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Un explosivo crecimiento y un lento desgaste

Podemos en España o los límites de la renovación

En 2014, un nuevo partido político español se propone “tomar el cielo por asalto”, una fórmula extraída de Karl Marx: Podemos. Reúne a ex estudiantes que desfilaban al grito de “desobediencia” en la cafetería de su universidad, en 2006, como Íñigo Errejón y Pablo Iglesias; al dirigente de la librería cooperativa Marabunta y portavoz del pequeño partido de extrema izquierda Izquierda Anticapitalista, Miguel Urbán; y, sobre todo, a los militantes surgidos del gran movimiento social de los “Indignados” de 2011, a veces reagrupados en el seno de estructuras anti-austeridad, de colectivos en lucha contra las expulsiones, o de organizaciones feministas. Su proyecto: tomar el poder relegando a los partidos tradicionales a los libros de historia.

Seis años más tarde, varios miembros de Podemos, entre ellos Iglesias, ocupan diferentes ministerios, así como la vice-presidencia del gobierno del socialista Pedro Sánchez. Entre tanto, los anticapitalistas rompieron su alianza con Podemos y Errejón, ex número dos del partido, lo abandonó para fundar otras agrupaciones, más moderadas. ¿Cómo explicar semejante desarrollo? ¿Cuáles son sus enseñanzas?

15 de mayo de 2011. Miles de personas ocupan las plazas de las principales ciudades de España en reacción a la crisis desencadenada por el estallido de la burbuja inmobiliaria y las políticas de austeridad que ésta justificó. Estos “Indignados” sacuden los pilares del sistema político español, comenzando por el bipartidismo Partido Popular (PP) - Partido Socialista Obrero Español (PSOE) (1).

La “derrota histórica”
Para los fundadores de Podemos, el levantamiento revela la crisis del “regimen del 78” –en referencia a la Constitución de 1978 emanada de la transición pos-franquista y fundada en la idea de que los antagonismos de antaño y las heridas del pasado podrían ser olvidados por medio del crecimiento y la abundancia. Se acaba de abrir “una ventana de oportunidad”, explica Errejón: “Están reunidas las condiciones para una nueva mayoría política, transversal, de ruptura, surgida de la mayoría social golpeada por la crisis” (2). Llevar a buen término este descontento con múltiples causas y “darle una fuerza institucional a la indignación” (título del manifiesto original de Podemos) implica, según los futuros dirigentes del partido, superar la horizontalidad del movimiento de los Indignados. En otros términos, transformar las reivindicaciones del movimiento del 15 de mayo (15M) en un proyecto estructurado y susceptible de unir más allá del “campo progresista”, exponerlo en términos despojados de jerga; y promoverlo gracias a un partido capaz de emprender la lucha por el poder.

Mientras que el término “izquierda” se asocia al PSOE y a los escándalos de corrupción que lo agobian casi tanto como al PP, Podemos abandona la dicotomía izquierda/derecha para promocionar otra. Por un lado, la oligarquía económica (y los dirigentes políticos que la sirven); por el otro lado, aquellos que sufren por el sistema. De un lado la “casta”; del otro, “la gente”. De un lado, “ellos”; del otro, “nosotros”: la aplicación de la “hipótesis populista” que los líderes de Podemos sacan de las teorías de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, sus referentes ideológicos desde sus respectivas experiencias en diversos países latinoamericanos: existirían, durante los períodos de crisis importantes, diferentes descontentos y a veces sin relación entre sí (incluso contradictorios), provenientes de capas heterogéneas de la sociedad, y que una misma figura política lograría unificar para derrocar a un regimen devenido obsoleto (3).

“El único punto de partida concebible hoy en día para una izquierda realista es tomar consciencia de [su] derrota histórica”, había observado el intelectual británico Perry Anderson (4). Podemos estima extraer todas las consecuencias del análisis. “El derrumbe del bloque soviético y el desmoronamiento de la base social de los partidos comunistas europeos fueron de la mano de la descalificación simbólica de las matrices de lecturas marxistas y del imaginario comunista”, nos explica Juan Carlos Monedero, uno de los fundadores de Podemos, profesor de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid, al igual que Errejón e Iglesias. En ese entonces, movilizar los códigos de la extrema izquierda tradicional –por ejemplo agitando banderas con la hoz y el martillo, evocando la nacionalización de las empresas o cuestionando la monarquía– hubiera equivalido a echarse encima un estigma contraproducente. “Cuando nos califica de `extrema izquierda´ y nos marca con sus propios símbolos –analiza Iglesias–, el adversario nos lleva a un terreno en el que su victoria se vuelve más fácil. Cuestionar la distribución simbólica de las posiciones, pelearse acerca de los `términos de la conversación´ fue nuestra tarea más importante. En política, el que decide los términos de la disputa, decide en gran parte su resultado” (5).

