Rojo] construido en 1985 y protegido por un acuerdo firmado en 1994 entre Riga y Moscú. Cada 16 de marzo, algunos de estos nacionalistas participan incluso de una reunión organizada en memoria de la Legión letona, una unidad militar vinculada a la Waffen-SS que combatió a la Unión Soviética entre 1943 y 1944 para restaurar la soberanía del país. Compuesta mayoritariamente por conscriptos, contaba entre sus filas con oficiales particularmente activos en la exterminación de los judíos en el momento de la “Shoah por las balas”. Esta reunión suscita regularmente reacciones de indignación en el exterior. En 2012, el Consejo de Europa expresó “su preocupación en lo que concierne a cualquier tentativa de justificar el hecho de haber combatido en una unidad de la Waffen-SS y de haber colaborado con los nazis”. Esta conmemoración recién perdió su estatus oficial en el año 2000.

En este concierto de choques por la memoria, los letones, particularmente los más jóvenes, abren sus propios caminos, a veces sorprendentes. Es el caso de los arquitectos de la agencia NRJA, que han instalado sus oficinas en los altillos de un edificio del casco antiguo de Riga. Rodeado de dos colegas, el director, Uldis Luksevics, reproduce en su computadora el videoclip que realizó el colectivo para salvar de la destrucción a la antigua sede del Comité Central del Partido Comunista, transformada en un edificio de oficinas en los años 90. Formas futuristas, grandes volúmenes, un vasto auditorio: la película alaba la originalidad de esta joya del modernismo de posguerra, construida en 1974. En 2020, el Ministro de Cultura, miembro de la Alianza Nacional, decidió arrasar el edificio para construir en su lugar una sala de conciertos y, al mismo tiempo, liberar a la ciudad de un “fantasma del comunismo que muestra toda la imbecilidad de aquella época”. La NJRA se opuso. La petición, la realización de un entierro simbólico, la película de sensibilización: la movilización dio sus frutos y el ministerio dio marcha atrás. Pero, ¿acaso estos tenaces defensores del patrimonio arquitectónico del período comunista rechazan la idea de la ocupación soviética? “No (...)

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Hélène Richard

De la redacción de Le Monde diplomatique, París.

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