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La infancia perseguida

Los cuerpos desaparecidos de la niñez en dictadura

“No se puede hacer un duelo sin un cuerpo”, respondió —desde las entrañas— el mundo social y cultural ante la ominosa declaración que Cristián Warnken hizo sobre la conmemoración de los cincuenta años.

¿Cuál es el cuerpo desaparecido en ese duelo imposible? ¿Los cuerpos de los desaparecidos? También. Sin embargo, no es lo único. Esa ausencia contiene el dolor palpitante de las heridas y cicatrices que nos dejó la masacre -como renombra Manuel Guerrero Antequera en su último libro-que encomendó y organizó la élite de nuestro país. Esta masacre afectó y sigue afectando a millones de ciudadanos, independientemente de si vivieron o no la dictadura militar, porque dentro de esa ausencia no se encuentran solo cuerpos, sino también esperanzas y derechos.

La infancia en Chile es quizás el mejor testigo de esto. De alguna manera, la fragilidad de los cuerpos infantiles ofrece una perspectiva oblicua que permite revisar lo ya observado y rescatarlo del cansancio de lo sobreexpuesto.

El cuerpo de la infancia perseguida

En la reconstrucción de la escena criminal de la dictadura civil-militar, encontramos registro de 307 niños y adolescentes, de los cuales 75 se encuentran desaparecidos; 102 niños que estuvieron durante un tiempo en prisión política con su padre o madre, o nacieron en ella; y 956 niños, niñas y adolescentes catalogados como víctimas de prisión política y tortura.

El registro de cuerpos desaparecidos sigue estando incompleto, ya que no es posible determinar un número exacto de niños y niñas víctimas de violaciones a los derechos humanos. Sólo se accede a esta información de manera tardía, mediante los testimonios y las instituciones que se constituyeron para asistir a las víctimas de las violaciones a los derechos humanos, como PIDEE, Vicaría de la Solidaridad, Fasic, etc.

No todos acudieron a estas organizaciones en busca de ayuda.

A pesar de esto, estas cifras son suficientes para dimensionar el impacto directo que tuvo el golpe de Estado sobre un grupo específico de niños y niñas que fueron física y psicológicamente dañados por el Estado. Aunque dicho recuento no refleja el total de los afectados por tener que vivir la desaparición, ejecución o prisión política de un familiar, el exilio junto a sus padres, la persecución, la clandestinidad, la pobreza y la injuria a las que la dictadura sometió a gran parte del país y, con especial saña, a sus opositores.

La vida cotidiana de la niñez en dictadura, para un sector de la sociedad compuesto por los perseguidos y aquellos que resistían, impuso la necesidad de crear otro espacio que disputara cada detalle de la ética que el régimen dictatorial imponía en la cotidianidad. Ahí donde la dictadura promovía la obediencia a los símbolos patrios, los padres de la resistencia proponían una conexión con la patria latinoamericana. Mientras la dictadura consideraba la religión y los sacramentos como obligatorios, los padres de la resistencia objetaban las clases de religión en los colegios. Y mientras la dictadura quemaba libros, los padres de la resistencia los escribían y pintaban.

La disputa ideológica por la conciencia de los niños era una batalla cotidiana y abierta. Aunque la mayoría de los adultos de esa época quizá no lo percibieran, la defensa irrestricta de las pequeñas diferencias en la forma de educar, transmitir e interpretar la sociedad fue, y quizás sigue siendo, el único frente en el que la dictadura no triunfó. Un espacio íntimo y (...)

Artículo completo: 1 875 palabras.

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Patricia Castillo Gallardo

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