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El despliegue de estrategias y medios de comunicaciones

Guerra de ondas en el continente africano

Estambul, 25 de mayo de 2022. Decenas de diplomáticos y de periodistas, procedentes de cuarenta y cinco Estados, participan en la Primera Cumbre Turquía África dedicada a los medios de comunicación. El objetivo declarado es el de “reforzar la imagen de las dos partes y su cooperación bilateral”. En esta ocasión, Fahrettin Altun, el director de Comunicación de la presidencia turca, lamenta que su país figure entre aquellos que “sufren mayor difamación y campañas engañosas”. Con el fin de remediarlo, anuncia la creación, “lo antes posible”, de una “plataforma digital” destinada al África francófona. Se trataría de un sitio de Internet vinculado a la empresa pública Radio-Televisión de Turquía (TRT).

Ankara piensa reforzar así su presencia mediática en África, donde la agencia de prensa Anadolu dispone ya de oficinas regionales en Adís Abeba (Etiopía) y en Abuja (Nigeria), así como corresponsales en Kenia. Su expansión en el continente debería seguir con la anunciada apertura (sin precisión de fecha) de oficinas en Jartum (Sudán), en Mogadiscio (Somalia) y en Johannesburgo (Sudáfrica). Además, la TRT, que propone programas en hausa y en suajili desde 2014, debería extender aun más su oferta bajo la marca “TRT Afrika”. Medios privados de comunicación turcos también están activos en África con el apoyo del poder. Así, desde 2017, Natural TV, una cadena de televisión, emite a través de satélites emisiones de entretenimiento, y series de televisión particularmente populares, en dieciocho países del África subsahariana, entre ellos Benín, Burkina Faso, Senegal, Nigeria, Ghana y Níger.

El soft power

Este crecimiento coincide con la intensificación de las relaciones económicas y políticas entre Turquía y el continente africano. En veinte años, los intercambios comerciales anuales pasaron de 5.000 a 25.000 millones de dólares. La compañía Turkish Airlines ahora presta servicio a sesenta y dos aeropuertos en el continente, más que cualquier otra compañía extranjera. El país se convirtió en un socio privilegiado en la venta de equipamiento militar y en la industria de la construcción. Turquía dispone actualmente de cuarenta y tres embajadas en el continente, contra doce en el 2000; su Agencia de Cooperación actúa en veintidós países. En el transcurso de las dos últimas décadas, señala el politólogo Jean Marcou, Turquía “se convirtió en un socio ineludible de numerosos países del continente, al punto de inquietar a otras potencias como Francia” (1).

En efecto, al igual que Pekín o Moscú, Ankara despliega una estrategia de comunicación destinada a sumar puntos en “un contexto de intensificación de las rivalidades que involucran a potencias establecidas y a potencias emergentes”, como explica John Calabrese, investigador del Middle East Institute, un grupo de reflexión estadounidense, quien precisa que “los esfuerzos turcos de conquista del mercados, de proyección de influencia y de aumento del estatus y del prestigio nacional en África son el ejemplo de ese contexto competitivo” (2). Al hacerlo, el gobierno de Recep Tayyip Erdogan recurre a herramientas clásicas de política exterior. En efecto, los medios de comunicación (radio, televisión y agencia de prensa) ocupan un lugar central en el arsenal utilizado por las potencias para defender sus intereses económicos o políticos en el mundo. “Según los períodos y las técnicas elaboradas señala el politólogo Philippe Boulanger–, los Estados siempre se sirvieron de los medios de comunicación para afirmar[se] [...] en las rivalidades de poder internacionales, sean estas políticas, económicas o culturales. Los medios de comunicación son instrumentos al servicio de sus objetivos cuyo primer fin es orientar la opinión pública de los países extranjeros a su favor. En los regímenes autoritarios, la relación medios de comunicación-poder sigue una misma línea política. En los regímenes democráticos, parece más sutil” (3). Financiados generalmente por fondos públicos, juegan un rol destacado en las estrategias llamadas de “soft power” y “se han convertido en soportes políticos de influencia de los Estados a lo largo de todo el siglo XX, así como en una estrategia de atracción en la escena internacional. Desde los años 2000, esta tendencia [...] se reforzó con el fin de visibilizar una posición de potencia” adquirida o en ciernes, explica también Boulanger.

