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Medidas para hacer frente a la guerra

Sanciones de doble filo

Al creer que podría derrocar rápidamente el régimen ucraniano, Moscú sobreestimó sus fuerzas armadas. Pero los errores de cálculo del Kremlin tienen su contrapartida en Occidente.

Unos meses atrás, los líderes europeos querían creer que “la guerra económica y financiera total” lanzada contra Moscú sería un paseo. “Rusia es un país muy grande y un pueblo muy grande, […] pero apenas supera el PIB de España”, señalaba el comisario de Mercado Interior de la Unión Europea (UE), Thierry Breton, en la radio RTL el 1° de marzo, al tiempo que aseguraba que su “impacto será leve” en Europa. Seis meses después de la primera ronda de sanciones occidentales, la economía rusa se resiente, pero el colapso no se ha producido. El Fondo Monetario Internacional (FMI) preveía una recesión del 8,5% en marzo. El Banco Mundial habla ahora de una caída del 4% del PIB. A este ritmo, la riqueza del país está lejos de “reducirse a la mitad”, como lo anunció el presidente estadounidense Joseph Biden el pasado 26 de marzo en Varsovia ante una multitud de polacos.

Por su parte, la UE enfrenta una inflación de dos dígitos, impulsada por los precios estratosféricos de la energía. A fines de septiembre, Francia liberó el equivalente al presupuesto nacional de educación para financiar medidas de apoyo al poder adquisitivo; Berlín triplicó esta cantidad con un plan para salvaguardar su industria por un valor de 200.000 millones de euros. En el Reino Unido, donde el alza de precios podría alcanzar el 20% a principios de 2023, un movimiento social en los ferrocarriles por un alza de salarios está paralizando el país. Para moderar las facturas de gas y electricidad de los hogares británicos, el gobierno gastará 15.000 millones de euros, una medida que forma parte de un esfuerzo presupuestario que asciende al 6,5% del PIB (1). Esto no incluye las entregas de armas ni la ayuda financiera a Ucrania, que, según el FMI, necesita 7.000 millones de dólares mensuales para hacer funcionar su gobierno.

Rentabilidad en rojo
Con la crisis energética como telón de fondo, algunos sectores ya afectados por las alteraciones causadas por la pandemia (química, siderurgia, producción de fertilizantes o de papel) funcionan a media máquina o cierran: al ser demasiado intensivos en energía, su rentabilidad está en rojo. Algunos grupos anunciaron que quieren trasladar su producción a Vietnam, al Magreb o… a Estados Unidos. Este último aumentó en un 63% sus entregas de gas natural licuado, vendido a un precio alto a Europa y al Reino Unido para sustituir el producto ruso (2). Sesenta empresas alemanas, entre ellas Lufthansa, Aldi, Fresenius y Siemens, se ven tentadas de trasladar parte de su producción a Oklahoma, cuyo gobernador elogió sus ventajas comparativas ante los inversores en las columnas del periódico económico Handelsblatt.

El 3 de octubre, sin embargo, la diputada Aurore Bergé felicitó a su jefe Emmanuel Macron por su balance al frente de la Unión Europea: “Nuestra presidencia ha alentado (sic) la idea de la autonomía estratégica europea”. Ante el desastre que se anuncia, la expresión podría prestarse a burla. Porque la (relativa) unidad europea alabada por la diputada de la mayoría solo se corresponde con su alineación con los objetivos e intereses de Washington. ¿Una estrategia deliberada o un error de cálculo?

La conmoción de la invasión explica en parte esta ceguera: enseguida después del ataque, Berlín suspendió definitivamente la apertura del gasoducto Nord Stream 2, que Washington llevaba años exigiendo. Pero este movimiento se vio facilitado por la estrecha colaboración orquestada por la Comisión Europea entre ambos lados del Atlántico. Según una investigación de Financial Times (3), el gobierno del presidente Joseph Biden pasó “entre diez y quince horas semanales al teléfono o en videoconferencia con la Unión Europea y los Estados miembros” entre noviembre de 2021 y febrero de 2022, fecha de la invasión, para elaborar un paquete de sanciones previendo una posible invasión. Bjoern Seibert, jefe de gabinete de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen, ocupó un rol clave en la gestión del expediente, yendo y viniendo entre Washington y los Estados miembros. “Nunca en la (...)

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Hélène Richard

De la redacción de Le Monde diplomatique, París.

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