En esta perspectiva, Podemos estima que los debates televisados son “más importantes que los debates en el Parlamento” (6) –particularmente porque en la era de la sociedad de la información, “la gente milita más en los medios de comunicación que en los partidos” (7). Así, en 2010, nace el programa de televisión La Tuerka, concebido como un dispositivo de “contrahegemonía cultural”. Allí, el equipo debate cada semana con representantes políticos de todos los bandos, perfeccionando así su estrategia comunicativa. “La Tuerka y luego Podemos hicieron todo lo que la izquierda decía que no había que hacer –explica Iglesias en 2015–. La izquierda decía que la televisión te vuelve tonto; que en un debate político televisado no es posible presentar correctamente sus argumentos y que más bien hay que hacer presentaciones de media hora; que no hay que centrar su estrategia sobre este tipo de formato televisado” (8). “En 2014 y 2015 éramos nosotros los que determinábamos la agenda política”, completa Jorge Moruno, durante mucho tiempo responsable “del discurso y de la argumentación” de Podemos, y actualmente diputado por la Comunidad de Madrid bajo la etiqueta Más Madrid. “A la vez, los temas de los que hablábamos –la corrupción, la renovación de la clase política, las cuestiones sociales, etc.– y cómo hablábamos de ellos. Y era muy complicado para los demás partidos posicionarse sobre las cuestiones que planteábamos”.

Un liderazgo mediático
Gracias al éxito de la Tuerka –primero transmitida por una televisión comunitaria de barrio antes de pasar a un canal generalista nacional– y a las invitaciones que le siguen en otros programas, Iglesias se convierte en la figura mediática de Podemos. ¡Cómo estaba previsto!, se felicita Errejón: “El liderazgo mediático de Pablo [Iglesias] es una herramienta de construcción importante. [...] Es algo que aprendimos del análisis de la manera en la que se dieron los cambios políticos recientes en América Latina [...]. Con el desmoronamiento de las referencias colectivas, de las banderas, de los partidos y de los símbolos, es con un nombre propio que las personas pueden identificarse” (9). Esta estrategia de personificación despierta objeciones en el seno del movimiento. Sin embargo muchos conceden que propulsó al partido. Esta capacidad de sumar apoyos también se explica por el hecho de que “Pablo [Iglesias] se definía más en función de a quien atacaba, de aquello a lo que se oponía que de lo que proponía. Estaba contra la casta, la corrupción... –explica Jorge Lago, uno de los fundadores de Podemos y profesor de Ciencia Política él también–. Indignados muy diferentes, todos surgidos del 15M, podían sentirse representados por él” (10).

En mayo de 2014, cinco meses después de su creación, el partido sorprende al obtener casi el 8% de los votos en las elecciones europeas y cinco eurodiputados. Un ingreso destacado en la escena política española, que lo propulsa en quinta posición detrás del PP (26%), del PSOE (23%) y de la Izquierda Plural (10%), una coalición de partidos de izquierda regionalistas. Todos las miradas están entonces centradas en las elecciones generales de 2015, pero Podemos entra en una frenética sucesión de combates electorales: entre las elecciones europeas de mayo de 2014 y las elecciones regionales en Galicia y el País Vasco de septiembre de 2016, el partido forma parte de siete grandes consultas populares. Hace campaña permanentemente, incluso cuando su base está en construcción. Como resume Errejón, era como “correr y atarse los cordones al mismo tiempo” (11).

Se pone en marcha lo que éste último llama “una máquina de guerra electoral”, que debe alcanzar la victoria lo más rápido posible, con una estrategia de blitzkrieg. En el seno del partido, prima la eficacia: el funcionamiento vertical, más veloz, prevalece; así como la participación plebiscitaria de militantes a los cuales se les pide limitar sus intervenciones a las largas deliberaciones democráticas fundadas sobre la constitución y la estructuración de una base militante.

“Es el primer choque político entre (...)

Artículo completo: 4 460 palabras.

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Maëlle Mariette

Periodista.

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