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¿Qué hacer con “Diablo”, la última central atómica de California?

En Estados Unidos, ser o no ser un ecologista pronuclear

¿Se puede a la vez ser ecologista y estar a favor de la energía atómica? Para Heather Hoff no hay ninguna duda, van incluso de la mano. Esta madre de familia de 43 años, adepta a la bicicleta y a las excursiones, que conduce un auto eléctrico usado, trabaja como redactora de procedimientos en la última central nuclear de California en actividad, la Diablo Canyon Power Plant, que el gobierno del Estado se comprometió a cerrar en 2025. Frente al Océano Pacífico, a mitad de camino entre San Francisco y Los Ángeles, “Diablo” está rodeada de un inmenso espacio natural montañoso, silencioso, donde pastan rebaños de vacas marrones. Sus dos reactores proveen en un paisaje de postal el 10% de la electricidad californiana y más de la mitad de su electricidad descarbonizada, con una ocupación del suelo equivalente a la de una granja grande.

Militando por salvar su lugar de trabajo –en contra de la opinión de su empleador, Pacific Gas & Electric (PG&E)– y por reactivar la energía nuclear en Estados Unidos, Hoff se califica como la “ecologista máxima”, a riesgo de contradecir un fundamento del combate ecológico ya viejo de medio siglo. “No podría hacer nada más útil para el medio ambiente. Al crecer, pensaba militar para salvar a las ballenas y preservar la vida salvaje. Pero apoyar la energía nuclear conduce indirectamente a esas cosas”, explica, en un bar del centro de San Luis Obispo, la ciudad más cercana a la central. Hoff luce alrededor del cuello un pendiente de torio, un metal levemente radiactivo con propiedades fluorescentes, y lleva calcomanías producidas por ella, que distribuye para pegar sobre una computadora portátil o una cantimplora: el eslogan “I U 235”, o un dibujo de corazón alrededor del cual gravitan pequeños electrones. “Cuando las centrales nucleares cierran, son reemplazadas por combustibles fósiles. Admito que me llevó mucho tiempo llegar a esta conclusión”.

En el año 2016 se planteó la cuestión de prorrogar el permiso de explotación de Diablo Canyon, así como de todas las centrales que se acercan a los cuarenta años de servicio. Para sorpresa general, PG&E y el gobierno californiano se pusieron de acuerdo en cerrarla. Como la reglamentación californiana otorga a las energías renovables prioridad sobre la red eléctrica, la central no funcionaría más que a medio tiempo, comprometiendo su rentabilidad, explicó PG&E, una empresa privada, que cotiza en bolsa.

Diablo será la segunda y última central nuclear en cerrar en California después de la de San Onofre, en 2013. Entre esa fecha y 2025, la participación del átomo en el mix eléctrico del Estado debería entonces pasar de cerca del 20% a cero; en el mismo período, el territorio espera triplicar sus capacidades en energía renovable. Cuna de la muy contaminante industria digital (1) (Apple, Google, Facebook, Uber…), California se considera no obstante de buen grado a la vanguardia del combate ecológico. Desde hace varios años, anuncia su intención de dar vuelta la página de la energía nuclear, mientras que se fijó el objetivo de descarbonizar su electricidad de acá a 2045 –como exige una ley del Senado californiano de 2018– y de prohibir la venta de vehículos térmicos a partir de 2035, lo que causará automáticamente una gigantesca demanda adicional de electricidad.

