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A los industriales de Karachi no se les puede negar nada, o casi nada

Capitalismo a mano armada en Pakistán

Situada en las lindes de la zona industrial de Landhi, en el sudeste de Karachi –la capital económica y financiera de Pakistán–, Green Park City es una residencia cerrada de construcción reciente. Raro islote de verde, en esta periferia industriosa y densamente poblada, ofrece a sus habitantes el privilegio de un parque cuidadosamente mantenido, flanqueado de inmuebles de hermosa factura al pie de los cuales se estacionan sus camionetas rutilantes. Reproduciendo los códigos del hábitat de elite, aloja a las familias de los self-made men de la industria local, de los agentes reclutadores que les proveen mano de obra y de los gerentes surgidos de la clase obrera, que progresivamente pudieron ir subiendo los escalones. Si la infraestructura del barrio no está siempre a la altura de sus ambiciones –su red eléctrica falla tanto como la de los barrios populares que lo rodean–, su insolente prosperidad da testimonio de las perspectivas de ascenso social en el rubro textil y de la vestimenta, joya de la industria paquistaní.

Bilal Khan* (1) forma parte de esos trabajadores que pudieron ascender. Nos recibe en un amplio departamento, amoblado con sobriedad, un día de mayo de 2022. Entre dos tragos de kahwa, una preparación de té verde que toman los pashtunes de Pakistán, vuelve sobre su recorrido ejemplar. Originario de la región de Dir, en el noroeste del país, creció en Karachi y pasó ahí su matriculación – el certificado que señala el final de la escuela secundaria–. Tenía apenas unos quince años cuando logró que lo contraten. Habiendo comenzado como un simple ayudante, lo más bajo de la escala dentro de una fábrica textil, ocupa ahora, a los 43 años, el puesto de director de producción dentro de una de las mayores empresas de confección de prendas de vestir del país.

Negocios en la pandemia

Debe este éxito a su ahínco en el trabajo, pero también, y sobre todo, a sus relaciones con los partidos políticos, sin cuyo sostén es imposible hacer marchar su fábrica. Durante tres décadas, aproximadamente de 1985 a 2015 (ver recuadro), Karachi estuvo, en efecto, bajo el control de esos partidos que están militarizados y controlan el acceso a los principales servicios urbanos (agua, electricidad, transporte…). Las actividades coercitivas de estos partidos –cuyos miembros garantizan que se conserve el orden dentro de las fábricas–hacen de ellos socios imprescindibles.

Khan no para de hablar respecto del modo en el cual esta industria, volcada a la exportación, pudo superar el obstáculo de la pandemia de Covid-19, que resultó en el cierre de fronteras y la caída de las ventas internas. Desde 2020, se abrió bruscamente un nuevo mercado a escala planetaria: los equipos de protección individual. Las grandes empresas se abalanzaron allí: “Firmamos un gran contrato con los estadounidenses para fabricar máscaras, delantales, todo ese tipo de cosas. En lo personal, supervisé la producción de al menos un millón de máscaras y delantales”, confía Khan. Esta producción se benefició del apoyo de la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID), que brindó ayuda a nueve empresas para que acondicionen su entorno de trabajo y luego obtengan las certificaciones necesarias para la exportación. En el lapso de algunos meses, se implementó una nueva cadena de suministros mundial con la colaboración de importantes medios aéreos, tanto civiles como militares.

No obstante, fue el Estado paquistaní quien hizo el aporte financiero más grueso a través de su Banco Central, para reforzar y modernizar el aparato de producción. Además, su estrategia de confinamientos localizados y limitados en el tiempo facilitó la conquista de segmentos del mercado en detrimento de competidores indios, chinos y bangladesíes, confrontados a restricciones sanitarias prolongadas. La rama textil, que emplea a 15 millones de personas y contribuye al 8,5% del Producto Interno Bruto (PIB), salió así fortalecida de la crisis: las ventas en el exterior, que representan más de 60% de las exportaciones paquistaníes totales, batieron todos sus récords en 2021–2022 (19.000 millones de dólares).

Mortífero incendio

Este crecimiento corre el riesgo de verse comprometido por el alza de los precios del algodón después de las terribles inundaciones del verano de 2022, así como por una escasez de energía agravada por la estampida de los europeos sobre el gas natural licuado (GNL) (2). Algunos dueños de empresas se preocupan además por las recaídas económicas y sociales de la inflación, cuya tasa anual alcanzaba el 26% en octubre de 2022. Director de una de las mayores marcas de prêt-àporter del país y heredero de una gran familia de empresarios de Karachi, Zahid Memon*, teme incluso un escenario estilo Sri Lanka, en referencia a las movilizaciones que sacudieron la isla en el transcurso del verano de 2022 (3).

El capitalismo industrial paquistaní dispone sin embargo de sólidos recursos inmunitarios frente al desorden que viene. En efecto, su capacidad para superar las crisis a lo largo de su historia no se explica solamente por su facultad de adaptación ni tampoco por las ayudas financieras públicas. Depende sobre todo de la presencia de un aparato represivo pletórico y de la tolerancia de las autoridades civiles y militares respecto de las prácticas ilegales de la patronal (violaciones del derecho del trabajo y de las normas de seguridad, no pago de las horas suplementarias, despidos arbitrarios…), en nombre del carácter “estratégico” de ese sector. Aguerrida por tres décadas de conflictos urbanos, la industria textil de Karachi constituye la forma más lograda de este capitalismo a mano armada.

El 15 de mayo de 2022, pese a la canícula que hizo estragos, la Federación Nacional de Sindicatos (NTUF) convocó a manifestar contra estos métodos ilegales. Contrariamente a lo que podría dejar pensar su nombre, esta organización se emparenta menos con una central sindical que con una ONG que defiende los derechos de los trabajadores ante los tribunales o ante la opinión pública. Ese día no había una multitud frente al Club de la Prensa, principal lugar de reunión en Karachi: algunas decenas de obreros y adherentes a la NTUF, así como un puñado de militantes de su organización hermana, la Federación de los Trabajadores domiciliarios (HBWWF). Los oradores se suceden en el megáfono, pero sus palabras quedan ahogadas en gran parte por el sonido más potente de otro grupo de manifestantes –por la causa palestina–. Esta reunión sindical está hecha a imagen y semejanza del movimiento de derechos de los trabajadores en el país: es exangüe y poco audible.

Los militantes de la NTUF se niegan, no obstante, a bajar los brazos. Sus dos mascarones de proa, Naseer Mansoor y Zehra Khan, luchan en todos los frentes. Mientras aportan ayuda jurídica a los obreros despedidos abusivamente, o a aquellos que se esfuerzan por hacer reconocer su sindicato, se ubican también en la cabecera de las víctimas de accidentes industriales –como las familias de los 255 obreros y obreras muertos, el 11 de septiembre de 2012, en el incendio de la fábrica de prendas de vestir Ali Enterprises. Si las causas inmediatas de la catástrofe siguen siendo controvertidas (¿cortocircuito o incendio criminal?), el no respeto de las medidas de seguridad sin duda contribuyó a hacer más gravoso su balance humano. Esa fábrica producía jeans para el grupo alemán Kik y el juicio relacionado con ese incendio industrial –el más mortífero de la historia mundial– es también un juicio a las cadenas de valor globalizadas. La campaña de movilización trasnacional animada por el (...)

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Fawad Hasan & Laurent Gayer

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