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“El resto del mundo”, Medio Oriente y la guerra en Ucrania

La hegemonía mundial en juego

Ucrania, ¿un efrentamiento planetario entre “democracia y autocracia”, como proclama el presidente estadounidense Joseph Biden, repetido en cadena por los comentaristas y los políticos occidentales? No, contesta la voz solitaria del periodista estadounidense Robert Kaplan, “aun cuando pueda parecer contra-intuitivo”. Al fin y al cabo, “la propia Ucrania fue desde hace muchos años una democracia débil, corrupta e institucionalmente subdesarrollada”. En la clasificación mundial de la libertad de prensa, el informe de Reporteros Sin Fronteras de 2021 la sitúa en el rango 97. “El combate –agrega Kaplan– involucra algo más amplio y más fundamental, el derecho de los pueblos a decidir su futuro y a liberarse de toda agresión” (1). Y señala, lo que es una evidencia, que muchas “dictaduras” son aliadas de Estados Unidos, lo que por otra parte no condena.

Mientras que en el Norte, las voces discordantes sobre la guerra en Ucrania siguen siendo escasas y poco audibles, a tal punto se impuso de nuevo un pensamiento único en tiempos de guerra (2), éstas son dominantes en el Sur, en ese “resto del mundo” que compone la mayoría de la humanidad y que observa este conflicto con otros ojos. Su visión fue sintetizada por el presidente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, que lamenta que el mundo no otorgue igual importancia a la vida de los negros y de los blancos, a las de los ucranianos, los yemeníes o los tigray, que no “trate a la raza humana de la misma manera, siendo algunos más iguales que otros” (3). Ya lo constató tristemente a lo largo de toda la crisis del Covid-19.

Aliados estratégicos
Es una de las razones por las cuales un número significativo de países, particularmente africanos, se abstuvieron en las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) respecto de Ucrania, dictaduras ciertamente, pero también Sudáfrica, India, Armenia, México, Senegal y Brasil (4). Y ningún país no occidental, con excepción de Singapur, parece dispuesto a imponer sanciones a Rusia.

Como destaca Trita Parsi (5), vice-presidente del think-tank Institute Quincy for Responsible Statecraft (Washington), de regreso del Foro de Doha (28-29 de marzo de 2022) donde se congregaron más de dos mil dirigentes políticos, periodistas e intelectuales provenientes de los cuatros rincones del planeta, los países del Sur “compadecen el sufrimento del pueblo ucraniano y consideran a Rusia como el agresor. Pero las exigencias de Occidente, que les pide hacer costosos sacrificios al cortar lazos económicos con Rusia, bajo el pretexto de preservar un “orden basado en el derecho”, provocaron una reacción alérgica, porque el orden invocado le permitió hasta ahora a Estados Unidos violar el derecho internacional en toda impunidad”.

La posición del régimen saudí, que se niega a alinearse en la campaña antirrusa y llama a negociaciones entre las dos partes en torno a la crisis ucraniana es emblemática. Una serie de factores favorecieron esta “neutralidad” de uno de los principales aliados de Estados Unidos en Medio Oriente. En primer lugar, la creación de la OPEP+ en 2020, que sumó a Moscú a las negociaciones sobre el nível de producción de petróleo, se tradujo en una coordinación fructífera entre Rusia y Arabia Saudita, la cual considera incluso a esta relación como “estratégica” (6) -sin duda, un diagnóstico muy optimista-. Los analistas observaron la participación en agosto de 2021 del vice-ministro de Defensa saudí, el príncipe Khaled Ben Salman en la Feria de Armamento de Moscú y la firma de un acuerdo de cooperación militar entre ambos países que apuntala una antigua colaboración para el desarrollo nuclear civil. Más ampliamente, Rusia se convirtió en un interlocutor ineludible en todas las crisis regionales, al ser la única potencia que mantiene relaciones permanentes con todos los actores, aún cuando las relaciones entre unos y otros estén tensas, o incluso cuando estén en guerra: Israel e Irán, los hutíes y Emiratos Árabes Unidos, Turquía y los grupos kurdos.

Al mismo tiempo, las relaciones entre Riad y Washington están bloqueadas. En el Golfo, predomina la idea de que Estados Unidos ya no es un aliado confiable –se recuerda el abandono del presidente egipcio Hosni Mubarak en 2011 y su lamentable retirada de Afganistán, su voluntad de negociar con Irán sobre la cuestión nuclear sin tener en cuenta las reservas de sus aliados regionales, su pasividad frente a los ataques de drones hutíes sobre sus instalaciones petroleras, incluso cuando su “amigo” Donald Trump era aún presidente. La elección de Biden contaminó el ambiente. Había prometido tratar a Arabia Saudita como un “paria” (...)

Artículo completo: 2 333 palabras.

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Alain Gresh

Director de la revista en línea Orient XXI.

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