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Crisis en Ucrania, una oportunidad para Estados Unidos

Resurrección de una superpotencia

Luego del atentado a las Torres Gemelas, Estados Unidos se embarcó en una guerra infinita contra el terrorismo. Durante casi dos décadas gastó tiempo y dinero con pocos resultados, pero lo peor es que permitió a sus dos grandes rivales, China y Rusia, modernizar su propio aparato militar. El gobierno y los militares estadounidenses quieren recuperar el tiempo perdido y Ucrania puede ser una buena excusa para volver a posicionarse como la principal potencia militar.

La reciente evolución de la política exterior de Estados Unidos parece tan paradójica que numerosos comentaristas no entienden ni jota: por un lado, la apresurada y desordenada retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán alimenta la sospecha de que se trata de una gran potencia en declive que ya no duda en tirar por la borda sus compromisos internacionales; por el otro lado, su fuerte respuesta ante las amenazas de una incursión militar rusa en Ucrania parece marcar un endurecimiento y el retorno a una política intervencionista ambiciosa. Sin embargo, tan contradictorias como puedan parecer estas dos expresiones de su política exterior, ilustran una única y misma estrategia, que tiene por objetivo restaurar el estatus del país como primera superpotencia mundial.

La preservación de este estatus constituye el objetivo prioritario de los dirigentes estadounidenses desde el fin de la Guerra Fría, y más precisamente desde 1992, cuando el Departamento de Defensa bosquejó sus objetivos estratégicos en la era post-soviética. Liberado de la amenaza de un conflicto militar con su enemigo de siempre, el Pentágono anunció que su estrategia consistiría de ahora en adelante en “impedir el surgimiento de cualquier potencial competidor en la escena mundial” (1). Los estrategas del Pentágono no escondieron lo que esto significaba: consolidar la aplastante superioridad de las fuerzas militares estadounidenses y mantener una sólida red de aliados de confianza.

A primera vista, la tarea no parecía ser insuperable. Estados Unidos había aplastado fácilmente al ejército estilo soviético de Saddam Hussein durante la Guerra del Golfo de 1990-1991 y ningún otro país en esa época parecía ser lo suficientemente importante como para resistir a la dominación estadounidense. Sin embargo, con el cambio de siglo, cierta inquietud surgió en la Casa Blanca con respecto a, por una parte, la modernización militar de China y por otra parte, la intención exhibida por Vladimir Putin de reconstruir sus fuerzas armadas. Al inicio del mandato de George W. Bush, a principios de 2001, los responsables de la seguridad nacional se dispusieron a combatir estas nuevas amenazas aumentando sus gastos militares y estrechando los vínculos entre su país y sus principales aliados en Europa y Asia.

Cuando esta política apenas comenzaba a esbozarse, Estados Unidos fue blanco de los ataques terroristas del 11 de septiembre. De un día para el otro, la atención del Pentágono descuidó la competencia con China y Rusia para dedicarse a las operaciones de contra-terrorismo en el Medio Oriente. Conforme con los preceptos de la “guerra global contra el terror” iniciada por el presidente Bush, las fuerzas estadounidenses fueron reconfiguradas para combates de “baja intensidad” en zonas remotas. La invasión de Irak en 2003 marcó un breve retorno al conflicto militar tradicional con un Estado enemigo fuertemente equipado, pero, tras el desmoronamiento del régimen de Saddam Hussein, la ex potencia regional árabe se convirtió a su vez en un foco de guerra contrainsurgente de larga duración.

Mientras que el ejército estadounidense se enfrentaba con los grupos terroristas, Rusia y China redoblaban sus esfuerzos por aumentar su capacidad militar. Instruidas por las Guerras del Golfo de 1990 y 2003, se equiparon de misiles guiados y de alta precisión y de otras armas sofisticadas que habían demostrado su capacidad en Irak, reduciendo considerablemente la superioridad tecnológica de la que se beneficiaban los estadounidenses hasta entonces. Además, Pekín logró sumar puntos en el plano geopolítico al extender sus vínculos comerciales en el Sur y Sureste Asiático.

En 2011 los dirigentes estadounidenses llegaron a la conclusión de que su obsesiva guerra contra el terrorismo –aunque aún popular en el Congreso y en la opinión pública– había debilitado su estatus de superpotencia permitiendo a sus rivales reforzar su propia influencia militar y geopolítica. En el transcurso de una reunión secreta ese mismo verano, la administración Obama decidió dar marcha atrás y darle más importancia estratégica a la competencia con China que a la guerra contra el terrorismo. Este nuevo enfoque, llamado “pivote asiático”, fue anunciado por el presidente estadounidense en un discurso (...)

Artículo completo: 2 362 palabras.

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Michael Klare

Profesor en el Hampshire College, Amherst (Massachusetts). Autor del libro The Race for What’s Left. The Global Scramble for the World’s Last Resources, Metropolitan Books, Nueva York, 2012.

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