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Un asunto antropológico, ético-político y ciudadano

Recuperar la esperanza

Recuperar la esperanza significa la posibilidad de levantar las miradas para problematizar los diversos discursos emergentes, respecto a que Chile está atravesando una crisis sistemática donde se complican las dimensiones económicas, políticas, sociales, ambientales, entre otras. A esto se une como un eje relevante, la constatación que los avances ciudadanos que se pudieron visibilizar en la revuelta social, liderados por los movimientos estudiantiles, feministas, No más AFP, entre otros, han retrocedido abruptamente luego que se impusiera la opción ‘Rechazo’ en el plebiscito de salida para una nueva Constitución.

En este contexto la pregunta que se levanta es ¿qué se puede esperar?, pues, como señala Ana María Devaud “nos invade el desaliento marcado por una inexplicable decisión popular, en contra de sus propios intereses”(1). Pareciera que cada vez que Chile pretende fracturar el sistema neoliberal -como el cambio sistémico que quiso impulsar Salvador Allende- surge el temor provocado por campañas del terror en manos de las oligarquías más poderosas del país que levantan sus voces para mantener el statu quo de la concentración del poder económico, desprestigiando y diluyendo los movimientos sociales y populares. La palabra articulada con fines e intereses particulares de unos pocos, que temen por la permanencia y estabilidad de sus intereses, suele disfrazarse con traje de interés popular, apareciendo mil y una observaciones respecto de los riesgos que el cambio implica para la estabilidad social y política.

Los discursos oligárquicos en esos momentos se cargan de la habilidad de hablarle al pueblo con su propio lenguaje, insertando vocablos como democracia, interés por lo propio, cuidar el esfuerzo, entre otros, lo que nubla la posibilidad de la construcción de nosotros/nosotras, en función del miedo y el caos. Es un discurso diseñado para que no resulte ajeno, por lo que subjetiva con bases creíbles y fundamentadas, fundiéndose en una narrativa que se hace propia, sin asomos de resistencia. Es que como diría Lazzarato (2002) se constituye en una técnica de control biopolítica “en donde no es necesario imponer, sino que los individuos se someten voluntariamente a través del control y sujeción de su tiempo de la vida”(2). Como no es distinguible la narrativa ajena, la resistencia se desarticula y la acción social colectiva se debilita.

Ánimo optimista

Es decir, el discurso no solo hace retroceder la posibilidad o intentos de agrietar o caducar el modelo neoliberal y sus bases, sino que, además hábilmente apunta al eje neurálgico del proceso democrático, la desarticulación del tejido social, mediante cantos de sirena hábilmente expresados. El resultado es peligroso, ya que aparecen como baluarte de la estabilidad social, la seguridad del progreso individual basado en el esfuerzo propio, desagregando cualquier posibilidad de cambio social con lógicas colectivas.

Frente a este escenario de aparente derrota, uno de los caminos posibles es recuperar la esperanza como un asunto antropológico, ético-político y ciudadano.

Así, es necesario considerar la dimensión antropológica porque la esperanza se define como un estado de ánimo optimista en el cual aquello que deseamos o aspiramos nos parece posible(3). Por lo tanto, se trata de una actitud del sujeto que dinamiza su fortaleza, donde es capaz de levantarse, enfrentar y desafiar la realidad que es hostil y sobreponerse a través de decisiones que le permiten volver a arriesgarse en el camino de la vida a través de rutas inéditas.

Lo opuesto a la esperanza es el abandono, el miedo, el abatimiento y el desánimo, en tanto actitudes individuales y colectivas que acortan la mirada, que enlentecen el paso, que jibarizan la creatividad y la visión de reformar a partir del acervo de experiencias, conocimientos y prácticas que han permitido los avances efectivos de reconstrucción.

Las concepciones de esperanza se han tensionado a lo largo de la historia. Así, por ejemplo, el filósofo Friedrich Nietzsche, señala que la esperanza “es el peor de los males porque prolonga el suplicio de los hombres”(4); con esta expresión, critica una actitud estática del ser humano que espera que otro alcance sus expectativas sin hacerse protagonista de la historia y, por tanto, inmovilizándolo a caminar hacia el horizonte del cambio social. En contraposición a esta definición negativa de la esperanza, Aristóteles indica que “la (...)

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Sonia Brito, Lorena Basualto, Andrea Comelin y Katia García

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