Al considerar absurdo el cierre de la central, en vista a los imperativos de descarbonización y la demanda eléctrica futura, Hoff cofundó, en 2016, la asociación “Mothers for Nuclear” con Kristin Zaitz, una colega directora de ingeniería, en ocasión del Día de la Tierra. La página de inicio de su sitio de Internet, cargado durante su tiempo libre, está llena de fotos de mujeres unidas por la convicción de que la energía nuclear es indispensable para luchar contra el calentamiento climático y garantizar un futuro habitable para sus hijos. En diversos testimonios enumeran sus beneficios –una energía descarbonizada, densa, manejable, con una ocupación del suelo minúscula...–, olvidando cuidadosamente sus inconvenientes. “Casi nadie lucha por la continuación de la explotación de las centrales, y aun menos los ecologistas como nosotros. Sin embargo, son los ecologistas quienes deberían preocuparse más”, recalca Hoff. Considera a la energía solar y a la eólica como aliadas, pero que por sí solas no pueden cubrir las necesidades presentes, y aun menos las futuras, por su débil densidad energética y su carácter intermitente. “La energía eólica y la solar son asombrosas –admite Jennifer Klay, directiva del grupo y profesora de Física en la Universidad Politécnica de California (Cal Poly Tech)–. Pero solo reducen la utilización de la energía fósil cuando el viento sopla y el sol brilla, mientras que la energía nuclear puede reemplazar a los combustibles fósiles las 24 horas del día”. Cerrar Diablo Canyon y prometer reemplazarla a corto o mediano plazo por algo 100% renovable sería, según ella, propio del pensamiento mágico. Para el mix eléctrico de California, Hoff recomienda una “base sólida de energía nuclear”, que al menos cubriría la totalidad de la demanda en las horas de poca actividad. El resto sería producido con energías renovables: hidroelectricidad, energía solar, eólica y geotérmica. Agua escasa Mothers for Nuclear fue fundada en la indiferencia general, sin siquiera un apoyo financiero de la filial atómica. Pero, desde entonces, el calentamiento climático, así como sus riesgos de sequía y de incendios se tornaron la amenaza número uno en California. Las certezas relativas al cierre de Diablo tambalean, y el grupo obtiene ahora apoyos sólidos. Un estudio conjunto de científicos de las Universidades del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y de Stanford, presentado en noviembre último, fue el primer golpe de efecto. Según los autores, prorrogar Diablo por diez años más permitiría reducir las emisiones de carbono en un 10% –y, por lo tanto, la dependencia californiana del gas (2)–. Explotada hasta 2045, Diablo Canyon permitiría ahorrar hasta 21.000 millones de dólares en costos de red eléctrica y ahorrar 364 km2 de tierras dedicadas a la producción de energías renovables. El estudio pregona también utilizar la energía de Diablo para alimentar una planta de desalinización y paliar la falta crónica de agua potable en California. Tiempo después, a comienzos de febrero, setenta y cinco científicos (entre ellos Steven Chu, premio Nobel de Física y ministro de Energía de Barack Obama) firmaron en conjunto una carta implorando al gobernador demócrata Gavin Newsom que extienda la vida de la central: “La amenaza del cambio climático es demasiado real y demasiado urgente como para dar el salto sin reflexionar” –escriben–, ya que cerrar Diablo “tornará mucho más difícil y costoso el objetivo de una electricidad 100% descarbonizada de acá a 2045”. En efecto, el cierre de la central de San Onofre generó un aumento de las emisiones de las centrales eléctricas californianas del 35%, de acuerdo con el California Air Resources Board. A falta de energía hidroeléctrica debido a la sequía crónica, las centrales de gas tomaron ampliamente el relevo para responder a la demanda (3).

Un salto a Europa
Efectivamente, en Washington DC existe un lobby oficial del átomo, el Nuclear Energy Institute, compuesto por compañías de electricidad que poseen centrales nucleares. Pero no todas esas empresas pusieron los huevos en la misma canasta: tienen también centrales de gas o de carbón. “Son entonces ambivalentes en cuanto a la importancia que otorgan a la energía nuclear”, explica Ed Kee, experto en economía de la energía atómica, consultor ante gobiernos y grupos privados y autor de la obra El fallo del mercado (4) (no traducida). Más que de un lobby, se trata de una agrupación de empresas que tienen una mezcla de intereses diferentes y a veces contradictorios. Las Mothers for Nuclear aprovecharon esa imprecisión para hacerse su lugar, por supuesto modesto: seis años después de su creación, el grupo cuenta con 5.600 suscriptores en Twitter. No obstante, fue un alcance suficiente para atraer la atención de una militante ecologista alemana, quien, en septiembre de 2020, contactó a la asociación californiana con el fin de crear una sucursal en Europa. Así, en julio de 2022, las “Mothers for Nuclear” europeas fueron a Estrasburgo para apoyar la decisión del Parlamento Europeo de incluir las actividades nucleares (y gasíferas) en la lista de las “actividades sustentables en el plano ambiental” –para disgusto de los militantes ecologistas del continente–.

Sorprendentemente, el movimiento verde de California no siempre estuvo a contracorriente de la energía nuclear. Así, en los años 60, el átomo era considerado preferible a la hidroelectricidad, acusada de destruir la fauna acuática y de inundar los valles, y el carbón era considerado como la energía del mal menor. Las posiciones varían según las épocas y la percepción de las amenazas. En cambio, una vez que la causa en contra de la energía nuclear fue escuchada, a partir de los años 70, la unión de los ecologistas californianos fue determinante para reducir el alcance de la planta (por ejemplo, inicialmente Diablo debía contar con 6 reactores). En 1981, dos años después del accidente de la central de Three Miles Island, en Pensilvania, dos mil personas fueron arrestadas durante una enorme manifestación (...)

Artículo completo: 4 702 palabras.

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