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2023: Romper el silencio, recuperar el pasado

Construir el futuro

El movimiento estudiantil forma parte de la historia de Chile. Quienes hoy nos hacemos parte de la dirigencia universitaria lo hacemos bajo la conciencia del enorme peso histórico que cargamos sobre nuestras espaldas. La Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, que durante este año nos toca encabezar, se apronta a cumplir 85 años de existencia ininterrumpida. Por las calles y plazas que rodean a nuestros campus han pasado revueltas, movilizaciones, crisis, revoluciones, contrarrevoluciones; décadas de ruido y de silencio; pero nuestra Federación ha estado siempre ahí.

¿Cuál es, en fin, el sentido de la movilización estudiantil hoy? Quizás hace diez años estaba más claro de lo que está ahora. Pero hoy, no es fácil aventurar una respuesta. No cuando la contingencia nos impone nuevas victorias y derrotas, nuevos amigos y enemigos, nuevos debates y discusiones. “Nos irrita un estado de cosas que no puede contar con nuestra aprobación, pero todavía más no saber cómo identificar ese malestar, a quién hacerle culpable de ello y a quién confiar el cambio de dicha situación”(1).

En esa meseta brumosa se ubica hoy el movimiento estudiantil. Las manifestaciones estudiantiles del 2011 quedaron marcadas en la historia de nuestro país como un punto álgido de la movilización ciudadana, donde las banderas alzadas por las federaciones estudiantiles de ese entonces convocaron no solamente a los suyos, sino que trascendieron generaciones, territorios y visiones de mundo. Muchas de nosotras y nosotros, hoy líderes estudiantiles, observamos con atención y admiración el fenómeno que se desarrolló en esos años y nos propusimos trabajar para continuarlo. Somos los mismos que ahora nos cuestionamos la desmovilización estudiantil que vivimos luego de una emergencia sanitaria y un proceso constituyente fracasado.

Las movilizaciones de 2011 no ocurrieron por azar, ni porque un día grupos de estudiantes autoconvocados hayan hecho asambleas para volcarse a las calles sin más guía que su propio malestar. Sucedieron porque existía organización. O en plural: existían organizaciones. Por una parte, federaciones universitarias razonablemente capaces de gestionar las demandas de la base estudiantil y proyectarlas a escala nacional, con legitimidad interna y externa, en articulación con otras federaciones con características similares a lo largo del país. Por otra, una legión de colectivos, movimientos, organizaciones políticas, disputando espacios de representación estudiantil, realizando acciones de activismo y formando cuadros políticos. Todas estas instancias de asociación colectiva permitieron multiplicar las expresiones de propuesta y movilización.

Miles de estudiantes sostuvieron en sus hombros una multiplicidad de orgánicas que, (…)

Artículo completo: 1 369 palabras.

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Sabina Orellana

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