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“El sistema se derrumba ante nuestros ojos”

Finanzas, la rueda cuadrada

La quiebra de la institución californiana Silicon Valley Bank (SVB), el pasado 10 de marzo, conlleva una impresión de déjà-vu: desplome de las bolsas, llamados a la calma, rescate de inversores arriesgados, promesas de investigaciones en profundidad. Arrastre o no el hundimiento de SVB al resto de la economía, una cosa es cierta: 15 años después de la quiebra de Lehman Brothers, todo parece volver a empezar.

Cuando un líder político repite una obviedad, es justo dudar de ella. Por lo tanto, oír al ministro de Economía y Hacienda de Francia, Bruno Le Maire, explicar el pasado 13 de marzo que “todo iba bien” para los bancos franceses tras otra quiebra bancaria en Estados Unidos probablemente “contribuyó a convencer” a los actores del mundo financiero de lanzarse a los botes de rescate.

Tres días antes, Estados Unidos sufrió la mayor quiebra bancaria desde 2008: la del Silicon Valley Bank (SVB), una entidad especializada en la financiación de start-up. Tras un fin de semana de negociaciones entre las autoridades políticas y monetarias estadounidenses, todas las miradas se volvieron hacia el mundo financiero por temor a una réplica. Ante las cámaras, Le Maire intentó inspirar confianza y serenidad. Pero el rictus es tenso: “¡Cálmense!”, dijo a los inversores. “Cálmense y miren la realidad. La realidad es que el sistema bancario francés no está expuesto. No hay ningún vínculo entre las […] situaciones” francesa y estadounidense. Y el dirigente francés concluyó, a la manera de un bombero cuya manguera escupe bencina: “Los bancos franceses no corren ningún riesgo”.

Un banco distinto

Cuando el viento de pánico sacude las bolsas del mundo entero, los líderes políticos ofrecen las explicaciones habituales. En primer lugar, SVB no era un banco como los demás. “No era la típica atmósfera de Wall Street, con tonos ásperos y mangas de camisa arremangadas sobre los antebrazos. Trabajar en SVB se parecía más a trabajar para una empresa del sector tecnológico que para un banco”, declaró un ex empleado de SVB al Financial Times (1). En otras palabras, como SVB tenía una cultura diferente a la de los bancos habituales, sus dificultades serían necesariamente diferentes a las de otras instituciones. Por desgracia, en el momento de la publicación del artículo del Financial Times, la quiebra de SVB ya había obligado al banco central suizo a intervenir para evitar que el Crédit Suisse –un banco perfectamente tradicional– implosionara antes de que se imponga su compra por parte del gigante UBS.

La segunda manera de explicar la crisis es que se desprende del comportamiento reprobable de individuos cuyos hombros se asemejan pronto a los de Atlas. En 2008, el trader Jérôme Kerviel y el financista Bernard Madoff encarnaban así, a ojos de los medios de comunicación, las “derivas” de un sistema por lo demás inmaculado. Pocos días después de la quiebra de SVB, la justicia estadounidense abrió una investigación contra los directivos de la empresa, mientras que el banco central de ese país, la Reserva Federal (FED), anunciaba un ejercicio de introspección destinado a entender “cómo pudo dejar que el banco se hundiera” (2).

Lo más probable es que los resultados de estas investigaciones hagan menos ruido que su anuncio. Porque mientras los expertos se pelean –¿habrá contagio?, ¿es un nuevo “2008”?–, los líderes estadounidenses y europeos eluden el hecho más importante: ocurra mañana o más adelante, una nueva gran crisis se ha vuelto posible, por no decir inevitable. Y no por “disfunciones” periféricas al sistema, sino por los desequilibrios propios de su funcionamiento rutinario. Estos desequilibrios colocan a los bancos centrales, punto de cristalización de todas las contradicciones del sistema, en la posición de un operador encargado de hacer girar una rueda cuadrada.

Contorsiones ideológicas

Decimosexto en la lista de bancos estadounidenses, SVB sucumbió a un acontecimiento bastante habitual en la historia de las quiebras bancarias: una corrida bancaria, es decir, un retiro masivo y brutal de fondos por parte de sus clientes al que no pudo hacer frente. Pero el sistema bancario está ahora tan estrechamente entretejido que un acontecimiento trivial amenaza a todo el conjunto. Temiendo el contagio, las autoridades monetarias decidieron cerrar SVB el 10 de marzo y, dos días más tarde, Signature Bank, especializada en criptomonedas. El Tesoro estadounidense anunció entonces que movilizaba 25.000 millones de dólares de garantías para responder a las eventuales necesidades de otros establecimientos. Además, se adoptaron dos medidas excepcionales: la garantía de todos los depósitos del SVB –cuando la garantía federal se limita normalmente a 250.000 dólares– y el establecimiento por parte de la FED de un nuevo dispositivo de emergencia (Bank Term Funding Program o BTFP).

SVB, especializado en la financiación, por naturaleza riesgosa, de las start-up, aprovechó el auge del sector tecnológico durante la pandemia del Covid-19. Invirtió su abundante efectivo en obligaciones (o títulos de deuda) a largo plazo y de bajo riesgo, en particular bonos del Tesoro estadounidense. Pero a partir de 2022, la situación del sector tecnológico dio un vuelco y las start-up tuvieron dificultades para conseguir fondos. Esta dificultad (...)

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Renaud Lambert, Frédéric Lemaire y Dominique Plihon

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