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Un país en ebullición

Francia se subleva

¿Vive Francia una situación pre-revolucionaria? Para el autor de este artículo, la ebullición popular que sacude las calles tras la aprobación forzada de la reforma de las jubilaciones así lo demuestra. El poder de Emmanuel Macron sólo se sostiene del delgado hilo de la represión. Queda saber si este movimiento podrá superar esta fase.

Lunes 20 de marzo, las páginas de inicio de los sitios de la prensa nacional están enteramente dedicadas a la excitación de una moción de censura, a contar los diputados susceptibles de votar, a estimar las posibilidades, a considerar futuras combinaciones, a jugar con estar informados, ¡qué placer! El periodismo político: un pasaporte hacia la inanidad política.

Mientras tanto, la política, con su poder de surgimiento, se apoderó del país. Un enjambre de iniciativas espontáneas explota por todos lados: huelgas sin aviso, bloqueo de los ejes viales, motines que desbordan o simples manifestaciones salvajes, asambleas generales estudiantiles en todas partes, la energía de la juventud en la [Plaza de la] Concorde, en la calle. Todos sienten estar caminando sobre brasas ardientes y sienten impaciencia en las piernas –pero no para las tonterías que apasionan al grupúsculo parisino–. Un grupúsculo a imagen de sus líderes, periodistas pegados a [Emmanuel] Macron y a [Élisabeth] Borne, tan ignorantes unos como otros de lo que verdaderamente está sucediendo: la ebullición.

Es hermoso lo que sucede cuando el orden comienza a descarrilar. Cosas mínimas pero, que quiebran el encierro resignado y la atomización con la que los poderes constituyen su poder. Aquí, unos agricultores llevan canastas con verduras a los ferroviarios en huelga; allá, el dueño de un restaurante libanés distribuye falafels a los manifestantes bloqueados; hay estudiantes que se unen a los piquetes; pronto veremos a particulares abrir sus puertas para esconder a manifestantes de la policía. Comienza el verdadero movimiento. Ya podemos decir que la situación es pre revolucionaria. ¿Qué perspectivas enfrenta? ¿Podrá trascender el “pre-” para devenir en plenamente revolucionaria?

Gobernar por redadas

Este poder, cuya legitimidad se derrumbó, ya no es más que un bloque de coerción. Debido a que él mismo acabó con todas las mediaciones, el autócrata ya está separado del pueblo apenas por una línea de policías. Cabe esperar cualquier cosa de este individuo cuyo juicio lo abandonó hace mucho tiempo. Macron nunca registró la alteridad. Su psiquis ignora lo que es un otro, un otro sujeto. No dialoga más que consigo mismo y no existe el afuera. Es por ello, particularmente, que su palabra, es decir el sentido mismo de sus palabras, no se siente sometida a ninguna de las validaciones colectivas de la interlocución. El 3 de junio de 2022, puede sostener sin pestañear que va a “cambiar de método” y que “los franceses están cansados de las reformas que vienen de arriba”, el 29 de septiembre que “el ciudadano no es alguien a quien se le van a imponer decisiones”. ¿No es flagrante que, frente a una persona de este tipo, toda posibilidad de diálogo se encuentre de hecho abolida? ¿Que ya nada de lo que diga podrá ser tomado en serio? Se comprende sin esfuerzo que un individuo semejante, que no conoce otra cosa que a sí mismo, sea perfectamente incapaz de aceptar una equivocación ya que es necesario escuchar al afuera, al no yo, para darse cuenta de un error. Por esta razón, todas sus promesas de “reinvención” (que tanto fascinan a los periodistas) no pueden ser más que pantomimas desarrolladas en su círculo cerrado.

Ante un potentado, por entero abandonado a sus mociones por unas instituciones políticas potencialmente, y ya realmente, liberticidas, todos los niveles de violencia son factibles, todo puede suceder. De hecho, todo está sucediendo. Las secuencias de los bloqueos de la calle Montorgueil el domingo 19 de marzo son perfectamente esclarecedoras al respecto. La política macroniana está en vías de disolverse enteramente en la intimidación a través de la policía. Este poder gobierna ya por medio de redadas. La policía arresta. A cualquiera, de cualquier manera, peatones sin relación con la manifestación, mujeres y hombres atemorizados, atónitos ante lo que les sucede. El mensaje es claro: no salgan a la calle; permanezcan en sus casas; miren la televisión; obedezcan.

Aquí, la transacción inconsciente que la policía entabla con sus reclutas alcanza todo su potencial: el entendimiento entre una institución consagrada a la violencia e individuos en búsqueda de soluciones legales para satisfacer sus propias pulsiones violentas es inmediato. Este entendimiento encuentra una oportunidad única en una situación pre-revolucionaria, cuando el poder, precisamente, no se sostiene más que por la fuerza y cuando les atribuye una importancia desmedida –al mismo tiempo que un cheque en blanco– a las acciones de la fuerza, el último recurso. Como ya se pudo observar en el caso de los “chalecos amarillos”, es el momento de los sádicos y de los brutos en uniforme.

La tesis de que los “policías están de nuestro lado” está completamente caduca, ya no tiene ninguna posibilidad de ser: la influencia pulsional de la autorización a la violencia supera de forma absoluta la proximidad social objetiva sobre la que se sostenía la ilusión de la “unión” –materialismo vulgar que sólo toma en consideración los datos sociales de la existencia material e ignora todo el resto (que no puede ser enteramente reducido a ellos)–. Estas son las vías por las cuales las estructuras producen sus efectos, por las cuales un orden satisface sus necesidades: haciéndose relevar por las psiquis de los funcionarios adecuados que eligió, (...)

Artículo completo: 2 992 palabras.

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Frédéric Lordon

Economista y filósofo. Última obra publicada: Les Affects de la politique, Seuil, París, 2016.

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