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Convención ofrece una nueva democracia

Chile vive un cambio de época

El mundo entero vive tiempos convulsionados, pero cada país lo expresa a su modo. En Chile, tras décadas de transición, en que la paz social era un mandato voluntarioso más que el resultado genuino de un pacto social, la realidad ahora nos muestra a un país disconforme, inquieto, a veces incluso desmesurado. Una sociedad en la cual las posturas rápidamente se extreman, las pasiones están flor de piel y las discusiones políticas se toman con mayor frecuencia las sobremesas y reuniones.

La temperatura de los debates ha ido subiendo y, con seguridad, no se enfriará antes del 4 de septiembre, cuando el pueblo decida si aprueba o rechaza la propuesta de nueva constitución.

Algunos ven esta convulsión como algo negativo, algo que corregir, que “pacificar” (con esa distorsión de la palabra original que heredamos de nuestra historia en el Wallmapu). La agitación les parece incómoda, difícil de tratar y les hace añorar tiempos pasados que recuerdan serenos. Ese oasis, que describía el ex Presidente Sebastián Piñera, apenas nueve días antes del estallido social del 18 de octubre de 2019, que hizo caer todos los velos.

Pareciera que muchos olvidan completamente este contexto, cuando analizan la actual coyuntura. Incluso han llegado a proclamar el proceso constituyente como origen de esta conmoción, como parte del problema y no de la solución. El camino, entonces, sería rechazar el texto propuesto y volver a esa paz que parecía imponer la Constitución actual, la de Pinochet y sus enmiendas varias. Sin embargo, ya entrado el siglo XXI, la vinculación de esta Carta Magna con el dictador resulta incómoda. Por eso, se la rebautiza como la Constitución de Lagos, aunque él ha subrayado que sólo logró corregir aquello que le permitió la derecha, sin vetarlo. Al mismo tiempo, se inventa una alternativa inexistente en el cronograma trazado: “rechazar para reformar”. Es decir, intentan convencer a la ciudadanía que el rechazo no sería obstáculo para las reformas sustanciales que el país necesita: mejorar sólo lo necesario, sin necesidad de cambiar la institucionalidad que tanta tranquilidad social nos entregó desde el retorno a la democracia.

Esta estrategia permite conquistar a los conservadores que quieren mantener el orden establecido, reconociendo que la necesidad de algunos cambios indispensables, y también seducir a ciertos sectores más temerosos. Porque lo cierto es que siempre y casi en todos los ámbitos, los cambios asustan, se ven luminosos de lejos, pero afligen cuando llega el momento. Por eso, es tan importante que la nueva Constitución haya establecido normas transitorias que permitan el avance paulatino sin desmoronar el Estado y sus instituciones, y que, paralelamente, empuje el acelerador en los asuntos más urgentes. Es lo que ayuda a respirar profundo y sustituir el miedo por la esperanza frente a transformaciones ineludibles y justas.

Hay dos hechos relevantes que parecen no advertir quienes promueven el “rechazar para reformar”: que la paz que evocan no existió más allá de su burbuja, y que el proceso constituyente es la consecuencia, no el origen del descontento social.

Desgraciadamente, y aunque el relato oficial intenta ignorarlo, nuestra historia está plagada de episodios violentos, aplacados de manera despiadada. La dictadura de Pinochet no fue la excepción, impuso “la paz” a precio de sangre, instauró el orden con las armas y la violencia del Estado. Durante el periodo de transición, que pareció nunca acabar, los gobiernos democráticos tuvieron poco espacio para cambiar las reglas: el dictador se mantuvo como Comandante en (...)

Artículo completo: 1 787 palabras.

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Patricia Politzer

Convencional Constituyente, elegida en la lista Independientes No Neutrales en el Distrito 10

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