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¿Cómo serán los abogados y abogadas del futuro?

Si nos piden que pensemos en un abogado o abogada las imágenes que nos vendrán a la cabeza será o bien la de una persona en su oficina rodeada de libros voluminosos redactando un escrito o atendiendo a un cliente, o bien una persona delante de un juez o tribunal defendiendo los intereses de su representado. Y efectivamente estas son las imágenes que han reflejado la realidad de la profesión jurídica hasta el momento.

Debe recordarse que ya en la antigua Grecia es posible encontrar rasgos de la profesión de abogado, si bien fue durante el Imperio Romano cuando comenzó a configurarse esta función. Tras el periodo medieval de desarrollo con la aparición de las primeras Escuelas de Leyes, en la Edad Moderna y especialmente en la Contemporánea, con el proceso codificador, se acabó de definir la figura del abogado tal y como lo conocemos en la actualidad. Parece, entonces, que a lo largo de los siglos la esencia de la figura del abogado permanece intacta: es un profesional que se dedica al asesoramiento y defensa de otros ciudadanos y personas jurídicas.

Sin embargo, en los últimos años hemos visto cómo las tecnologías derivadas de la inteligencia artificial han irrumpido en todos los ámbitos del desarrollo humano y, como no podía ser de otra forma, el sector legal no ha sido una excepción. Las novedades que se han ido introduciendo, llevaron a Richard Susskind a afirmar en el año 2013, que el mundo de la abogacía cambiaría más en los siguientes 20 años que en los dos siglos anteriores. Y aquí nos encontramos ahora, en el año 2023.

Y es este contexto de cambio e innovación tecnológica generalizado el que debe llevarnos a reflexionar sobre cuál será su incidencia en el futuro de la profesión jurídica, lo que supone - a nuestro juicio - la necesidad de plantearnos dos grandes preguntas.

La primera, ¿seguirán existiendo los abogados en el mediano plazo? Es decir, en el año 2030, ¿deseará una persona que otro humano elabore los argumentos que se van a presentar ante un tribunal para defender su postura o preferirá que los desarrolle un software informático especializado? Y no solo la elaboración de los argumentos, ¿preferirá que su defensa sea asumida también por el software entrenado y especializado con acceso a millones de datos e información o por un abogado humano con limitaciones de conocimiento? ¿preferiremos renunciar a algo tan humano como la relación de confianza que (...)

Artículo completo: 1 244 palabras.

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Dra. Rebeca Remeseiro Reguero* y Nicolás del Solar Duarte*

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