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El sinuoso camino hacia la equidistancia

La cuestión palestina vista desde Moscú

Debido a su historia diplomática, Rusia se encuentra entre las pocas potencias que mantiene relaciones con todas las partes del conflicto palestino-israelí, incluido Hamas. No obstante, su rol de mediador es limitado por la confrontación rusooccidental que implica la guerra en Ucrania y por el protagonismo de Washington en el conflicto en Medio Oriente, que dificulta los avances.

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Macarena Jofré, Cápsulas sistólicas (Yeso dental, cobre, cerámica, pigmentos), 2024
(Gentileza Galería NAC)

El ataque de Hamas contra Israel del 7 de octubre, la guerra lanzada por el ejército israelí contra Gaza, combinada con la represión en Cisjordania, han vuelto a colocar la cuestión palestina en el centro de la atención internacional. Muchos observadores creían que estaba totalmente marginada desde la normalización de las relaciones entre Tel Aviv y ciertos Estados árabes en el marco de los Acuerdos Abraham firmados en 2020. La perspectiva de una normalización de las relaciones de Israel con Arabia Saudita parecía confirmar esta opinión. En Moscú, ni los especialistas, ni los líderes políticos compartían esta opinión: tradicionalmente, Rusia sitúa la creación de un Estado palestino en el centro de la cuestión de la seguridad en Medio Oriente. Además, después del 7 de octubre, la reacción de Moscú incluyó la condena por igual del ataque de Hamas “para el cual no hay justificación alguna” y del “bombardeo indiscriminado de zonas residenciales de Gaza” (1); reiterados llamamientos a un alto al fuego –incluida la presentación de una propuesta de resolución al Consejo de Seguridad el 13 de octubre (rechazada por el veto estadounidense) – y, sobre todo, a una solución política de la cuestión palestina.

Giros diplomáticos

Esta posición de equilibrio se explica, principalmente, por el temor a un contagio en las repúblicas musulmanas de la Federación, como lo demuestran los acontecimientos del 29 de octubre de 2023 en el aeropuerto de Majachkalá, en Daguestán, cuando un vuelo procedente de Tel Aviv fue recibido por una enojada multitud. Más fundamentalmente, la posición rusa es el resultado de una densa historia diplomática, marcada por sorprendentes giros durante el período soviético seguidos de un reequilibrio “equidistante” de los diferentes actores regionales en las décadas siguientes.

La Unión Soviética desempeñó un papel capital, aunque inesperado, en la creación del Estado de Israel. La idea de un “Estado palestino independiente y democrático” donde convivieran judíos y árabes, defendida por Moscú, no era más que una cuestión de táctica (2). Moscú dio un giro radical en 1947. El ministro de Relaciones Exteriores soviético, Vyacheslav Molotov, en un telegrama del 30 de septiembre de 1947 dirigido a su adjunto Andrei Vyshinsky en Nueva York, subrayó que no podía “asumir por sí solo la iniciativa de la creación de un Estado judío”, pero que esta opción –presentada como una segunda opción que sólo se implementaría en caso de que los enfrentamientos entre las dos comunidades empeoraran– era en realidad favorecida por el Kremlin (3). En el centro de la posición soviética estaba el deseo de presionar a Gran Bretaña y acelerar la salida de los británicos, que en 1922 obtuvieron el mandato de la Sociedad de Naciones sobre Palestina tras la caída del Imperio Otomano. El 17 de mayo de 1948, la URSS se convirtió en el primer Estado en reconocer de iure a Israel, creado tres días antes. Este apoyo político, así como el suministro de armas (a través de Checoslovaquia) y la llegada de cientos de oficiales judíos del ejército soviético, contribuyeron a la victoria militar de Tel Aviv contra los Estados árabes. Estos últimos eran, en ese entonces, considerados por Moscú como aliados de Londres.

Las relaciones israelí-soviéticas pronto se toparon con profundas diferencias ideológicas y geopolíticas. La orientación de Tel Aviv hacia el bloque occidental, al igual que el surgimiento de movimientos de liberación nacional en los países árabes llevaron a Moscú a acercarse a regímenes progresistas –Egipto, Siria e Irak a la cabeza–. Después de su derrota durante la guerra de 1967 lanzada por Israel, a pesar del suministro de armas soviéticas, la URSS rompió indefinidamente relaciones diplomáticas con Tel Aviv.

Arafat en Moscú

No obstante, la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel no llevó a Moscú a adoptar una postura totalmente pro palestina. La política del Kremlin mantuvo su enfoque global de paz en Medio Oriente, con más matices de lo que muchos observadores recuerdan hoy en día. Además, no excluía una resolución por etapas. Así, desde 1968, el plan soviético de aplicación de la Resolución 242 (adoptada al final de la Guerra de los Seis Días y que subrayaba la inadmisibilidad de la adquisición de territorios por la fuerza) no sólo incluía la retirada de Israel de los territorios ocupados y el regreso de los refugiados, sino que también mencionaba la obligación de los Estados árabes de reconocer a Israel un estatus especial para Jerusalén y el despliegue de una fuerza de la ONU en el Sinaí. En otras palabras, Moscú no se contentó con sólo transmitir las demandas de sus aliados árabes.

En ese mismo momento, la Unión Soviética profundizó sus vínculos con el movimiento de resistencia palestino. La creación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en 1964 dotó a la causa palestina de personalidad propia. Cuatro años después, el líder de Fatah [organización político-militar palestina fundada en 1958], Yasser Arafat, fue recibido por primera vez en Moscú como parte de una delegación egipcia. Este apoyo contribuyó a su ascenso a la cima de la organización en (…)

Artículo completo: 2 635 palabras.

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Irina Zviagelskaïa

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