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La victoria de los talibanes trastocó el juego diplomático en Asia

Dos bloques se miden en la arena afgana

La retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán engendró un nuevo “Gran juego” entre las potencias que buscan adaptarse a las realidades geopolíticas regionales, siempre cambiantes. Para India, la cuestión afgana sigue siendo compleja y se suma a la conflictividad de sus relaciones con Pakistán y China, aun cuando Nueva Delhi está reforzando sus alianzas en el Indo-Pacífico con, en primer lugar, Estados Unidos.

Tras la retirada estadounidense y el restablecimiento del Emirato Islámico de Afganistán, la victoria de los talibanes no hace sino agravar la crisis humanitaria que sufre una población ya agotada por cuarenta años de conflicto, mientras que la amenaza de la rama regional de la organización del Estado Islámico (EI o Daesh, según el acrónimo árabe) se define: el Estado Islámico en Jorasán (Islamic State - Khorasan Province, IS-KP)

Como es lógico, las grandes potencias están maniobrando para adaptarse a las realidades geopolíticas regionales, todavía fluctuantes, ya que el nuevo régimen aún no ha sido reconocido por ningún país. Si el “Gran juego” del siglo XIX y principios del XX, entre los imperios británico y ruso, se desplegaba en un momento en que el imperio chino se debilitaba, el juego actual ve a China en una posición de fuerza inédita, sin ser omnipotente. En cuanto a India, el regreso de los talibanes la ha dejado en una situación delicada. Mientras que muchos países habían acabado por recibir oficialmente los emisarios de los insurrectos, Nueva Delhi había optado por la línea contraria, cultivando sus relaciones solamente con los gobiernos de los presidentes Hamid Karzai (2004-2014) y, luego, Ashraf Ghani (2014-2021).

Mala noticia para India
La historia indo-afgana se remonta a los albores de los tiempos y no puede ser olvidada, aunque enoje a los nacionalistas hindúes, siempre dispuestos a denunciar los períodos en que la Gran India estuvo sometida al “yugo del islam” (véase “Desde Alejandro Magno”). Para la época contemporánea, ambos países firmaron un tratado de amistad en 1950, que ampliaron en 2011 por medio de un acuerdo de cooperación estratégica que abarca el diálogo político, la cooperación económica, cultural y científica, y la lucha contra el terrorismo. Actualmente, más de diez mil becarios y unos ciento treinta cadetes afganos estudian en universidades y academias militares indias. Nueva Delhi ha entregado equipamiento logístico a Kabul y, a partir de 2018, helicópteros de ataque. Sin embargo, no ha enviado tropas, solamente fuerzas paramilitares para proteger la embajada, los consulados y algunos proyectos de infraestructura importantes.

En total, entre 2004 y 2021, India invirtió casi 3.000 millones de dólares en el país para llevar a cabo varios cientos de proyectos de desarrollo, a veces locales, a veces emblemáticos, como el edificio del Parlamento inaugurado en 2015 y, al año siguiente, la presa hidroeléctrica de Salma, en el oeste. Frente al bloqueo paquistaní, que impedía todo tráfico terrestre indio hacia Afganistán, también había comenzado a abrir, a través del puerto iraní de Chabahar, inaugurado en 2017, una vía de acceso marítima, y luego terrestre, hacia la gran ruta circular que une las principales ciudades afganas: Kandahar y Kabul al oeste, Herat y Kunduz al norte –otras tantas puertas al Asia Central–.

Esto ofrecía a Nueva Delhi la oportunidad de aventajar a su vecino paquistaní, y a Kabul de aumentar su margen de maniobra frente a Pakistán, con quien las relaciones, aunque intensas, se volvían ásperas. La última declaración de Hamdullah Mohib, asesor de Seguridad Nacional de Afganistán, poco antes de la caída del gobierno, lo atestigua: “Actualmente, nuestro vecino [paquistaní], cuyos nefastos objetivos son evidentes para los afganos y el mundo, está instrumentalizando un grupo ávido de poder para debilitar una vez más a Afganistán” (1) –lo cual enfureció a Islamabad–. Para India, la llegada de los talibanes favorece a Pakistán e implica una muy mala noticia en términos de pérdida de influencia, pero no solamente. Su mayor temor es que se reactiven los grupos yihadistas paquistaníes que apuntan a Cachemira, Lashkar-e-Toiba y Jaish-e-Mohammed, que tienen conexiones de larga data con los nuevos amos de Kabul.

