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Un relato

Estimadas carnes humanas

Alimentarse es una empresa peligrosa. Tóxica, patógena. Y no basta con proscribir la “comida basura”. No, todo lo que ingerimos termina matándonos. La dieta radical es tentadora, pero el desenlace irrevocable. ¿Entonces?

“Idea de una dieta universal desde un punto de vista interplanetario”, newsletter de la Dra. Éliane Aristide, dermatóloga

Estimadas carnes humanas:
Vuestra flacidez no es una fatalidad. Tampoco es achacable a los confinamientos de estos últimos años. La pandemia de obesidad no ha hecho más que acelerar una decadencia iniciada a finales del siglo XX, cuando apareció el tipo de la “papa de sofá” (couch potato). Podemos echarle la culpa a las cadenas de restauración rápida, a la industria de las bebidas azucaradas y los alimentos ultraprocesados, a la venta en línea y la televisión a la carta. Pero mil tentativas han demostrado que no bastaba con arremeter contra esos cofactores de molicie. El riesgo de apoltronamiento, parálisis grasa y marasmo viscoso es sistémico.

Los regímenes para adelgazar son inútiles, incluso contraproducentes. Prevalece una concepción mezquina de la dieta. Sus antiguos promotores iban más allá de la abstinencia. La dieta de una persona era el conjunto de su estilo de vida, objeto de una decisión ética antes que higiénica. Y se llamaba “régimen” a la regla con la que dicha persona se gobernaba para mantener su salud física y mental.

Por tanto, dieta y régimen se extendían al sueño y a los sueños, al aliento y la sed, al ejercicio y el descanso, a las pasiones y los placeres. A menudo, los terapeutas de antaño propugnaban el vegetarianismo. Prescribían el ajo y la cebolla, el vinagre y el vino e incluso, como Catón el Viejo, el colinabo. Ponían en guardia contra las especias. Su ayuno no perseguía la pérdida de algunos kilos desafortunados. La frugalidad era señal de virtud más que de prudencia. Estilo de vida, nutrición, moral y medicina formaban un todo. Remontémonos a esa fuente del regimen sanitatis (1). No se trata de volver al pasado. Los avances de la fisiología y la patología servirán de acicate a nuestra búsqueda. Y compartiremos con el mundo entero el secreto de los secretos: secretum secretorum.

Primero establezcamos un diagnóstico lúcido. “Un ser humano es lo que come”, afirmaba con conocimiento de causa un filósofo que sabía que estaba lleno hasta las trancas de una mezcla fermentada de patatas hervidas, cerveza y chicharrón. La carne humana contemporánea puede compararse a esos retratos manieristas donde diversas plantas comestibles conforman los rasgos de un rostro sorprendentemente logrado. Por desgracia, el retrato robot de la humanidad ya no lo componen plantas frescas, sino los alimentos adulterados de la industria alimentaria.

Bajo el velo desvaído y arrugado de la piel, nuestras mejillas son pan de hamburguesa que rezuma queso glauco. En nuestros torsos afloran dos minipizzas congeladas. Nuestras piernas y brazos sin músculos están rellenos de pan de molde, buñuelos y papas fritas. Detrás de la mirilla del ombligo, nuestros órganos vitales rebosan de fritanga mezclada con yemas de huevo, gambas y calamares, los campeones del colesterol. Nuestros genitales ocultan, según el sexo, el equivalente a un taco crudo o un perrito caliente envuelto en celofán. Por nuestras venas, nuestros tejidos, ya no circula sangre ni linfa, sino aceites demasiado filtrados, gaseosas demasiado azucaradas, leche con cafeína y helados derretidos.

Comida adictiva
¿Es necesario que insista en el carácter dañino de estos alimentos pueriles, llámense comida rápida o comida basura? Es algo sabido. También es conocido el peligro de contagio por verduras impregnadas de fertilizantes y pesticidas, carnes de animales atiborradas de antibióticos, carne de caza acribillada de plomo y frutas llenas de alérgenos. Más delicada es la deseable selección en la lista de alimentos supuestamente intactos que nos ofrecen las tiendas de alimentación ecológica.

Comencemos por los más nocivos. Nuestro régimen no puede admitir los azúcares refinados, tampoco en bollería, bebidas, mermeladas, etcétera. (...)

Artículo completo: 2 102 palabras.

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Pierre Alferi

Escritor. Este texto es una precuela inédita de la novela Hors sol, Gallimard, colección Folio SF, París, 2020.

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