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En Taiwán comienza una nueva era de rivalidad militar chino-estadounidense

Washington y Pekín juegan con fuego

Mucho antes de que el avión de la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi tocara el suelo taiwanés, el pasado 2 de agosto, las relaciones chino-estadounidenses ya se encontraban en una espiral negativa. Joseph Biden y su gobierno se dedicaron a tejer una red de alianzas hostiles para acorralar a China; por su parte, Pekín multiplicó las maniobras militares agresivas en los mares de China Oriental y Meridional. Sin embargo, sus relaciones bilaterales no se habían deteriorado al punto de tornar imposible todo diálogo de alto nivel sobre el cambio climático o sobre otras cuestiones vitales. Como prueba de ello, los presidentes Biden y Xi Jinping discutieron esos temas durante su conversación por videoconferencia, el 28 de julio de 2022. En realidad, la visita de Pelosi creó una nueva fisura en la relación entre las dos potencias, acabando con toda perspectiva de cooperación. Solo queda una rivalidad militar exacerbada.

Desde el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la República Popular China (RPC) en 1978, bajo la administración de James Carter (1977-1981), los dirigentes estadounidenses siempre adhirieron (al menos públicamente) al principio de “una sola China”, constituyendo Taiwán y el continente un solo país, aunque sin depender necesariamente de una misma entidad política. Ello fue resumido en la célebre fórmula adoptada un poco más tarde: “Una China, dos sistemas”. Al mismo tiempo, en virtud de la Taiwan Relations Act (TRA) aprobada por el Congreso en 1979, Estados Unidos debe entregar armas defensivas a Taipei según sus necesidades y considerar todo intento chino de modificar el estatus de la isla por la fuerza como un hecho “extremadamente preocupante” –una formulación conocida por su “ambigüedad estratégica”–, en la medida en que no dice claramente si Washington intervendría o no.

Hasta ahora, esos dos preceptos combinados contribuyeron a garantizar cierta forma de estabilidad: al sugerir la existencia de un vínculo intrínseco entre Taiwán y el continente, el principio de “una sola China” disuade a Pekín de todo intento precipitado de apropiarse de la isla; por su parte, la “ambigüedad estratégica” deja tanto a los taiwaneses como a los chinos en la incertidumbre sobre la respuesta estadounidense en caso de declaración de independencia de los primeros o de un proyecto de invasión de los segundos. Es un modo de disuadir a unos y otros de toda iniciativa imprudente (1).

Claridad estratégica
Aun cuando los dirigentes estadounidenses siguen asegurando adherir a esos dos principios, estos últimos meses los más altos responsables del gobierno y del Congreso dieron la impresión de que se habían alejado de ellos, en beneficio de una política que sugiere la existencia de dos Estados, “China por una parte, Taiwán por la otra” (“One China, one Taiwan”), y a favor de una mayor “claridad estratégica”. El mismo Biden contribuyó a ello: consultado por la CNN acerca de si Washington defendería a Taiwán en caso de un ataque chino, respondió claramente. “Estamos obligados a hacerlo” (2), declaró, aunque no sea la línea oficial de Estados Unidos.

Tanto el Presidente como otros altos dirigentes sugirieron también un cambio de política, buscando obtener de sus aliados en la región –Australia, Japón y Corea del Sur– que se comprometieran a asistir a las fuerzas estadounidenses en caso de que estas estén involucradas en una guerra contra China. Además, el Congreso fomentó ese proceso proporcionando un apoyo bipartidario a las entregas de armas a Taiwán, organizando allí, en repetidas ocasiones, visitas de delegaciones de alto nivel y proyectando modificar la TRA de 1979 para terminar con la “ambigüedad estratégica”, que sería reemplazada por un compromiso firme de ayudar a la isla a defenderse en caso de un ataque chino (3).

China ha observado esos sucesos con un desconcierto creciente. Para sus dirigentes –y particularmente para Xi, quien aspira a un tercer mandato de cinco años en el puesto supremo de primer secretario del Partido Comunista y de presidente de la RPC–, la reunificación de Taiwán al continente se impuso como el objetivo último de la política gubernamental, una condición sine (...)

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Michael Klare

Profesor en el Hampshire College, Amherst (Massachusetts). Autor del libro The Race for What’s Left. The Global Scramble for the World’s Last Resources, Metropolitan Books, Nueva York, 2012.

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