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Dos siglos de estigmatización de las barriadas populares francesas

Un espejo de la “prolofobia”

Seine-Saint-Denis es el departamento de Francia metropolitana donde la izquierda obtiene mejores resultados (la Nueva Unión Popular Ecologista y Social ha arrasado allí en las elecciones legislativas). También es el que presenta mayor índice de abstención y pobreza, la mayor proporción de inmigrantes y viviendas sociales…

En época de vacaciones, algunos desembolsan fortunas para cambiar de aires en la otra punta del mundo. Por su parte, Éric Zemmour, periodista y fundador del partido de extrema derecha francés Reconquista, solo necesita un billete de metro. Puede plantarse así en Seine-Saint-­Denis, un departamento a unas pocas paradas de París que, según él, “ya no es Francia”. “Hay islotes franceses –concedía este político tras los incidentes que se produjeron en la final de la Champions Ligue en Saint-Denis el pasado mes de mayo–, pero por lo demás son enclaves extranjeros”, donde alborotan “arrabaleros, ladrones, mangantes y tutti quanti” que “votaron ­mayoritariamente por Jean-Luc Mélenchon” en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2022 (1). También, para Marine Le Pen, ese departamento está “fuera de control”, es una “zona sin ley” en manos de “la chusma”.

En lo tocante a teorías paranoicas, Seine-Saint-Denis ha visto de todo. Desde hace años ejemplifica la más mínima referencia a “la islamización de los suburbios”. Así, en 2015, nada más perpetrarse los atentados del 13 de noviembre, Le Figaro Magazine se embarcaba en una peligrosa investigación titulada “En Seine-Saint-­Denis, entre los salafistas”: “Nuestro reportero se ha sumergido en el corazón de una barriada, en uno de esos semilleros del islam radical que se identifica abiertamente con la Organización del Estado Islámico”, especificaba un titular (2). El semanario volvía a la carga el año siguiente con un largo artículo sobre el “islamismo cotidiano” en Saint-Denis, la principal ciudad del departamento, rebautizada para la ocasión “Molenbeek-sur-Seine”, por el distrito de Bruselas del que eran originarios varios de los terroristas de 2015. En 2017, es el turno del programa “Enquête exclusive” en el canal de televisión M6, que retrata una ciudad aprisionada “entre un creciente comunitarismo y una fuerte delincuencia”; y en 2018, el de los periodistas Gérard Davet y Fabrice Lhomme, que publican un libro ­sobre “la islamización a cara descubierta”: L’islamisation à visage découvert. Une enquête spotlight sur la Seine-Saint-Denis (Fayard). Hasta los medios de comunicación extranjeros se unen a ese coro, como el Daily Mail británico que el 28 de julio de 2018 también publica un reportaje sobre Saint-Denis, “un Estado paralelo donde la lealtad al islam está por encima de la lealtad a Francia”.

Desde hace ya más de treinta años, ese territorio es sospechoso de no pertenecer plenamente a la nación. En 1990, otro periodista, de regreso de un “Viaje al corazón de Francs-Moisins” –la “barriada” más pobre de Saint-­Denis–, ya comparaba este barrio con Argel y el gueto de Los Ángeles (3). Al referirse a la presencia de musulmanes –que se reconocen por el saludo (“una mano llevada rápidamente al corazón y luego a los labios”)–, el periodista expresaba su preocupación por “una intifada a las puertas de París, que lleva a gritar ‘Viva Sadam Husein’”. Seine-Saint-Denis, pues, ha visto muchas cosas.

Miedo a los arrabales industriales
Durante casi dos siglos, los grandes miedos sociales han cristalizado en este territorio, históricamente popular, obrero e inmigrante; un pánico, generalmente creado en los círculos burgueses y parisinos, que termina extendiéndose a amplios sectores de la sociedad. La genealogía de esta estigmatización se remonta al momento cuando el extrarradio de París, en particular su parte norte, que aún no se llamaba Seine-Saint-Denis (4), se cubrió de cientos de fábricas. Ese cinturón industrial y los proletarios que acudían allí a trabajar espantaron enseguida a las autoridades. En 1830, cuando el fenómeno apenas despuntaba, el prefecto del Sena, Gaspard de Chabrol, advirtió al rey Luis Felipe: “Sus prefectos de Policía permiten que un anillo de fábricas bloquee la capital. Sire, será la cuerda que un día lo estrangulará” (5). El miedo a los arrabales industriales atenazará a la burguesía de la capital durante casi un siglo.

Los lindes urbanos, por entonces concebidos como espacios de relegación donde París expulsa las funciones que considera indeseables (cementerios, hospicios, campos de abono, fábricas…) son percibidos como lugares sucios, malsanos, nauseabundos, cuyo aire viciado pervierte a sus habitantes. Los “suburbios negros”, con sus espesas humaredas, sus cuchitriles sombríos, sus caminos enfangados, repugnan a la gente de buena educación, orgullosa de sus tesis higienistas (6). “Huele a Aubervilliers”, se bromeaba en el París de finales del siglo XIX cuando malos olores recorrían la capital. A veces Saint-Denis recibía el apodo de “Saint-Denis-Hollín” (“Saint-Denis-la-Suie” en francés), como en ese poema de Fabrice Delphi, de 1907: “Sí, el hollín que extiende su dominio/ y que da a nuestra pobre Saint-Denis,/ por lo que me han dicho antaño tan blanca,/ una innoble tez de mulata” (7). Para analizar los efectos de esta suciedad sobre el alma humana, médicos e “investigadores sociales” son enviados in situ y regresan con el mismo (...)

Artículo completo: 2 548 palabras.

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Benoît Bréville

Jefe de redacción adjunto de Le Monde diplomatique, París.

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