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El gran enfrentamiento bélico europeo del siglo XIX

Marx y la “cuestión de Oriente”

Uno de los temas que dominó la actividad periodística de Karl Marx en los años 1853-1858 fue la Guerra de Crimea, sus repercusiones sobre la política exterior de las grandes potencias y sobre la política interna de Gran Bretaña. Sus artículos consagrados a la táctica y a la estrategia militares durante el sitio de Sebastopol fueron particularmente destacados.

Actualmente, la fascinación por esta guerra es difícil de comprender. Si aún evoca algo, a lo sumo es el poema de Alfred Tennyson, “La carga de la Brigada Ligera”, mientras que las operaciones militares propiamente dichas, desencadenadas por una misteriosa “cuestión de Oriente” en los márgenes del mundo europeo y que culminaron sin ningún resultado, parecen tan cuestionables como carentes de interés.

Sin embargo, este acontecimiento fue el primer enfrentamiento entre las grandes potencias europeas desde la derrota final de Napoleón en 1815. Las guerras napoleónicas habían desembocado en un conflicto generalizado y total, y generalmente se presumía que una nueva confrontación militar no se limitaría a combates limitados que enfrentarían a Rusia y a Inglaterra en las orillas del Mar Negro, sino que se extendería hasta convertirse en un conflicto a escala del continente, que implicaría a todas las potencias.

Para los revolucionarios en el exilio, tal perspectiva tenía un significado particular. Ya en 1830, el líder de los refugiados políticos polacos, el conde Adam Jerzy Czartoryski, anhelaba una guerra que enfrentara a las potencias liberales, Inglaterra y Francia, a la potencia conservadora, Rusia, en torno a la cuestión del Imperio Otomano, cuyo estatus presente y futuro constituía lo que se llamaba la cuestión de Oriente. Tal guerra, pensaba, conduciría a liberar a Polonia de la opresión zarista (1). Marx compartía las esperanzas del conde sobre el potencial político de una guerra contra la Rusia zarista.

Expandir el conflicto
En 1848-1849, había obstinadamente llamado a la guerra revolucionaria contra Rusia. La veía en gran parte como una continuación de la Revolución Francesa, apta para sublevar a una Francia revolucionaria, ayudada por insurgentes de otros países europeos, contra todas las grandes potencias, unidas en una coalición contra-revolucionaria.

Dadas las crecientes esperanzas de Marx, la Guerra de Crimea no podía provocarle más que una enorme decepción. No fue llevada a cabo por un gobierno revolucionario sino por el régimen autoritario de Napoleón III y por un gobierno inglés de coalición compuesto de aristócratas Whigs (2) y de conservadores moderados. Tales poderes no iban a inmiscuirse en un conflicto a gran escala y menos aun en una guerra revolucionaria.

Cuando estalló la guerra en octubre, Marx le reprochó a los británicos y a los franceses no combatir realmente, sino más bien buscar la paz por medio de una mediación austríaca que, básicamente, habría garantizado las exigencias de Rusia y abandonado a su aliado turco a su suerte entre las manos del zar. Engels y él afirmaban obstinadamente que, si las potencias occidentales no expandían el conflicto más allá del Mar Negro, las fuerzas del zar, muy superiores, les infligirían una derrota humillante. Aún en el verano de 1855, mientras que los ejércitos británico y francés, que asediaban Sebastopol, ya se habían apoderado de una parte de la línea exterior de las fortificaciones, Marx y Engels seguían subrayando que la posición de Rusia y sus perspectivas de victoria eran superiores (3).

De cierto modo, los escritos de Marx concordaban con una ola general de la opinión pública inglesa. En Londres, el (...)

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Jonathan Sperber

Historiador. Autor de Karl Marx, homme du XIXe siècle, Piranha, París, 2017, del que fue extraído este texto.

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