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Una estrategia para deshacerse de la influencia de Estados Unidos

En América Latina, el no alineamiento al servicio de la paz

“Tenemos que ver la manera en que Argentina se convierta en una puerta de entrada para que Rusia ingrese en América Latina de un modo más decidido”. Cuando el presidente peronista de centroizquierda argentino Alberto Fernández pronunció esas palabras, al final de su encuentro privado con Vladimir Putin en Moscú, el 3 de febrero de 2022, ignoraba que Rusia estaba a punto de invadir militarmente a su vecino ucraniano, sin ningún reparo por el derecho internacional, en particular por los principios de no agresión, de no recurso a la fuerza en la solución de los conflictos y de no violación de la integridad territorial de los Estados. No obstante, al menos desde 1997, fecha de la primera declaración conjunta de China y Rusia en ese sentido ante las Naciones Unidas (1), Moscú pretende atender a esos principios en el marco de su promoción de un “nuevo orden internacional multipolar”. Una perspectiva que el lado argentino siempre suscribe plenamente.

En América Latina, zona de influencia tradicional de Estados Unidos desde finales del siglo XIX, esta voluntad de refundar un sistema internacional liberado de la influencia de Washington y sus aliados europeos es, en efecto, muy popular. Constituye la hoja de ruta de la mayoría de los gobiernos progresistas de la región desde el comienzo de los años 2000 y, en ese marco de análisis, las capitales latinoamericanas consideran a Rusia como un freno a las pretensiones hegemónicas de Washington.

En febrero de 2022, durante su escala en Moscú en camino a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín, el inquilino de la Casa Rosada tenía como exclusiva preocupación sacar a su país de una profunda crisis económica y social, agravada por la pandemia de Covid-19. Fernández no ignoraba que el agravamiento de esta crisis corría el riesgo de comprometer las posibilidades del bando peronista en la elección presidencial de octubre de 2023. En tal contexto, su prioridad era aflojar la presión de una deuda que su predecesor conservador Mauricio Macri contrajo en 2018 con el Fondo Monetario Internacional (FMI) aceptando severas medidas de austeridad. Ahora bien, Fernández lo sabe: quien dice FMI, dice Washington.

Diversificar alianzas

El presidente argentino apuntó por lo tanto hacia Rusia, un país con el que Argentina tiene un acuerdo de “asociación estratégica integral” desde 2015 y gracias al cual sus conciudadanos pudieron recibir las primeras dosis de vacunas (Sputnik V) en diciembre de 2020, en el momento más dramático de la pandemia de Covid-19. Durante ese período, una decena de otros países latinoamericanos también obtuvieron esas vacunas. En ese entonces, Estados Unidos brillaba por su discreción en materia de cooperación sanitaria en la región. Por lo tanto, fue en un clima de acercamiento ruso-argentino que el presidente Fernández declaró a los periodistas presentes, no sin segundas intenciones con respecto a la administración estadounidense: “Estoy empecinado en que Argentina tiene que dejar esa dependencia tan grande que tiene con el Fondo y con Estados Unidos. Y tiene que abrirse camino hacia otros lados. Y ahí es donde me parece que Rusia tiene un lugar muy importante”.

Esta secuencia diplomática en Moscú es un emblema de la naturaleza de los vínculos desarrollados por un gran número de países latinoamericanos con Rusia y con China desde el comienzo de los años 2000. Al igual que muchos otros países del Sur, para ellos se trata de diversificar sus alianzas comerciales, políticas, militares y tecnológicas, para poder jugar unos contra otros y gozar de una relación de fuerzas más favorable en el seno de un sistema internacional del cual cuestionan más la jerarquía de los poderes que las estructuras económicas.

En este contexto, Rusia tiene ventajas sólidas. Desde la época zarista, estableció relaciones diplomáticas con Brasil, que acababa de lograr la independencia (1828), con Uruguay (1857), con Argentina (1885) y con México (1890). En el siglo XX, la crisis de los misiles en Cuba, en 1962 (2), en plena Guerra Fría, constituyó sin dudas la cúspide del acercamiento con la Unión Soviética. Si bien la disolución de esta, en 1991, rompió ciertos vínculos, otros nuevos se tejieron durante los años 2000 gracias a cuatro factores: el giro a la izquierda de América Latina (la mayor parte de cuyos dirigentes desean mantener a Washington a distancia de los asuntos regionales); el relativo abandono de la región por parte de Estados Unidos, atascado en sus guerras en Afganistán y Medio Oriente; la integración de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Por último, con la llegada al poder de (…)

Artículo completo: 2 375 palabras.

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Christophe Ventura

Autor de L’Éveil d’un continent. Géopolitique de l’Amérique latine et de la Caraïbe, Armand Colin, París, 2014.

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