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Centros de estudios y personajes que alientan la guerra

El complejo militar-intelectual

Domingo 1º de abril de 2018. La guerra civil hace estragos en Libia desde el derrocamiento de Muamar Gadafi. En gira promocional para su libro La guerre sans l’aimer (“La guerra sin quererla”), Bernard-Henri Lévy se expresa ese día en France Inter en relación a la intervención occidental: “Mejor si algo tuve que ver”. La afirmación traduce la triple ambigüedad de su autor: belicista pero no combatiente; propagandista del intervencionismo occidental en “guerras justas” incluso si el remedio resulta peor que la enfermedad; impermeabilidad a la crítica al punto de que se podría hablar de “intelectual de teflón” sobre el cual las desmentidas resbalan sin quedar pegadas. Por su longevidad y su peso mediático, “BHL” no es sino la parte más visible de una nebulosa de pensadores neoconservadores, expertos, universitarios, humanitarios, personalidades políticas, militantes comunitarios, periodistas y, más recientemente, militares jubilados que cumplen un rol clave en los medios de comunicación en el desencadenamiento de los conflictos contemporáneos: elegir la guerra que conviene llevar a cabo, designar al malo, interpelar al político para denunciar la inacción occidental, demostrar la “pertinencia” de ciertas causas ignorando a la vez que su dimensión estratégica (1). Este complejo militar-intelectual ocupa un lugar creciente en los debates estratégicos desde hace unos treinta años.

Su ascenso se benefició del triple seísmo de los años 1980 y 1990. En primer lugar, la muerte del tercermundismo que ponía sus esperanzas revolucionarias en las elites recién nacidas de la descolonización y, de manera más general, de los países del Sur. Luego, la necrosis mortal de la Unión Soviética (la “Catastroïka” en 1991) y la conversión capitalista de China borraron del mapa a los dos grandes contra-modelos de la sociedad de mercado. Por último, la victoria relámpago de la Guerra del Golfo en enero de 1991: menos de 120 horas de operaciones en el terreno le bastaron al ejército estadounidense y a sus aliados para acabar con el que era presentado como el cuarto ejército mundial (nadie supo nunca cuál era el tercero).

El espectáculo de la guerra
Este acontecimiento de alcance planetario confirma la superioridad absoluta de los ejércitos occidentales, e instala el espectáculo de la guerra difundido en directo por los canales de información que se multiplican en ese entonces como un arma táctica de primerísimo orden. Para las grandes potencias, la mediatización se revela como la herramienta indispensable para salir del anonimato y concentrar la atención universal sobre una crisis entre las cien que se desarrollan simultáneamente en la Tierra. Es tarea de los intelectuales y expertos elegir un conflicto a desarrollar y, una vez desencadenadas las operaciones, elevarlo al rango de “buena guerra”. Y satanizar al enemigo por medio de imágenes simples y comparaciones comprensibles: el “Milosevic” de Sudán (Omar al Bashir), los “combatientes de la libertad” para los muyahidines afganos, el “carnicero de Damasco” (Bashar al Assad)… También se trata de dar a conocer o darle credibilidad al o a los dirigentes de los bandos del bien: el comandante Masud en Afganistán, Alija Izetbegovic en Bosnia, el Consejo Nacional de Transición libio.

La interpelación de los responsables siempre se opera con la misma argumentación: “No podemos no…”, proferido con un tono serio simultáneamente en las redes sociales y en el estudio de uno de los cuatro canales de información continua con los que cuenta Francia (LCI, CNews, BFM, France Info) (2). Su multiplicación desde el lanzamiento de LCI en 1994 creó una formidable aspiradora mediática para una variedad de especialistas conocidos por su notoriedad: la aparición en la televisión hace al experto más que el conocimiento del tema. En vistas de todos aquellos que desfilan ante las cámaras desde el inicio de la invasión rusa, Francia no sabía que contaba con tantos especialistas en Ucrania...

A diferencias de sus grandes ancestros (André Malraux o Régis Debray), los intelectuales mediáticos rechazan tomar las armas. A un corresponsal que le hizo la observación en Twitter (27 de febrero) de que “Ernest Hemingway y Georges Orwell habían cambiado sus máquinas de escribir por un fusil”, el filósofo Raphaël Enthoven contestó: “Una guerra se gana cuando cada uno está en su mejor lugar y yo soy (lamentablemente) más eficaz con un teclado que con una ametralladora”. Su desconocimiento de los asuntos militares es equivalente a su convicción de ser finos estrategas: un general, ex jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea, le relató al autor de estas líneas cómo Bernard-Henri Lévy le había explicado cual era el camino a seguir en Libia –¡ese militar había enfrentado a las fuerzas libias en la Franja de Auzú en Chad!–.

Perder el alma
También, contrariamente a sus predecesores, los actores del complejo militar-intelectual se dedican menos a popularizar su concepción del mundo, como sus predecesores, que a denunciar horrores: (...)

Artículo completo: 2 430 palabras.

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Pierre Conesa

Profesor en Sciences Po, París, ex alto funcionario en el Ministerio de Defensa de Francia. Autor del informe “Quelle politique de contre-radicalisation en France ?”, diciembre de 2014, y de Guide du petit djihadiste, enero de 2016 (Fayard, París).

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