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Rusia y Ucrania coinciden en su rechazo al legado soviético

Choque de memorias y conflicto de relatos

Desde el derrumbe de la URSS, Rusia y Ucrania forjaron relatos antagonistas de la historia. Neoimperialista de un lado, nacionalista del otro. Alimentaron un conflicto que hoy es utilizado por Moscú para justificar su agresión. Estas relecturas del pasado se unen sin embargo en un punto: el rechazo de la herencia comunista.

El príncipe de Kiev Yaroslav El Sabio (978-1054) no podría haber imaginado la locura fratricida de sus lejanos descendientes en 2022. Hoy es invocado tanto por Rusia como por Ucrania, que reivindican su Estado, el Rus, como fuente exclusiva de su legitimidad histórica. La guerra de relatos históricos precedió a la del campo de batalla...

Sin embargo, tras el estallido de la URSS en 1991, no había nada fatal en la oposición de las memorias. El Estado ucraniano intentó incluso desactivar las fricciones internacionales cicatrizando ciertas heridas del pasado. En 2002 y 2007, se promovió a nivel intergubernamental una comisión histórica ruso-ucraniana para elaborar manuales que esclarecieran la historia común de los dos países. Estos intentos fracasaron a causa de una desconfianza recíproca alimentada por la necesidad de reafirmar a los Estados-nación aún recientes.

Las contingencias políticas también tuvieron su peso en el fracaso del diálogo memorial. Leonid Kravchuk, antiguo encargado de la ideología del Comité Central del Partido Comunista, se convirtió en el primer presidente ucraniano de la independencia utilizando la retórica nacionalista que perseguía en la época soviética. Su sucesor, Leonid Kuchma, era un “director rojo” elegido con los votos de los rusoparlantes del Este industrial. Frente al avance electoral de los comunistas en 1999, hizo de la gran hambruna de 1933, rebautizada como “Holodomor”, un argumento para hacerse reelegir... con los votos nacionalistas del Oeste de Ucrania.

Lejos de unificar al país, la “novela nacional” lo fracturó. Luego de la “Revolución Naranja” de 2004, el presidente proeuropeo Viktor Yushchenko sometió a voto, en 2006, una ley que reconocía el carácter genocida del Holodomor. Esto causó un impacto tanto en Rusia, también alcanzada por la hambruna de la época estalinista, como en Israel, que lo siente como una competencia memorial. Yushchenko también rindió homenaje a figuras controversiales del movimiento nacionalista, incluso a Stepan Bandera (1909-1959), elevado al rango de héroe en 2010. Jefe de la OUN-b, organización de inspiración fascista, Bandera fue el instigador del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA). La OUN-b proveyó de cuadros a la politsaï, que cazaba a los judíos por cuenta de los nazis. El UPA masacró a 60.000 polacos en Volinia en 1943 (1). En la vereda de enfrente, los grandes perdedores de la “Revolución Naranja”, los miembros del Partido de las Regiones, calificados de prorrusos, convirtieron a la identidad local del Dombás en ideología, revalorizaron el recuerdo de la “Gran Guerra Patriótica” contra el fascismo y clamaron pertenecer al mundo eslavo y ortodoxo. Dos memorias se oponen en el territorio.

Si bien en 2014 Moscú se apoyó en esta división para crear las repúblicas separatistas del Donbás, la política histórica se radicalizó en la Ucrania lealista. Una ley de “descomunización” fue votada en 2015, pero prohibir la propaganda comunista y erradicar la hoz y el martillo no aportó ninguna respuesta a las cuestiones del presente: la guerra en el Donbás y la influencia de los oligarcas en el país. Para afrontar estos problemas, el presidente Volodimir Zelensky, judío y rusoparlante, electo en 2019 en base a un programa de apaciguamiento con Rusia, quiso acallar las trompetas del chauvinismo. Sin embargo, apenas si tuvo espacio político, (...)

Artículo completo: 1 782 palabras.

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Éric Aunoble

Historiador, investigador de la universidad de Ginebra. Autor de La Révolution russe, une histoire française. Lectures et représentations depuis 1917, La Fabrique, París, 2016.

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