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“Nada bueno puede resultar de esta guerra”

Los rusos y la operación militar especial

“¿Usted es psiquiatra?”, nos lanza con una carcajada Boris Vyshnievski, diputado de Iabloko (oposición liberal) en el Consejo Legislativo de San Petersburgo. Nos lo cruzamos por casualidad en la calle, apurado y a pie, yendo hacia alguna reunión política mientras intentábamos sonsacarle alguna declaración explicándole el objetivo de nuestras investigaciones: comprender el estado de la opinión pública rusa en estos tiempos turbulentos.

En Rusia, dos institutos de encuestas se dividen la mayor parte del mercado: el Instituto de Estudios de las Opiniones Públicas (VTSIOM), creado por el sociólogo y politólogo Iuri Levada, que se escindió en dos en 2004, tras su nacionalización. Actualmente, el VTSIOM representa la rama estatal que se esforzó por conservar la confianza de las autoridades y los contratos que le procuran los grandes medios de comunicación y la administración del Kremlin, mientras que el Centro Levada, receloso de su independencia, decidió volcarse hacia una clientela más privada e internacional, lo que le vale la etiqueta de “agente del extranjero”. Contrariamente a lo que uno podría imaginarse, sus análisis sobre la cuestión de la operación militar especial coinciden en lo esencial. Desde mediados de marzo, sus resultados confirman el importante apoyo a la intervención armada en Ucrania: cerca de un 75% de respuestas bastante o muy positivas.

Repliegue de los anti-guerra
Entrevistado por videoconferencia, Levada sin embargo mitiga la impresión de unión sagrada. En primer lugar, estas cifras no revelan el número de personas que se negaron a responderles a los encuestadores. “El ambiente no es festivo. La preocupación es alta, estamos lejos del entusiasmo que prevalecía en 2014 [tras la anexión de Crimea] cuando se llegó a hablar de ‘primavera rusa’”. El apoyo se expresa con varios matices: es particularmente alto en las personas que nacieron antes de la perestroika, sobre todo en aquellas que tienen más de cincuenta y cinco años y que se informan a través de la televisión estatal (+10 puntos, con respecto al promedio a fines de agosto). No obstante, entre los de 18-24 años, que son los que están mejor conectados a Internet, el 65% apoya las operaciones militares en Ucrania: dicen que a partir del momento en que el país está en guerra, hay que apoyarlo. Solo una minoría de la población se compromete activamente, organiza colectas de ayuda para los refugiados del Donbás, financia la compra de drones y otros equipamientos destinados a ayudar al ejército ruso, o incluso se presenta como voluntaria para combatir en el terreno. Según las estimaciones del VTSIOM, representan al 1% de los rusos, lo que no deja de ser un millón de personas. Algunas de las regiones más pobres del país, particularmente Chechenia, Osetia y Chuvasia brindan un aporte desproporcionado de voluntarios al ejército y a las empresas de defensa privadas del tipo Wagner.

“El movimiento anti-guerra rápidamente se replegó sobre sí mismo”, nos explica Maria Matskevich, directora de la Asociación de Sociólogos de San Petersburgo. La represión es una de las razones más evidente para explicarlo. Leyes que castigan severamente la “difusión de noticias falsas” amenazan a aquellos que expresarían demasiado claramente una opinión disidente con pesadas penas de encarcelamiento. Por ende, los opositores a la guerra cultivan un perfil bajo, se inclinan a no responder las encuestas, dejan el país. Cerca de 150.000 personas (sobre una población de 144 millones) (1), en su mayoría jóvenes y universitarios, habrían partido hacia Turquía, los Emiratos Árabes Unidos, Armenia o Georgia, con miras a instalarse duradera o provisoriamente.

Las sanciones occidentales, inmediatas, así como los envíos de armas a Ucrania, produjeron un poderoso efecto “bandera”, que aisló e incluso hizo retroceder al movimiento anti-guerra. Valery Fiodorov, director de VTSIOM, observa, en una entrevista para la agencia RIA Novosti que “cerca del 10% de las personas encuestadas cambiaron de postura [las tres o cuatro primeras semanas del conflicto]: una parte de los que estaban en contra o a quienes les costaba contestar dieron un vuelco en favor de la operación. Desde entonces, las cifras cambiaron poco. […] La guerra de la información, que está en su apogeo, no cambia el paisaje radicalmente. Para que estas proporciones se modifiquen sería necesario un acontecimiento de gran amplitud comparable con los acontecimientos de la primavera” (2).

Los otros enemigos
Las sanciones convencieron a una gran parte de la opinión pública de aquello que muchos afirmaban desde 2014: el adversario de Rusia no sería Ucrania sino la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y tras ésta, Estados Unidos. En vísperas de la invasión, el 60% de las personas encuestadas por el centro Levada en relación a las tensiones en el Donbás ya estimaba que la OTAN era responsable de esta situación (únicamente el 14% incriminaba a Ucrania) (3). La hostilidad occidental incitó a los más tibios a solidarizarse con la decisión de Putin. En septiembre, la decisión de los Veinte Siete de complicar el acceso de los rusos al espacio Schengen, tras las decisiones de los países bálticos, de Polonia y de República Checa de cerrarles (...)

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Christophe Trontin

Periodista.

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