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La guerra en Ucrania abre nueva ruta para la unidad continental

Europa frente a los dilemas de la soberanía

Una imagen espectacular: el viernes 10 de marzo de 2022, en la Galería de las Batallas del Palacio de Versalles, los presidentes del Consejo Europeo (el belga Charles Michel), de la República Francesa (Emmanuel Macron) y de la Comisión Europea (la alemana Ursula Von der Leyen) rindieron cuentas a la prensa de las decisiones tomadas por los veintisiete jefes de Estado y de Gobierno respecto de la guerra en Ucrania. No hubo ningún anuncio impactante ese día, pero sí una voluntad de impactar en los ánimos, dejando de lado los antagonismos históricos entre dos cuadros que retratan la gloria de las victorias militares de Francia. “Es un punto de inflexión para nuestras sociedades, nuestros pueblos y nuestro proyecto europeo”, afirmó Macron, visiblemente satisfecho.

Pocas veces los Veintisiete dieron muestra de semejante unidad sobre un tema geopolítico central: en pocos días, se adoptaron paquetes de severas sanciones contra Moscú y –en un gesto inédito– se decidió entregar armas a un país en guerra, Ucrania. El nuevo Fondo Europeo de Apoyo a la Paz (FEAP), creado en 2021, ingresó de forma estruendosa en la historia de la unificación continental: gracias a éste, la Unión puede ahora entregar maquinaria militar en un teatro de operaciones. Anteriormente, su acción internacional debía permanecer en el estricto límite de la ayuda al desarrollo y de las misiones de paz.

Una nueva armería
Ese paso de gigante confina al olvido la impotencia europea frente a la descomposición sangrienta de Yugoslavia, a comienzos de los años 90. Fue Washington quien puso fin a una guerra civil devastadora “a dos horas de París” por medio de los Acuerdos de Dayton (1995). La amarga lección favoreció el auge de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), iniciada por el Tratado de Maastricht en 1992, y su desarrollo constante hasta el Tratado de Lisboa (2007), que la dotó de una rama operativa: la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD). La Unión dispone desde entonces de un cuerpo diplomático, una Agencia de armamento, de batallones trasnacionales, etc. Este marco impresionante deja en suspenso ciertos interrogantes. En primer lugar, ¿qué proyecto pretende servir esta nueva armería? El presidente francés fija constantemente, desde su discurso en la Sorbona, el 26 de septiembre de 2017, el rumbo de una “soberanía europea”. La define muy ampliamente: seguridad y lucha contra el terrorismo, defensa, control de los flujos migratorios, desarrollo sustentable, cooperación digital, agricultura, salud, energía, etc. En Versalles, llevado por su propio ímpetu, también mencionó la alimentación y una misteriosa “soberanía proteica”. Sus principales colegas prefieren la expresión, menos comprometedora, de “autonomía estratégica”.

Durante mucho tiempo, en la huella del general De Gaulle, París abogó por una “Europa potencia”, definiendo objetivos distintos de los de Estados Unidos. Los otros Estados –con Alemania en primera fila– nunca lo comprendieron así, en parte por desconfianza frente a una Francia considerada invasiva y por el confort que el paraguas estadounidense les provee. “Una Unión fuerte y más eficaz en el ámbito de la seguridad y de la defensa contribuirá positivamente a la seguridad global y transatlántica –confirmaron con fuerza los Veintisiete al final de la Cumbre de Versalles– y es complementaria de la OTAN, que sigue siendo el fundamento de la defensa colectiva de sus Estados miembro”. ¿Se trata acaso del entierro, en toda solemnidad, de la “Europa europea”, tan preciada por el general De Gaulle?

En los medios diplomáticos franceses se explica que no hay que otorgar a las palabras mayor importancia que la que tienen: soberanía y autonomía serían equivalentes. Sin embargo, la primera corresponde a la emergencia del Estado-Nación en el siglo XVII (1). Macron (...)

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Anne-Cécile Robert

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