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La necesidad de un contrato ético

El mundo en que nos corresponde vivir hoy, se encuentra en un estado de transición importante. No hablo de crisis, porque ella despierta en el subconsciente una perspectiva negativa. Hablo de transición, porque depende de nosotros orientarla hacia la esperanza de una nueva sociedad. Esta esperanza nos invita a avanzar hacia la construcción conjunta de un contrato ético a nivel planetario. Sin este contrato, nuestras posibilidades de preservar nuestra humanidad, al menos, en las condiciones en que hoy la conocemos, son mínimas.

Frente a esta transición planetaria, un contrato ético nos debe permitir volver a poner en el centro a las personas, a la relación entre las personas y a la relación entre ellas y el medio en el que habitan. Por tanto, nuestra única oportunidad de sobrevivencia es un contrato ético entendido como un compromiso político irrenunciable de todos los actores sociales relevantes, por la búsqueda incansable de calidad de vida para todos los seres vivos y de su sana relación con la naturaleza.

La transición planetaria a la que me refiero tiene tres dimensiones principales: una dimensión natural, una dimensión política y una dimensión humana. Por dimensión natural me refiero a lo que Michel Serres definió, en su Contrato Natural (1990), como la naturaleza global, el planeta Tierra con quien nos conviene realizar un pacto de vida si es que queremos sobrevivir, terminando esta relación de dominio posesivo y de violencia que hoy mantenemos. La actual violencia contra la naturaleza es una violencia contra nosotros mismos, de la que sólo podremos ser perdedores, como lo describiera muy bien James Lovelock en Gaia (1979), una nueva visión de la vida sobre la Tierra.

El Panel Intergubernamental de Cambio Climático ha confirmado, sobre la base de evidencia científica que, desde la Revolución Industrial hasta nuestros días, los seres humanos somos los irresponsables del aumento de la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. La principal consecuencia visible de este cambio es la transformación de las condiciones climáticas en diversos lugares del Planeta, y que se expresa por evidentes cambios en el comportamiento meteorológico. Estos cambios están provocando transformaciones visibles y progresivas en la agricultura, en la pesca, en el turismo, en la producción vitivinícola, en la organización urbana, entre muchas otras, con un fuerte impacto sobre las personas. Y las personas más vulnerables vuelven a ser también las más vulneradas. También, hay otras que se benefician de este cambio en aquellas regiones donde el clima deviene menos lluvioso o menos caluroso.

Pero, además, hemos podido medir las transformaciones invisibles en términos del grave agotamiento de los bienes naturales fósiles que están a la base de nuestra matriz energética actual: petróleo, carbón y gas. Recursos que estamos sobre explotando y devolviendo a la atmósfera en forma de gases invernadero. Nuestro modelo consumista, impulsado por los estados más ricos y las empresas transnacionales y nacionales, sobre la base del principio de obsolescencia programada y de la voraz rentabilidad económica, agota los bienes (...)

Artículo completo: 1 562 palabras.

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Rodrigo Vidal Rojas

Rector Universidad de Santiago de Chile.

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