Esta batalla mediática es el corolario de una verdadera estampida internacional hacia el continente, la tercera de su tipo en la historia – la primera tuvo lugar entre 1880 y 1914, cuando la porción de los territorios colonizados pasó del 10% al 90% del territorio; la segunda corresponde a la Guerra Fría, cuando los dos bloques obligaron a los países a elegir su bando–, y tal vez la más destacada por el lugar central que juegan en ella los países emergentes. Entre 2010 y 2016, más de trescientas veinte embajadas extranjeras abrieron en África; un crecimiento jamás registrado en ningún lugar del mundo. Entre 2003 y 2018 (fecha de la elección de Jair Bolsonaro), Brasil abrió representaciones en veintinueve Estados, la mayoría al sur del Sahara. Las cartas comerciales también se volvieron a barajar, India sustituyó a Francia en el trío a la cabeza de los socios del continente en 2018, junto a China y Estados Unidos (4). En el plano militar, de un tiempo a esta parte, China celebró acuerdos con cuarenta y cinco países del continente y Rusia con diecinueve desde 2014.

Erdogan realizó cincuenta y ocho viajes a treinta y dos capitales africanas desde 2003. Con la movilización de su Presidente, Ankara sigue los pasos de Pekín. En efecto, la estrategia china de influencia mediática en África –que ha sido una fuente permanente de ansiedad, particularmente en los medios de comunicación y en los laboratorios de investigación estadounidenses (5)– lleva la impronta de una decisión política al más alto nivel desde los primeros viajes del presidente Hu Jintao hace 20 años. En 2016, su sucesor, Xi Jinping, mencionaba particularmente la necesidad para el país de “crear gigantes de los medios de comunicación que dispongan de una influencia internacional con el fin de presentar mejor a China al resto del mundo” (6). Los medios de comunicación chinos comenzaron a instalarse en África a finales de los años 50 con el lanzamiento de Radio Pekín (primero en Egipto en 1956, y luego en Ghana en 1958), que proponía una línea editorial indulgente hacia los movimientos de descolonización. Se hizo más discreta a partir de 1966 y del lanzamiento de la Revolución Cultural en China y durante toda la Guerra Fría, antes de vivir una aceleración poco después de la celebración, en 2006, del “año de África” por parte de Pekín. Radio China Internacional (RCI), que sucedió a Radio Pekín, lanzó entonces su primera estación de banda FM en Nairobi, Kenia, y comenzó a emitir programas en mandarín, en inglés y en suajili, una lengua que cuenta con alrededor de 200 millones de hablantes en la región de los Grandes Lagos africanos. El Imperio del Centro apunta ahora al Sahel. “La instalación de repetidoras en frecuencia modulada de RCI en Senegal, en Mauritania y en Níger es el resultado de un largo proyecto del poder chino, cuyo objetivo declarado es el de ‘reforzar la competitividad en lo internacional y el poder de influencia de la cultura china’ y mejorar el soft power del país”, analiza la investigadora Selma Mihoubi (7).

A su lado, la agencia de prensa oficial Xinhua cuenta con treinta y una oficinas en el continente, siete más que en 2010. Desplazó hacia Nairobi a su personal respectivo, hasta entonces instalado en París. En 2012, el canal público China Central Television (CCTV), convertido en China Global Television Network (CGTN), se instaló en la capital de Kenia, en el momento en que China Daily, el periódico chino en lengua inglesa más difundido, eligió domicilio en Johannesburgo, Sudáfrica (8).

Confianza en operadores locales

Las colaboraciones entre las emisoras chinas y los medios de comunicación africanos pasan principalmente por la agencia Xinhua –cuyos contenidos son retomados por decenas de medios de comunicación del continente– y por la CGTN, cuyos programas son emitidos por las televisiones públicas en Kenia, en Liberia o en Sudáfrica. Constituyen lo que los funcionarios en Pekín asimilan al “préstamo de un barco para llegar al mar”. Esta imagen, atribuida a Wang Gengnian, director de RCI, nos hace pensar en cierto pragmatismo, y hasta oportunismo, por parte de Pekín, que confía en los (...)

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André-Michel Essoungou

Autor y funcionario internacional.

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