Sin embargo, Nueva Delhi se ha decidido a entrar en negociaciones públicamente con los talibanes. En junio de 2021, a medida que su avance se hacía evidente, se establecieron contactos en Doha, donde se celebró el primer encuentro oficial el 1º de septiembre. El interlocutor del embajador indio en Qatar era Sher Mohammad Abbas Stanekzai, uno de los negociadores del acuerdo firmado en febrero de 2020 entre talibanes y estadounidenses (2) y que se convirtió en viceministro de Asuntos Exteriores en el gobierno provisional del Emirato Islámico el 7 de septiembre.

Incluso antes de esta reunión, Stanekzai había asegurado que quería “continuar con las relaciones culturales, económicas y comerciales con India, como en el pasado” (3). Una voluntad que se confirmó posteriormente durante una reunión bilateral entre el viceprimer ministro talibán, Abdul Salam Hanafi, y el alto funcionario indio de Asuntos Exteriores a cargo de la región Pakistán-Afganistán-Irán, al margen de la conferencia internacional organizada en Moscú el 20 de octubre de 2021. Aunque India justificó estas discusiones por la necesidad de proporcionar ayuda humanitaria, tiene sobre todo en mente el futuro de Cachemira. Algunos talibanes aseguran que, por principio, no intervendrán en los asuntos internos de otros países y que no se adherirán a una yihad antiindia en este territorio. A su juicio, la acusación según la cual la poderosa red Haqqani –un grupo islamista armado compuesto de varios miles de hombres– sería responsable de los ataques a los intereses indios en Afganistán y cooperaría con los Lashkar y los Jaish es pura propaganda (4). Otros talibanes afirman, por el contrario, que el Emirato “hará oír la voz de los musulmanes de Cachemira”, sin por ello participar en operaciones armadas (5). Lo menos que se puede decir es que prevalece una cierta ambigüedad dentro del movimiento. Más aun cuando la sombra de Pakistán, a priori satisfecho con el regreso de los talibanes, sigue planeando.

En efecto, el Pakistán de Benazir Bhutto (primera ministra de 1988 a 1990 y de 1993 a 1996) había sido su patrocinador en la esperanza, más geopolítica que ideológica, de estabilizar Afganistán, asegurar allí su influencia contrarrestando la de India, y abrir una ruta segura hacia Asia Central. En 1997, Pakistán fue uno de los tres países, junto con Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, en reconocer el Emirato Islámico. Tras la caída del régimen en octubre de 2001, acogió a los líderes talibanes y ofreció a los combatientes una base de retaguardia en las zonas tribales adyacentes a la frontera afgana. Más recientemente, desempeñó un importante rol en el establecimiento del diálogo de Doha entre talibanes y estadounidenses, al tiempo que sus relaciones se habían degradado tanto con el gobierno de Ghani como con el del primer ministro indio Narendra Modi, quien había decidido abolir la autonomía del estado de Jammu y Cachemira en 2019 (6).

Apoyo económico
Sin embargo, el discurso paquistaní no carece de matices. En una situación económica tensa, mientras negocia un préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI) y su país sigue en la lista gris del Grupo de Acción Financiera que vigila la financiación del terrorismo, el primer ministro Imran Khan eligió una doble postura. Por un lado, se alinea con la comunidad internacional al pedir a los talibanes que avancen hacia un gobierno integrador, que respeten los derechos humanos y los de las mujeres en particular, y que eviten que el país devenga nuevamente en un centro del terrorismo internacional. Por otro lado, pide a los países occidentales que no aíslen el régimen, que le den tiempo para cumplir sus promesas de apertura, y que liberen los fondos del Banco Central Afgano bloqueados en Estados Unidos y Europa, así como los créditos negociados por el gobierno de Ghani, suspendidos por el Banco Mundial y el FMI: más de 10.000 millones de dólares en total.

Detrás de esta retórica, hay dos preocupaciones centrales: que la situación afgana no genere una nueva oleada de refugiados (Pakistán había acogido tres millones en los años noventa, pero ahora la frontera definida por la Línea Durand está cerrada), y sobre todo que los talibanes afganos frenen a sus hermanos pastunes de Tehrik-e-Talibán Pakistán (TTP). A partir de 2020, estos últimos reanudaron sus ataques contra las fuerzas paquistaníes y las minorías chiitas, demostrando que se estaban recuperando de la represión llevada adelante por Islamabad cinco años antes. Para calmar los ánimos, los talibanes afganos están desempeñando el papel de mediadores entre el TTP y los emisarios de Khan, en busca de un posible armisticio, o incluso un indulto, que es objeto de repetidas críticas en Pakistán (7). Más allá del TTP, la amenaza del IS-KP también se toma en serio en Islamabad, aunque el nuevo gobierno afgano la minimice, a pesar de los repetidos atentados mortales. (...)

Artículo completo: 4 555 palabras.

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Jean-Luc Racine

Director emérito de investigación en el Centro Nacional de la Investigación Científica francés (CNRS). Investigador senior sobre Asia Central, París.

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