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La clase media necesita consuelo

En los albores del XX Congreso del Partido Comunista Chino (PCC), una sombra planea sobre China: la de la clase media. Esta última estuvo en el corazón del gran viraje iniciado en los años 1990 y sigue estando en el centro de los desafíos actuales. Los cientos de millones de chinos que la componen (entre 350 y 700 millones según los criterios y las estimaciones) se beneficiaron de las reformas, accedieron a la universidad y a trabajos bien remunerados, garantizaron educación y confort a su hijo único y acumularon patrimonio inmobiliario: el 87% de los matrimonios son propietarios de un departamento y un 20% tienen varios (1). También se beneficiaron de un consumo desenfrenado pero estandarizado, de un estilo de vida nuevo, pero al precio de una competencia de todos contra todos…

Se supone que desempeñan un papel central en la estrategia económica definida por el Partido algunos años antes del ascenso al poder de Xi Jinping en 2012: disminuir la participación de las inversiones extranjeras y la de las industrias de exportación de productos de bajo valor agregado en la economía, e incrementar las de la demanda interna, de la alta tecnología y de las finanzas. ¿Quién puede producir crecimiento a través de su consumo y ocupar los empleos sumamente calificados que necesita la economía china si no es la misma clase media (2)?

También se supone que debe servir de modelo a las clases populares, es decir, a los campesinos. Por ahora, hay una adecuación casi perfecta entre clase media y clase urbana: es la que puede aprovechar las nuevas oportunidades en materia de educación, de empleos y de acumulación patrimonial. No obstante, la única manera de ampliar sus límites es que incorpore a los trabajadores-campesinos (mingong) que se abalanzaron sobre las ciudades para servir de mano de obra al “milagro chino”. Aun así, hay que “civilizar” a esas masas, es decir, en la lógica del poder, iniciarlas en el buen comportamiento, en el buen gusto, en la civilidad. Es la misión que el discurso oficial y el sistema educativo asignan a la clase media (3).

También debe dar el buen ejemplo político. Tiene legitimidad cuando protesta, pero siempre que lo haga moderadamente. Se la invita a participar en el proceso continuo de mejora del “sistema legal”, a condición de no cuestionar el sistema político. Se debe comportar entonces de modo a la vez progresista –en favor de la modernización– y conservador –a fin de mantener la estabilidad–.

“Quedarse en cama”
Este sueño de una medianización casi total de la sociedad, omnipresente en todas las consignas oficiales de “pequeña prosperidad” o de “prosperidad común”, choca con las dificultades económicas actuales, con las contradicciones de la sociedad y con la aparición de otros imaginarios sociales. El fenómeno se observa desde inicios de los años 2000, aunque la pandemia lo acentuó.

Así, la nueva economía tarda en prevalecer sobre la antigua. Sobre todo, ya no permite satisfacer los deseos de ascenso social de la población. Las universidades siguen formando un personal que entra a un mercado de trabajo ya saturado. La economía “tradicional” parece alcanzar sus límites. Las deslocalizaciones de las fábricas chinas o extranjeras se multiplican, y la construcción, que apuntalaba la demanda, entró en una crisis de superproducción. Los potenciales futuros miembros de la clase media están desempleados u obligados a aceptar empleos en las plataformas de comercialización o en el sector de los repartos, mal pagos.

Las posiciones sociales se hacen más rígidas: a los recién llegados les cuesta hacerse un lugar, los advenedizos caminan en círculos. Los ingresos no aumentan, pero las cargas sí. Los precios inmobiliarios explotaron desde fines de los años 1990, obligando a los jóvenes a endeudarse o a sus padres a vender un departamento, si pueden, para financiar esa primera compra. Los gastos de escolaridad de los niños se acumulan tanto para pagar la escuela (pero también los cursos extracurriculares, pese a su prohibición) como para poder vivir en barrios que ofrecen buenos establecimientos escolares, lo que encarece otro tanto los proyectos inmobiliarios.

Además, tener la sensación de pertenecer a la clase media –“la gente bien”– supone responder a ciertas normas del buen (...)

Artículo completo: 2 128 palabras.

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Jean-Louis Rocca

Profesor del Instituto de Estudios Políticos de París, investigador del Centro de Estudios e Investigaciones Internacionales (CERI), autor de The Making of the Chinese Middle Class. Small Comfort and Great Expectations, Palgrave Macmillan, Nueva York, 2017.

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